Nuestro ciclo Registro nació como excusa para adentrarnos en el espacio de los creativos y conocerlos en profundidad. Nos interesa explorar tanto su dimensión artística como sus particularidades personales.
Esta vez, los protagonistas son Víctor Boldrini y Leonardo Ficcardi, o «Pupo» y «Gato», para los amigos. Ellos conforman el Estudio Boldrini & Ficcardi, el motor creativo detrás de cientos de etiquetas de vinos que más de uno habrá reconocido en mesas familiares, juntadas con amigos o eventos importantes. Se conocieron en los pasillos de la Universidad Nacional de Cuyo y desde 1991 trabajan juntos. Por lo tanto, llevan más de tres décadas diseñando y creando nuevos universos en cada etiqueta.

Anatomía de un hábitat creativo
El entorno de un creativo suele ser una especie de radiografía de su mente, y entrar al Estudio Boldrini y Ficcardi es, una vez más, constatar esta idea. Nos recibe una sala con estanterías que llegan hasta el techo, repletas de botellas de vino. Es la evidencia tangible de años de trabajo, un museo de vidrio moldeado por colores y texturas.
Sin embargo, la verdadera riqueza del proceso creativo se esconde en la sala contigua. Allí, Pupo y Gato trabajan codo a codo, cada uno en su escritorio, ubicados uno al lado del otro. Este cuarto es un ecosistema en sí mismo, construido a la par de los años de trabajo de la dupla: cuadros con dibujos en las paredes, un armario de múltiples cajones que resguardan bocetos que jamás vieron (ni verán) la luz, estanterías abarrotadas de pequeños objetos que funcionan como reliquias o recuerdos de viajes y, por supuesto, más botellas de vino.
Para ellos, este espacio es el epicentro donde brotan las ideas, el único lugar en el que se lleva a cabo el trabajo. «Para mí el estudio es donde sucede lo creativo. En casa no trabajo, ni siquiera prendo la computadora», afirma Pupo. Y esto lo hacen envueltos en una banda sonora constante que muta según el día: el Gato inclina la balanza hacia la electrónica, mientras que Pupo defiende a Andrés Calamaro. Explican que en este ir y venir de ritmos y de charlas donde surge la magia.
La creatividad aparece en la interacción. Uno propone una idea, otro la cuestiona y eso nos potencia.
Pero… ¿cómo emerge el diseño de algo que aún no existe? ¿Qué ideas y recursos dan inicio al proceso? En B&F, si bien el diseño tiene muchas maneras de llevarse a cabo, siempre parte de la comunicación.
«Muchas veces, mientras vas hablando te van surgiendo ideas. No siempre es el mismo proceso», cuentan. Todo empieza con el pedido de un cliente, con una necesidad específica a resolver. «Es un ida y vuelta con el cliente y después nos separamos para empezar a dibujar y desarrollar la idea», sostiene Gato.
En este vaivén, la libreta se convierte en una extensión de la mano. «Mientras hablamos con el cliente, vamos haciendo dibujitos y anotaciones. Muchas ideas nacen ahí mismo», explica Ficcardi.
Vestir el vino: un proceso que empieza en la tierra
Trabajar durante más de treinta años implica construir una dinámica de cooperación, un diálogo e intercambio que atraviesa cada proyecto. «Al principio, el trabajo era muy manual y nos íbamos prestando el mismo dibujo. Aprendimos de esa manera y seguimos trabajando así», recuerdan. Este método les permite tener distancia crítica sobre su propia obra.
Es muy útil porque el otro ve en perspectiva lo que uno está haciendo. Hay trabajos realizados por uno solo y otros en los que ya no se distingue quién hizo qué. Es como una jugada de fútbol: uno la pasa y el otro hace el gol –sostiene Boldrini.
Pero la jugada arranca con muchísima anticipación. «Cada proyecto tiene muchas etapas. Una es la producción del vino. Vamos al viñedo cuando todavía faltan dos años para que el vino esté listo y ya empezamos a pensar un nombre, un concepto, una historia y cómo se va a comunicar», detallan. Luego viene la definición técnica, lo que ellos llaman «insumos secos»: elegir la botella, la cápsula, la caja, y proyectar todo en función del segmento de precio. Después llega el «vestido» final: texturas, papeles y el tipo de fraccionamiento. Recién después de todo eso, entra a jugar el arte puro, los relieves, los acabados y la imprenta.
La piel de la ciudad: dermatólogos visuales en el anonimato
La creación de Pupo y Gato no se detiene exclusivamente en etiquetas de vinos. Han trabajado en la identidad visual de decenas de marcas fuera de la vitivinicultura, y, sin saberlo, los mendocinos interactúan con sus diseños a diario cuando pasan por La Vene, comen en Zitto, compran en Millán o transitan por los universos de Huentala, Entre Cielos, Club Tapiz, Kilka o la aceitera Laur. Gato autodefine su trabajo junto a Pupo como «dermatólogos visuales», ya que su trabajo interviene, embellece y le da sentido a la «piel de la ciudad».
Aunque sus trabajos son anónimos y cada proyecto busca una identidad propia, hay algo de B&F que siempre termina filtrándose, ya sea en una forma de dibujar, una tipografía, una caligrafía. «En algún punto sale nuestra impronta», admite Gato. El desafío está en conservar esa sensibilidad sin repetirse, algo que también alimentan trabajando con ilustradores y colaboradores que amplían el lenguaje del estudio.

Cerrar el círculo: cuando el diseño sale del estudio
Al final del día, después de los largos meses (o años) que toma desarrollar un concepto, la mayor satisfacción para ambos radica en el impacto real de lo que hacen. Dice Pupo:
El disfrute está en que el trabajo represente un buen producto y que ese buen producto también nos represente como lugar.
Gato coincide, pero le suma el peso de la tracción humana: «Me gusta mucho partir de la nada y llegar a algo que la gente quiere, consume y por lo que está dispuesta a gastar su dinero. Poder ser parte de ese proceso y de ese motor económico está muy bueno, además de la satisfacción personal y el gusto estético».
Cerrar el círculo es ver cómo ese primer borrador, un simple garabato en la libreta, se materializa, llega a las manos de la gente y se vuelve parte de la economía diaria. Como auténticos «dermatólogos visuales», Pupo y Gato llevan desde 1991 cuidando y embelleciendo la piel de la ciudad. Así logran que su diseño, aunque anónimo, no solo sea protagonista en los brindis, sino que también construya el paisaje urbano que transitamos a diario.












