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Eduardo Vera: «El jardín es la excusa»

Un repaso por la vida de uno de los grandes paisajistas de la provincia. Una revelación de por qué el futuro del rubro puede encontrarse en la vuelta a los orígenes.

A los 15 años, cuando la mayoría todavía no sabía qué quería hacer de su vida, Eduardo Vera ya tenía un vivero. Se llamaba Las Cuatro Estaciones. Fue el comienzo de una historia que lo llevaría a trabajar por casi cinco décadas con jardines y paisajes: primero en Mendoza, después en Europa y, con los años, en algunos de los proyectos vitivinícolas y hoteleros más importantes de la región.

Hoy tiene 63 años y habla de esos comienzos con la naturalidad de quien fue avanzando sin planear mucho. Empezó a estudiar Ingeniería y llegó hasta quinto año, mientras el vivero y los primeros jardines crecían en paralelo. «Yo nunca me imaginé que me iba a dedicar al paisajismo. Estaba estudiando Ingeniería y estaba con el tema del vivero. Empecé a hacer jardines, empecé a ganar dinero con los jardines y nunca paré», recuerda. De la carrera inconclusa no le importa tanto el título que no llegó como lo que aprendió en el camino: «Lo cuento no tanto por el título, sino por la formación».

Bodega Garzón – Maldonado, Uruguay

 

Esa premisa vuelve una y otra vez a la charla. A los 19 años dejó Mendoza y se fue a Europa, donde vivió once años entre Barcelona, Ibiza y Madrid. En Ibiza siguió ligado a los jardines, trabajó para viveros y estudios de paisajismo y desarrolló, entre otros proyectos, un jardín para Roman Polanski. Ya en Madrid estudió en la Escuela Castillo de Batres y se cruzó con Leandro Silva Delgado, una figura clave en su formación cuya dimensión, admite, terminó de entender con el tiempo.

Europa le dio herramientas y otra escala desde la cual pensar el oficio. A sus 31 años volvió a Mendoza, casi al mismo tiempo que la provincia empezaba su propia transformación: el vino mendocino se proyectaba con más fuerza hacia afuera, las bodegas se pensaban también desde la arquitectura y aparecían nuevos desarrollos hoteleros. «Cuando llegué —nos cuenta—, justo empezó todo el boom de Mendoza. Yo tuve la suerte de tener la experiencia del mundo. Entonces pude entender lo que estaba pasando». Así llegaron los trabajos en Palmares, el Hyatt, Salentein y una lista de proyectos que siguió creciendo dentro y fuera de la provincia.

The Vines Resort & Spa – Mendoza

 

Pero, al repasar su trayectoria, no parece demasiado interesado en quedarse ahí. Habla de los proyectos, los viajes, los años de trabajo, y enseguida vuelve al presente. A los 63 intenta recuperar algo de aquella actitud que tenía a los 15, cuando todavía nadie sabía quién era y todo estaba por hacerse. Hoy, además de sus proyectos, dicta clases a través de su escuela (@arev.eduardovera en Instagram) y publicó un libro sobre las plantas de Atamisque.

No estoy pensando en lo que he hecho, estoy pensando en lo que puedo hacer.

Un jardín es mucho más que un jardín

Definir qué hace Eduardo Vera solo a partir de las plantas resulta demasiado reductivo. La entrevista había arrancado con una pregunta simple —qué hace un paisajista—, y terminó abriendo un universo enorme: la arquitectura, el diseño, los materiales, las personas, la luz, el agua, las sombras, la relación que tenemos con la naturaleza.

Proyecto Casa Quintana

 

Para él, todo es paisaje. Una mirada sensible sobre el entorno que invita a detenerse, observar y encontrar valor incluso en aquello que suele pasar inadvertido.

Cuando hablamos en términos de «paisaje», de alguna forma estamos enseñando a mirar de manera diferente.

Su forma de hablar del paisajismo tiene un dejo de espiritualidad. Vera entiende la naturaleza no solo como el conjunto de plantas que nos rodea, sino como un universo mucho más amplio del que nosotros formamos parte. Por eso insiste con la palabra «relación», ya que no le interesa el paisaje como una suma de elementos bonitos, sino como una forma de vincular personas, naturaleza y espacios.

Antes que todo, observar 

Bodega Piedra Infinita – Familia Zuccardi – Mendoza

 

Esa filosofía se vuelve concreta al comenzar un proyecto. Antes de decidir qué hacer, Vera busca entender qué tiene a disposición: el suelo, el clima, las especies, la arquitectura, el presupuesto y las personas que intervendrán en la obra. «Yo trato de no hacerlo desde lo que quiero, sino que me pregunto: Con esto que hay, ¿qué podemos hacer?», sostiene.

