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Registro 008: Luciano Pappalardo – Espejo

Ingresamos al taller del fotógrafo analógico e impulsor de la gráfica independiente para conocer sus rituales y descubrir a un artista que, además de documentar la realidad, busca entenderla.

En nuestro ciclo Registro nos adentramos en el taller del artista para conocerlo en profundidad y explorar tanto su faceta creativa como esas pequeñas coordenadas personales que definen su obra. Es un espacio diseñado para hablar de eso que no siempre se ve: lo que inspira, lo que obsesiona y los rituales que dan forma a la manera de crear.

En esta octava entrega, abrimos la puerta del laboratorio de Luciano Pappalardo: fotógrafo analógico, impresor y observador silencioso. Nacido en Mar del Plata, pero mendocino por elección desde hace más de tres décadas, Luciano construyó un refugio donde el tiempo se mide en minutos de revelado. A través del blanco y negro, su trabajo captura el paisaje y su carga emocional, explorando cómo el ser humano habita y abandona los espacios. 

La dualidad y el refugio del cuarto oscuro

Luciano es un hombre de dos mundos. Durante el día, es un licenciado en economía que habita entre números, finanzas y la burocracia propia de la universidad. Pero cuando ese turno termina, comienza el otro. Esta estructura, curiosamente, le ha dado la libertad más grande que puede tener un creador: la independencia absoluta sobre su obra.

En un momento de su vida intentó hacer de la fotografía su sustento económico. Probó con la social, los casamientos y el mundo corporativo del vino, pero la experiencia no resultó como esperaba. «Me pareció estresante. La verdad es que no lo disfruté nada. A mí me gusta estar en el paisaje, no me gusta encerrarme en un estudio o meterme en una bodega a sacarle fotos a una barrica. Yo disfruto del monte mendocino, que es bien denso, donde hay pocas personas o donde el hombre todavía ni entró».

Esa libertad de no tener que «vivir de la obra» le permite sumergirse en la fotografía por pura vocación. Pero, en plena era digital y apresurada, ¿por qué seguir con lo analógico? «Es un proceso que puedo llevar a cabo y controlar desde el principio hasta el fin», explica. Frente a la rapidez de las pantallas, Luciano elige la previsualización mental. «Uno se para frente al paisaje y todo eso que tiene en la cabeza lo internaliza de otra manera. Después te encontrás en el cuarto oscuro con la posibilidad de una segunda lectura. Poder enmarcar tu obra y decir «la hice completa hasta el final» es una satisfacción que en la fotografía digital nunca encontré».

Despojarse del color: una herramienta para mirar lo invisible

La gran mayoría de la obra de Pappalardo está despojada de color. Para él, esta elección técnica funciona, en realidad, como una herramienta de abstracción. «Me atrapó mucho cómo el blanco y negro te separa de la realidad. Como nosotros no vemos el mundo así, la imagen te demuestra que hubo un proceso de por medio. Además, conserva el peso histórico de los orígenes de la fotografía».

A través de su arte, Luciano aborda temas profundos: la salud mental, las cosas que dejamos sin resolver y el paso implacable del tiempo sobre los espacios. Su serie “El Fuego al final” (que se convirtió en fotolibro y tuvo su muestra individual en 2019) habla precisamente de eso: de lo que queda guardado y no avanza, de lo que vemos todos los días sin intentar cambiarlo.

En su fotografía, sus paisajes nunca son solo un pedazo de tierra. Más bien, él dice que incitan una doble lectura. Le interesa la mano del hombre, el desmonte, la construcción constante y, sobre todo, el abandono. Un ejemplo de esto es otro de sus trabajos, titulado “La naturaleza te dará otra oportunidad”, donde documenta lugares que el ser humano abandonó, observando cómo la flora y la fauna vuelven a apropiarse de ellos, lentamente, para crear un nuevo ecosistema.

Rituales del taller: música, tiempo y un mate frío

El laboratorio exige paciencia, un tiempo que el protagonista de este Registro suele acompañar con radio, podcasts y distintas bandas sonoras. Se confiesa melómano y siempre está en búsqueda de nuevos sonidos. Mientras las tiras de prueba de papel de fibra pasan sus largos seis u ocho minutos en los químicos, de fondo suenan los Pixies, Cocteau Twins, Beach House y Snail Mail.

En este espacio cerrado, entre cada revelado, la espera es obligatoria. Y aunque en ese contexto uno imaginaría al argentino promedio aferrado a su mate, Luciano se ríe y desmiente esta creencia. «Soy pésimo tomando mate solo. Me cuelgo, aparezco veinte minutos después y me queda el mate frío. Soy más cafetero, tengo todo el ritual armado con la máquina».

Su rutina creativa más persistente ocurre los sábados por la mañana. Se levanta temprano, se encierra en su laboratorio y se sumerge en su mundo hasta que el resto de la casa despierta. Porque Luciano es, por sobre todas las cosas, un tipo familiero. «Cuando se levanta la familia, me llaman y desayunamos todos juntos. Esos momentos hay que aprovecharlos. La paternidad te hace evolucionar como persona, porque tenés la tarea de enseñarle el mundo a alguien que está aprendiendo junto a vos».

ToTora y el ecosistema del papel

La inquietud visual de Luciano no se limitó a la fotografía. En 2015 comenzó a estudiar dibujo y grabado para entender la creación de imágenes desde otras disciplinas. Esa búsqueda por la materialidad gráfica lo llevó a su aventura más reciente: ToTora, su propio taller de impresión independiente Risograph.

Para Luciano, «los libros son un arte milenario», y en la duplicadora Riso, un sistema de impresión digital de alta velocidad, encontró la herramienta perfecta para editar sus propios fotolibros, fanzines y prints, además de imprimir la obra de otros ilustradores y fotógrafos de Mendoza.

«La Riso tiene otra estética, permite un juego mucho más gráfico y da una calidad espectacular», cuenta entusiasmado. En una provincia donde él es prácticamente el único usando esta tecnología con fines artísticos, ToTora se convirtió en un pequeño faro para los creadores de gráfica independiente. Para él, el libro de artista es el contenedor ideal para esa tormenta de ideas y preguntas existenciales que disparan sus fotos. «Siento que el libro da bastantes respuestas y, a la vez, genera nuevas preguntas». El proceso llega a ser tan íntimo que a veces él mismo escribe los textos que acompañan sus fotografías.

La palabra final: Espejo

Hacia el cierre de nuestro paso por su taller, y mientras una imagen latente comienza a aparecer sobre el papel sumergido en el químico, le hago la pregunta clave que le da nombre a este Registro: Si tuviera que elegir una sola palabra que lo represente a él y a su obra, ¿cuál sería?

Me pide tiempo para pensarlo. De hecho, la entrevista termina y me voy convencida de que, con tantas cosas, se olvidó de responderme. Hasta que unas horas después, la pantalla de mi celular se ilumina con un mensaje suyo.

«Voy a referirme al libro de John Szarkowski, Espejos y Ventanas», escribe. «Si bien parte de mi dualidad se refiere un poco a los dos conceptos, me reconozco como «Espejo» para definir una fotografía más subjetiva y expresiva».

Y la elección tiene todo el sentido. Luciano Pappalardo sale a caminar por los montes y los espacios vacíos, pero no captura simplemente lo que está ahí afuera. Sus fotografías son un reflejo de su propio mundo interior, de sus preguntas sin resolver y de su admiración por la resistencia de la naturaleza. Luciano, más que documentar el paisaje, se mira a sí mismo en él.

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