Skip to content Skip to footer

Sos reemplazable. Y justamente ahí está la clave.

¿Cómo responder ante una inteligencia artificial que amenaza con superar nuestras capacidades? Una reflexión desde la psicología sobre el trabajo, la identidad y todo eso que nos hace humanos.

Es una mañana cualquiera. Llegás al trabajo como siempre. Te hacés tu café. Te sentás en tu escritorio, prendés la computadora y te encontrás con la noticia de que tenés un nuevo compañero de oficina. Al principio no le das mucha importancia, pero después le empezás a prestar atención. Nunca antes te habías encontrado con algo así: no come, no duerme, no se distrae, es extremadamente educado, no se queja por la sobrecarga de trabajo, hace de todo. En dos días supo hacer lo que vos tardaste años en aprender.

De repente, te atropella una pregunta: ¿Soy reemplazable?

El mundo como lo conocíamos hace algunos años dejó de existir. La ola de la tecnología avanza cada vez más rápido y, aunque no sabemos exactamente hacia dónde va, todo indica que la IA llegó para quedarse. Sin embargo, esta no es la primera vez que la humanidad se enfrenta a una situación así.

 

Una vieja historia con un protagonista nuevo

El escritor francés Alain Damasio lo dijo unos meses atrás: estamos frente a lo que podría ser la cuarta herida narcisista de la humanidad. La primera fue con Copérnico: ahí descubrimos que no somos el centro del universo. La segunda, con Darwin: entendimos que somos el resultado de miles de años de evolución y que los seres humanos no nacimos de un repollo. La tercera tiene que ver con el inconsciente, cuando nos percatamos de que no somos del todo dueños de nuestra propia cabeza. 

Damasio habla de la cuarta herida narcisista porque estamos frente a una inteligencia que no es la nuestra y puede hacer cosas que creíamos exclusivamente humanas: escribir, componer, diagnosticar, traducir, ejecutar, crear, calcular. Y lo hace casi sin margen de error, sin cansarse, sin pedir nada a cambio.

Ahí está lo incómodo. Porque el trabajo no es solamente un medio para un fin: a lo largo de la historia, ha sido el puerto donde las personas aprendimos a anclar nuestra identidad. Pensémoslo dos segundos: cuando nos preguntan quiénes somos, respondemos con nuestro título o nuestra profesión, como si no fuéramos nada más. Tal es la consecuencia de un sistema en el que nuestro valor se mide por lo que somos capaces de producir.

El problema es que ahora ese mismo sistema redobla la apuesta: ya no le alcanza con medirnos por lo que producimos, ahora nos pide que nos reinventemos. Porque ya existe algo que realiza nuestro trabajo mejor, a menor costo, y sin tomarse vacaciones. 

El mundo laboral tal y como lo conocíamos está llegando a su fin. Y nosotros estamos atravesando eso que solemos llamar una crisis.

Dos caminos: lucha o aceptación

Pensar la era de la IA como crisis tiene sentido. Estamos en una de esas curvas de la historia en la que nos vemos obligados a revisar la idea que tenemos de nosotros mismos. Y aunque la crisis puede resultar incómoda y muchas veces dolorosa, también es lo que nos conduce a la acción. Y si hay algo que caracteriza a la vida en sí misma, es el movimiento. 

Frente a la crisis, solemos tener dos caminos: luchar, resistirnos al cambio porque hay algo del presente que no queremos soltar; o aceptar lo inevitable. En terapia, muchas veces, lo que se aprende es precisamente eso: a dejar de resistirse. Porque la lucha contra aquello que no podemos modificar no solo suele ser inútil, sino también agotadora. 

La aceptación no es resignación. Implica dejar de luchar contra aquello que no podemos cambiar para dirigir la energía hacia lo que sí depende de nosotros y resulta verdaderamente importante. En psicología, eso se conoce como “desesperanza creativa”: el momento en que reconocemos que las estrategias que veníamos utilizando ya no funcionan y que, justamente en ese reconocimiento, puede abrirse una nueva posibilidad.

Quizás aceptar, en este caso, sea dejar de anclar nuestra identidad en lo que hacemos, y empezar a anclarla en lo que somos.

Volver a lo humano

No sabemos qué va a pasar. Nadie lo sabe. Es probable que tengamos que adaptarnos a un mundo que todavía no podemos imaginar del todo. Y es probable, también, que gran parte de esa transformación nos incomode mucho.

Si seguimos construyendo nuestra identidad únicamente alrededor de lo que hacemos y lo que generamos, todo cambio externo terminará sintiéndose como una amenaza. En un mundo donde las profesiones, las herramientas y las formas de trabajar cambian constantemente, se nos impone la necesidad de buscar otra forma de atravesar la incertidumbre: apoyarnos en aquello que permanece, en la necesidad de estar con otros, en los vínculos, los afectos y en quiénes somos más allá de la productividad. Es momento de anclar nuestra identidad a lo único que no cambió a lo largo de los siglos: nuestra capacidad de conexión con los demás y con nosotros mismos. 

Quizás, frente a la pregunta de si somos reemplazables, lo mejor sea darle importancia a todo eso que nos recuerda que no lo somos.

Facebook
Twitter
LinkedIn