Para explicarlo recurre a una comparación ligada a lo mendocino: diseñar un paisaje se parece a hacer un vino. «Tenemos estas uvas. ¿Cuál es el mejor vino que podemos hacer con estas uvas? No quiero hacer champagne si acá no da». El desafío no es forzar un lugar para convertirlo en otra cosa, sino descubrir hasta dónde se puede llegar con los recursos que ofrece.

Tampoco entiende al paisajista como un creador completamente libre. Siempre hay algo con qué dialogar: una arquitectura existente, un árbol, un presupuesto, etc. Incluso diseñando para sí mismo, bromea, la libertad termina condicionada «por el sillón o el gato».

Bodega Garzón – Maldonado, Uruguay

 

Pero escuchar al lugar no significa renunciar a la autoría. Cuando le preguntamos si reconoce una impronta propia entre proyectos tan distintos, responde sin vueltas: «Sí, definitivamente. La mano es mía. La geometría es mía». Una autoría que, a su vez, se construye en equipo: sus obras pueden involucrar arquitectos, constructores, especialistas y distintas personas a lo largo de la ejecución.

De Mendoza al mundo

Hablar de paisaje implica hablar del lugar que lo contiene. Cuando le preguntamos qué cambia entre trabajar en Mendoza, Europa, Estados Unidos o Uruguay, vuelve a una palabra muy nuestra: terruño. Así como un vino cuenta de dónde viene, un paisaje también está atravesado por su origen. Cambian la tierra, el clima, las plantas, pero también los presupuestos, los materiales, la gente, la cultura. 

Bodega Salentein – Mendoza

 

Curiosamente, después de haber trabajado en tantos lugares, siente que en Mendoza es donde mejor puede desplegar su libertad creativa. «A nivel de creatividad, acá me siento más libre», asegura. Mendoza permite, además, trabajar con cierta independencia en relación con lo que el mundo ya está haciendo. Hay una amplitud, dice, que todavía permite imaginar algo propio. De ahí nace una frase que repite como declaración de principios: «De Mendoza al mundo». 

Hay una posibilidad de hacer cosas que no están en el mundo, nuevas para el mundo, y que tienen una calidad diferente en la generosidad, la amplitud, el aire. Mendoza tiene esa posibilidad.

Su propia trayectoria terminó acompañando ese proceso: trabajó en espacios que ayudaron a construir una imagen contemporánea de la provincia ligada al vino, la arquitectura y el turismo, y llevó esa experiencia también afuera.

¿Y hacia dónde vamos?

Bodega Alfa Crux – Mendoza

 

Vera observa un mundo donde lo artificial suele aparecer como la respuesta más rápida, económica o práctica, pero cree que el paisajismo está empezando a hacer el camino inverso: no una acumulación de novedades, sino una revalorización de lo que ya existe. Plantas relacionadas con el territorio, especies adaptadas, más conciencia en el uso del agua, jardines que dialogan con las condiciones reales del lugar.

Para mí la tendencia más alta que existe está relacionada con la naturaleza. Aquel que busque cosas de buena calidad necesariamente va a ir hacia la naturaleza.

No se trata de renunciar al diseño ni de armar jardines salvajes sin intervención, sino de aplicar creatividad y conocimiento para encontrar belleza donde antes quizás no la veíamos.

Cuando le preguntamos por una planta favorita, su respuesta es acertada:

Las plantas son como las personas. Hay personas que me gustan para ir al cine, personas que me gustan para correr, otras para viajar. Con las plantas pasa lo mismo.

Incluso un yuyo. «Si puedo poner en valor un yuyo, intentaré transformarlo en el yuyo más maravilloso», dice. Y agrega algo que a primera vista suena contradictorio: «Ahí está para mí lo contemporáneo y lo nuevo. Eso es realmente moderno».

El paisajismo sigue trabajando con algo que no responde a la urgencia del mundo: los tiempos de la naturaleza. Las plantas crecen, los árboles cambian, las sombras se desplazan, y un jardín nunca queda igual al que fue dibujado en un plano.

Comenzó a los 15 con un vivero, se fue a Europa para aprender y pasó buena parte de su vida creando jardines en distintos rincones del mundo. Pero cuando piensa hacia dónde va el paisajismo, la respuesta no está adelante, sino alrededor: en las plantas que ya crecen acá, en el agua que aprendemos a cuidar o en un yuyo al que alguien decide prestarle atención.

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