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Animar para entender(se en) el mundo

Gastón Pacheco lleva más de 15 años dedicándose a la ilustración y la animación. Desde Mendoza, trabajó para Cartoon Network y Netflix, mientras desarrolla su propio cortometraje.

¿Sabías que la primera película animada de la historia fue argentina? Titulada “El Apóstol” y estrenada en 1917, requirió cerca de 58 mil dibujos hechos a mano. Aquel hito demostró la magia de la técnica cuadro por cuadro, un método artesanal que hoy derivó en una industria global donde reinan los ritmos frenéticos y los ejércitos de ilustradores. Sin embargo, en contraste con esas corporaciones… ¿me creerías si te digo que en Mendoza hay un artista que, de manera freelance, usa esa misma técnica para proyectos personales y profesionales? Estamos hablando de Gastón Pacheco, que, con más de 15 años de trayectoria en este campo, nos abrió las puertas de su estudio para charlar en profundidad sobre su vocación.

Como sucede con todo creativo, adentrarse en su espacio de trabajo resulta fascinante. Lo primero que destaca son las luces tenues y anaranjadas que lo envuelven. Dos monitores exponen animaciones en pleno proceso. A la derecha del escritorio descansan un piano y un sintetizador. En la pared de enfrente, una biblioteca llena de artbooks, mangas y libros de teoría del color, con una cámara de fotos apoyada al costado. 

«En un momento me enrosqué con que no sabía componer el espacio», explica para justificar el porqué de la cámara. Y antes de la fotografía, vino la música. Hace unos seis años se sentó a aprender de manera autodidacta a tocar el piano y el sintetizador. También incursionó en la cerámica, donde empezó a modelar una tetera, aves y un pequeño sifón, los cuales descansan en la mesa de su comedor. En paralelo, sumó lecturas sobre percepción y color y, por supuesto, la observación minuciosa del trabajo de otros ilustradores y artistas. 

De repente me enfoco en algo. Intento estar entretenido en alguna cuestión”

Cada uno de estos objetos es una pista de los diferentes intereses y obsesiones que ha tenido a lo largo de los años. Y cada una de estas fijaciones, tarde o temprano, termina filtrándose en su obsesión mayor: la animación. Pero vamos paso a paso… ¿Cómo termina un mendocino trabajando para los gigantes de la industria?

De la UNCuyo a Netflix

Su trayectoria comenzó en las aulas de Diseño Gráfico de la Universidad Nacional de Cuyo. Allí cursó hasta cuarto año, hasta que se dio cuenta de que lo que realmente quería era ilustrar, no diseñar. 

Siempre me costó lo académico. Tuve que pasar por un proceso de entender que soy más autodidacta”

Corría el año 2007 cuando formó un estudio de diseño y animación con unos socios, pero seguía sintiendo que el dibujo quedaba relegado. Decidido a abrir su propio camino, viajó a Buenos Aires a buscar oportunidades como ilustrador. Allí estuvo casi un año dispuesto a aprender, sumergiéndose en la dinámica de los estudios y absorbiendo el funcionamiento de la industria en general. Pero la gran ciudad, con todo su ruido, no terminaba de encajar con su personalidad. «Me gusta estar en lugares como Mendoza, que son tranquilos y silenciosos», detalla. Es por eso que, alrededor de 2013, volvió a la provincia para consolidarse como freelancer.

Empezó a subir su portafolio a Behance, donde no tardó en ser destacado por la plataforma. Después migró a Instagram. 

Empecé a contactar gente, a seguir a directores, directoras, plataformas… Y en un momento me empezaron a seguir de vuelta”

Así fue como un director de El increíble mundo de Gumball, la reconocida serie de Cartoon Network, lo contactó para que diseñara personajes y expresiones faciales de la quinta temporada. «De repente me pedían un personaje que era realista, después uno que era una sopa instantánea. Era muy exigente y me di cuenta de que tenía que aprender más todavía», relata el mendocino. También ha participado en proyectos para más referentes de la industria, como en el diseño del humano en la película interactiva de Netflix, We Lost Our Humans. 

Gorrionetas: el proyecto donde todo desemboca

Toda esa experiencia en producciones masivas, las horas de piano, la composición del espacio en fotografía y el estudio del color convergen hoy en su obra más ambiciosa: Gorrionetas. Este es un cortometraje creado junto al director, animador y co-fundador del reconocido estudio Rudo Company, Ezequiel Torres. Ambos están involucrados en cada etapa del proceso, desde el diseño de personajes hasta el guion y la animación, elaborada dibujo por dibujo. 

«Era una persona random que me escribió y me dijo que quería animar un dibujo mío. Después nos conocimos en persona y empezamos a hacer cosas creativas».

El corto es mudo, musicalizado por el propio Gastón, y narra la historia de un pichón que busca su lugar en el mundo. Hace unos siete años que vienen trabajando en su realización. «Es mucha la inversión de energía, pero sé que lo vamos a terminar en algún momento. Lo siento como un nivel que tengo que desbloquear», asegura. 

Una obra de esta magnitud requiere financiamiento, por lo que buscaron productores y, lanzaron una campaña de contribución colectiva a través de la plataforma Kickstarter. En ella, el público puede aportar dinero directamente para hacer realidad el proyecto. Hoy, junto a la co-producción de Rudo Company, trabajan respaldados por esos fondos.

Kishōtenketsu para romper el molde occidental

Cuando le preguntás a Gastón por su estilo, siente que no lo tiene. Sin embargo, si hay algo que define su identidad visual, es la fuerte influencia oriental en su trazo.

Creo que el estilo es algo complejo. Somos un collage, una genealogía de influencias. Te gustan muchas cosas y se te van pegando” 

Una estructura narrativa que prefiere y que, de hecho, aplica en Gorrionetas es el Kishōtenketsu, un modelo tradicional de cuatro actos originario de Asia Oriental. «En el relato occidental, por lo general, hay una introducción, un conflicto y una resolución. En esta estructura se trata de generar un mundo creíble donde conviven los personajes, hasta que ocurre un giro, una situación que te obliga a adaptarte», explica, para luego revelar el motivo de su predilección. «Es lo más parecido a la vida real. Me di cuenta de que eso era lo que buscaba: que se sintiera auténtico. En Gorrionetas terminó quedando algo medio mutante porque somos occidentales mirando hacia lo oriental como referencia». 

Mirar hacia afuera para entenderse por dentro

En la vida de Gastón Pacheco, la animación es una vía de autoconocimiento, algo de lo que se percató durante el desarrollo de su cortometraje. 

Me di cuenta de que estaba hablando de mí mismo en muchas cosas”

Lo que más disfruta de su profesión es el poder de recrear detalles del día a día. Como referente de esto, menciona a Studio Ghibli. «En Mi Vecino Totoro, hay una escena donde se agachan a levantar agua y percibís el peso del balde. Si no le prestás atención a esos detalles en el dibujo, la animación no se siente, está muerta. Esa cotidianidad minuciosa es lo que me apasiona».

Quizás por eso su estudio está lleno de objetos variados: piezas de cerámica, un piano, la cámara, libros, sus dibujos… Gastón no hace más que recolectar esos pequeños detalles cotidianos para darles vida. Así, cuadro por cuadro, desde su estudio, sigue animando no solo para ganarse la vida, sino para descubrirse a sí mismo. 

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