Villa Trinidad es un refugio versátil que se adapta tanto a quienes buscan alojarse en sus villas privadas como a quienes desean celebrar eventos o encuentros íntimos en un entorno natural. Ubicada en Perdriel, en el corazón de Luján de Cuyo, esta casona de estilo colonial se presenta como un oasis de descanso donde la cercanía con la Ciudad de Mendoza (¡apenas 20 kilómetros!) queda en segundo plano frente al silencio y la inmensidad de la Cordillera de los Andes que se anuncia de fondo.

Nuestra llegada a la villa ocurrió en las últimas horas de una jornada otoñal. Ingresamos de noche, lo cual, lejos de ser un inconveniente, resaltó el carácter hospitalario del lugar: fuimos recibidas por un fuego ya encendido y la figura de Danilo, el cocinero de la casa, terminando el repulgue de unas empanadas, las mismas que serían la entrada de la cena que nos estaban preparando. Allí conversamos con él sobre el menú de la noche, una propuesta que, en tres pasos –entrada, plato principal y postre–, logra poner en valor el producto local.
El confort de una experiencia bien pensada
La arquitectura de Villa Trinidad recupera el aspecto de las antiguas casas de campo mendocinas: profundas galerías, techos altos y ambientes amplios. Antes de acceder al comedor, nos acomodamos en las sillas de la galería exterior. El frío de la noche fue anticipado por los anfitriones, que tuvieron el detalle de dejarnos unos ponchos; una cortesía simple que se sintió como un abrazo cálido ante el aire de montaña.
La cena transcurrió dentro de la Villa, en un espacio acogedor que integra comedor y cocina. En la mesa nos esperaba un Stella Crinita Malbec que acompañó la charla hasta la llegada del postre. El flan con dulce de leche fue un cierre clásico y simple, el sweet treat necesario para cerrar la noche.
Lujo silencioso: lo esencial de lo sensorial
Este lugar es el resultado de la visión compartida de dos hermanas, Rosario y Mercedes Díaz Araujo, quienes lograron volcar sus pasiones en un mismo proyecto. Inspiradas por el espíritu de la vida de campo mendocina, combinaron sus miradas complementarias: Rosario, con experiencia en gastronomía y hospitalidad, aporta el foco en la experiencia del huésped; mientras que Mercedes, abogada, poeta y vinculada al ambientalismo, suma una sensibilidad orientada a lo estético, lo natural y el valor del entorno. El lujo, en este caso, no pasa por la ostentación, sino por una idea más ligada al confort y a la calma: una decoración minuciosamente pensada, aromas sutiles y toda una atmósfera que invita a bajar el ritmo.

La propiedad se compone de cuatro unidades independientes que pueden funcionar como una gran villa privada o como espacios individuales. Este es el spot ideal para quienes necesiten realizar una celebración, un retiro, una escapada en pareja o un plan de fin de semana con amigos. Además, en un radio de cinco kilómetros se encuentran algunas de las bodegas más reconocidas de la provincia, lo que convierte a la Villa en la base ideal para el enoturismo.
Amanecer en Pedriel: un ritual sin prisa
Despertar con el sol asomándose por las ventanas y encontrar un desayuno servido con tanta dedicación fue uno de los puntos más altos de la experiencia. No nos faltó nada: frutas de estación, jugo de naranja recién exprimido, huevos revueltos, palta, pan de campo, yogur y unos alfajores de maicena que merecen una mención aparte.
Salimos al jardín, cuyo entorno verde y cuidado invitaba a recorrerlo sin apuro. La pileta, impecable, quedó como una promesa pendiente para el verano. Fue en ese momento cuando conocimos a los verdaderos anfitriones: los tres perros del lugar. Tinto, un Border Collie, se robó el protagonismo de la mañana al acompañarnos mientras disfrutábamos del sol con vista directa a la montaña.
El veredicto final
Habitar Villa Trinidad es un ejercicio de desconexión real. La atención es de primera: el personal sabe estar presente cuando se lo requiere y dar un paso atrás cuando el silencio logra acaparar el momento. En cuanto a la propuesta gastronómica, esta ocupa un lugar central al ser la que acompaña toda la experiencia. No estamos hablando simplemente de “comer bien”, sino de una propuesta culinaria con una marcada identidad mendocina, que reconforta y convierte cada comida en un momento memorable.
Nuestra experiencia fue, precisamente, el paréntesis que la semana necesitaba. El valor de Villa Trinidad reside en la honestidad de lo que ofrece: un paisaje deslumbrante, una gastronomía cuidada y un servicio que comprende que el mayor confort está en la posibilidad de tomarte un rato para vos. Es un destino para quienes buscan calidad, descanso y la oportunidad de habitar, aunque sea por unos días, una calma poco frecuente.
Foto de portada – Gentileza: Sebastián Pani para revista Lugares del Diario Nación











