El arte en Mendoza está lejos de mantenerse estático: está vivo y transformándose constantemente. Para registrar todo este movimiento surge Artistas que marcan el pulso, un ciclo pensado para conocer de cerca a quienes exploran diversas formas de expresarse y conectar con nuestra escena cultural.
Sin embargo, hoy nos animamos a salir de nuestro suelo para saber qué están haciendo los talentos mendocinos que hoy viven e instalan su obra en la capital del país. Aunque todos despliegan estilos distintos y propios, hay algo que los conecta: sus raíces. Una charla íntima para descubrir cómo es crear en la gran ciudad teniendo siempre a Mendoza como punto de partida.
Ramiro Quesada Pons: criaturas funcionales, de la miniatura a lo monumental
Ramiro Quesada Pons da vida a criaturas cuya esencia logra fusionar la historia del arte con el diseño. Siendo nieto de Luis Quesada e hijo de Ramiro Quesada, creció rodeado de expresiones artísticas. Sin embargo, su inspiración inicial surgió desde otro lado. «Me marcó mucho más la cultura popular, principalmente la animación de los 90 y el videojuego», explica. Hoy, sus obras combinan esas referencias con la síntesis visual del arte prehispánico y los imaginarios de internet.
Su proceso creativo comienza en pequeña escala, modelando a manera de boceto las piezas que luego adquieren tamaños monumentales e invitan al público a conectar con ellas desde la interacción: es posible sentarse o acostarse en ellas; una especie de fusión entre un cuerpo y un mobiliario.
Me parece súper interesante la ruptura con esa solemnidad que comportan las esculturas, con esa idea de que no pueden ser tocadas.
Además de lo lúdico, concibe este gesto como una pausa necesaria frente al agotamiento contemporáneo.

Siendo descendiente de una familia de grandes artistas mendocinos, confiesa que, al mudarse a Buenos Aires, buscó despegarse de ese inmenso linaje. Pero, con el tiempo, las obras de su abuelo y padre le infundieron una maduración creativa: «En una época me intentaba separar; hoy los miro bastante e incluso tomo muchas cosas de su obra, Me doy cuenta también de su influencia casi inconsciente en mi laburo».
Valentina Quintero: reescribir el canon desde la corporalidad y el color
Cuando hablamos por teléfono, Valentina Quintero estaba en pleno viaje al este mendocino, a San Martín, de donde es oriunda. Hace cuatro años que vive y produce desde la capital argentina, donde sus obras han transitado por centros culturales como el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires. Sin embargo, al momento de hablar se encontraba en Mendoza para presentar su muestra «Vértigo Pose» en el Anexo del MMAMM.
Estamos hablando de una figura multifacética: también conocida como Valentine, ella alberga en su ser no solo la etiqueta de artista visual, sino también las de cantante y performer. Su obra pictórica no es ajena a las disciplinas que conviven en ella y eso se observa en sus pinturas de gran formato. En ellas, los cuerpos rodeados de color evocan la memoria corporal de su performance. «Siempre pienso con el cuerpo, con el espacio. La pintura me funciona cuando también estoy inspirada en estas otras disciplinas».
Otra de las búsquedas centrales de su producción es la revisión de la historia del arte desde la fantasía y la perspectiva trans. Frente a una tradición clásica dominada por el canon masculino en lo artístico, Valentina reflexiona sobre su propio arte:
Tiene que ver con una apropiación de lo artístico. Históricamente, este fue un espacio de varones. Entonces busco reescribir lo que se piensa sobre el arte desde otra postura, desde otra identidad.
UFO: el cuerpo como espacio de relaciones
Fotógrafo, artista visual, bailarín y director, UFO es un creador atravesado por el movimiento. Su vínculo con la imagen nació en la niñez de la mano de una Polaroid, pero su exploración visual, curiosamente, está ligada a lo coreográfico y lo sonoro.
Siempre he tenido una relación muy estrecha con el sonido y con la música, lo que siempre me habilitó poder pensar el cuerpo como un espacio de relaciones.
Recientemente exhibida en Grullar Galería, su obra fotográfica aborda varios ejes temáticos, cuya base siempre es el cuerpo: el cuerpo y sus posibilidades, el cuerpo y sus relaciones, el cuerpo y sus misterios. Y aunque la fotografía sea estática, él, como performer, le encuentra un sentido vital: «Hay algo que se imprime al momento de crear, que es una noción de ritmo, y el ritmo es propio», afirma. Y agrega: «Esa capacidad de captura que tiene la fotografía es la que te permite poder hacer síntesis de algo que es procesual».
La «mendocinidad» en su obra aflora de forma orgánica y sensorial, cualidades de las que tomó consciencia una vez lejos de su tierra.
Una vez que vine a Buenos Aires, pude hacer verdadero hincapié en la mendocinidad de mi obra, por el simple hecho de que ese mismo distanciamiento físico-espacial me permitió percibirla con más transparencia, con cierta claridad.
Esta esencia cuyana se manifiesta en lo que se imprime al momento de capturar una imagen: «El ritmo de mis imágenes invita más a una contemplación, lo cual no responde precisamente al ritmo de una ciudad».
Andrés Piña: la disección como forma de conocer el mundo
Nacido en La Consulta y egresado en Artes Visuales de la Universidad Nacional de Cuyo, Andrés Piña reside y trabaja desde Buenos Aires. En su obra convive lo orgánico con lo mecánico y crea así una hibridación que, para Andrés, es una manera de desarmar aquellas dicotomías con las que ordenamos materialmente el mundo.
Distinguimos lo vivo de lo inerte, la naturaleza del artificio, lo sagrado de lo profano. Son categorías un poco caprichosas, que en el mundo real no son tan distinguibles porque es todo un gran bagaje de materia.
Desde esta perspectiva, Piña trabaja principalmente con el interior del cuerpo humano. La elección responde a una intención concreta: alejarse de la piel, una superficie donde pueden inscribirse rasgos identitarios vinculados, por ejemplo, con el género o la etnia. En las vísceras, en cambio, busca un reconocimiento más abstracto: algo que podamos identificar como propio sin necesidad de asociarlo a una identidad particular.
Uno ve un intestino y lo reconoce como algo propio. Pero, al estar diseccionado, se vuelve un poco monstruoso. Me interesa esa ambigüedad: reconocer algo como parte de nuestro cuerpo y, al mismo tiempo, percibirlo como extraño.
Piña también aborda la escultura, un lenguaje con el que siente una afinidad particular. «Me interesa que la obra funcione como un objeto que se mezcla con el espacio y con otras experiencias; que no la reconozcas inmediatamente como una obra de arte y pierda un poco esa carga simbólica», sostiene.
Actualmente presenta una muestra en la Galería Ruth Benzacar, donde plantea distintas prácticas culturales en torno al acto de dormir. De cara a los próximos años, su horizonte está puesto en el espacio público: «Es algo que tengo pendiente desde hace mucho tiempo. Todavía no tiene demasiada forma, pero me gustaría explorar ese aspecto de mi trabajo».





