La segunda temporada de «Beef» arranca así: una pareja de millennials exitosos discute brutalmente a gritos mientras dos empleados veinteañeros que trabajan en el mismo club de campo los filman con el celular. No los separan. Los graban.
Beef es una serie que explora hasta dónde somos capaces de llegar cuando creemos tener la razón. Pero, para hablar de sus nuevos capítulos, vale la pena mencionar –aunque sea brevemente– lo que representó la primera temporada de esta ficción.
La miniserie se estrenó en 2023 y arrasó en los premios Emmy (con 11 estatuillas), en los Globos de Oro y prácticamente en todo lo que se le puso delante. Su creador, Lee Sung Jin, logró dominar algo difícil: convertir una historia de road rage –o furia al volante– entre dos desconocidos en una espiral de violencia que avanza hasta lo irreversible. El resultado fue un retrato filoso del sueño americano hecho trizas: una serie redonda y contundente.
Entonces, ante este historial, Netflix decidió encargar una nueva temporada y «Beef» se conviertió en antología, al estilo «True Detective». Borrón y cuenta nueva. Nuevos personajes, nuevo escenario, mismo ADN.
«Beef» y la importancia de la grieta generacional

En el centro de esta segunda temporada aparecen dos parejas atrapadas en vínculos atravesados por el resentimiento y la incomprensión. Josh (Oscar Isaac) y Lindsay (Carey Mulligan) son millennials que sostienen una idea de éxito que ni ellos mismos terminan de creer. Él administra un club de campo; ella trabaja como decoradora y parece tener más estilo que alma.
Del otro lado, están Austin (Charles Melton) y Ashley (Cailee Spaeny), dos veinteañeros centennials que ven en un video comprometedor su oportunidad de oro.
Lo interesante es cómo la serie trabaja el desprecio mutuo sin darle la razón a nadie. Los más grandes ven en los jóvenes una prepotencia insoportable, esa convicción de que el mundo les debe algo. Los chicos ven en la pareja de adultos a dos hipócritas que hace rato perdieron su brújula.
Pero el verdadero titiritero, como siempre en «Beef», es el sistema. Todos pelean entre ellos mientras las figuras de poder real, como la imperiosa Chairwoman Park (Youn Yuh-jung), manejan los hilos desde fuera del campo visual.
Un aplauso para el despliegue actoral

«Beef» es una historia coral, y sus cuatro actuaciones principales funcionan como el sostén de un guión que, si en la primera temporada era un incendio fuera de control, en esta segunda apuesta por un slow burn más deliberado y contenido. La ira de la clase alta no se expresa a bocinazos, sino a través de maniobras de ajedrez cada vez más perversas. El club de campo funciona como una metáfora perfecta: un espacio donde el entorno mueve los hilos de los personajes sin que ellos lleguen a advertirlo del todo.
Carey Mulligan y Oscar Isaac se reencuentran frente a cámara después de hacerlo por primera vez en «Drive» (2011); pasaron quince años y la química sigue intacta. La actriz entrega a una Lindsay que es objeto de estudio de la furia contenida: verla gritarle a un coyote en medio del club o protagonizar una pelea masiva es desolador y fascinante a la vez. No recordábamos un personaje suyo tan jugoso. Él, por su parte, construye algo más difícil, un hombre carismático que toca covers de la banda Hot Chip en el teclado y que de a poco se va ahogando en sus propias (y malas) decisiones. El derrumbe es tan gradual que casi no lo ves venir.
Por otro lado, Charles Melton termina de confirmar lo que ya insinuaba en el film «May December»: su madurez post «Riverdale» es definitiva. Su personaje tiene una honestidad innata pero la máscara del buen chico se le rompe físicamente frente a la cámara, en tiempo real. Mientras, Cailee Spaeny logra el equilibrio más difícil, una Ashley que avanza con determinación sin que terminemos de entender si la admiramos o nos da miedo. Su arco es el más perturbador de la temporada.
Un cierre con gusto a poco

«Beef» parecería ser un ciclo que no termina. El final fue un tanto amargo, al haber presentado una resolución conformista que no está a la altura de todo lo que sucedió antes. Pero la intención de Sung Jin es clara.
El epílogo de la segunda temporada, situado ocho años después de la primera, es desolador precisamente porque parece una escena feliz. Ashley parada frente al micrófono como nueva gerente general del club, dando el mismo discurso careta que daba Josh al principio. No hay superación, solo reemplazo. Todo se movió un lugar a la derecha.
La imagen final es la que permanece dando vueltas en la cabeza: la cámara se eleva desde una Chairwoman Park arrepentida, en medio de un cementerio, hasta revelar círculos concéntricos –las vidas de los personajes– y, más arriba, una bestia de patas extendidas sosteniéndolos a todos. El verdadero samsara: el ciclo eterno. La bestia no tiene apuro.
«Beef» es una serie que, a pesar del final tibio, se logra disfrutar genuinamente. Le doy un sólido 7,5 de 10. Aunque le falta esa cohesión quirúrgica de la primera temporada, sigue siendo de lo más inteligente que podés encontrar hoy en Netflix.
La miniserie logra capturar esa sensación de que estamos todos peleando entre nosotros por un lugar en la mesa mientras el poder real sigue intacto, sentado en la cabecera.
¿Realmente manejás vos el auto o es el sistema el que te pisa el acelerador? La serie no nos da respuesta. Sólo mueve todo un lugar a la derecha.





