En nuestro ciclo Registro nos adentramos en el taller del artista para hablar con él de aquello que no se ve a simple vista. Inspiraciones, obsesiones, rituales que en silencio le dan forma a su manera de crear. Esta vez nos encontramos con Federico Arcidiacono, artista plástico y escultor mendocino que ha hecho de la recuperación de madera el eje central de su obra.
Entrar en su taller, ubicado en la parte trasera de su hogar, es apreciar un inventario de años de creación, donde conviven piezas de diferentes tamaños y formas que pertenecieron a series pasadas. Para Federico, este espacio forma parte de su cotidianidad y es donde la práctica artística funciona como un medio y no como un fin. «Veo el arte como una herramienta más para ser feliz, como lo es también arreglar el jardín o solucionar problemas de la casa, sea una gotera, un caño roto, o pintar una pared…», explica con la sencillez de quien entiende que crear es, fundamentalmente, una forma de canalizar lo que pasa por dentro.
Foto: Arcidiacono-5
Madera recuperada: un patrimonio que vuelve a la vida
Federico cuenta que sus primeros años de vida transcurrieron dentro de la carpintería de su padre. En un barrio de la Quinta Sección donde escaseaban los chicos de su edad, el taller terminó convirtiéndose en su patio de juegos. «Estábamos todo el día jugando en la carpintería y hacíamos nuestros propios juguetes», recuerda. Esa fascinación temprana por la transformación de la materia, que observaba tanto en la labor de su padre como en la de los chapistas y pintores, se convirtió en su profesión actual. Lo que comenzó como una intuición infantil encontró más tarde en la Escuela de Bellas Artes el espacio donde tomar forma, profundizarse y convertirse en un camino artístico.
Como escultor de madera recuperada, su materia prima se divide en dos grandes universos: el arbolado público y ruinas de sitios patrimoniales. Fragmentos de techos, pisos, puertas y cúpulas de la arquitectura antigua de Mendoza encuentran en sus manos una nueva posibilidad de existencia en lugar de desaparecer. Su trabajo no siempre ocurre entre las paredes del taller, ya que, muchas veces, la escultura es realizada en el sitio mismo donde cae un árbol. «Me traslado yo con las motosierras y hago el trabajo en el lugar», comenta sobre una ocupación que exige una ardua labor física.
Fotos: Madera-3 y Obras-2
La caja de herramientas
Para Federico, el arte no ocupa un lugar privilegiado por encima del resto de los aspectos de su vida. Más bien, forma parte de una misma “caja de herramientas” donde convive en pie de igualdad con otros saberes, oficios e intereses que también le permiten comprender y habitar el mundo. «Cuando me doy cuenta de que, por una cuestión emocional, el arte ya no me está ayudando a canalizar lo que me pasa, busco otra herramienta», afirma, subrayando que lo importante no es el lenguaje artístico en sí, sino reconocer qué recurso resulta útil en cada momento para ordenar el ruido interno y recuperar cierto equilibrio. Hay días en que la escultura fluye y lo abarca todo; pero, cuando no es así, Federico recurre a otros espacios de interés: toca la batería, se dedica al jardín, lee o simplemente sale a caminar para observar las fachadas de las casas antiguas.
La batería ocupa un lugar especial en este sistema de nivelación energética que Federico ha ido construyendo a lo largo de los años. «Es una herramienta que, cuando estás muy abajo emocionalmente, te genera un power en el cuerpo que te ayuda a destrabar. Pero, si estás muy arriba, te baja y te nivela».
Foto: Arcidiacono-4
Otra gran herramienta para el escultor es la lectura. Durante mucho tiempo, cuenta, tuvo una relación difícil con los libros. Sin embargo, el encuentro con un libro de geografía despertó una curiosidad que se fue transformando en la necesidad de entender mejor diferentes aspectos fundamentales de Mendoza, como su historia, su agua y su arquitectura. Desde ese entonces, fue armando dentro del taller una biblioteca especializada, para alimentar esta pasión cada vez más sólida por pensar la provincia desde adentro. Así el arte se cruza con la investigación, con la memoria y con la necesidad de entender el territorio sobre el que se trabaja.
Serendipia: el hallazgo de manera accidental
El proceso creativo de Federico es un vaivén constante entre la intención del boceto y las limitaciones que impone la materialidad del objeto. Aunque dibuja permanentemente en cuadernos llenos de ideas, reconoce que el papel es un punto de partida que suele perder poder ante la realidad de un tronco de quinientos kilos. En ese choque entre el plano y el volumen aparece la «serendipia», ese momento accidental que cambia el rumbo de la obra y al que él ha aprendido a abrazar con gratitud.
«Hoy en día le doy muchísima importancia a estar abierto al proceso creativo. Puedo tener una idea, pero de repente sucede algo que me dispara otra cosa y la acepto. Entonces eso que había pensado cambia rotundamente y se convierte en algo más original», explica sobre su capacidad de soltar el control cuando el material propone algo que va más allá de la idea inicial.
Foto: Bocetos
En el universo de Arcidiacono, la obra nunca es un objeto aislado, sino que forma parte de un ecosistema más amplio compuesto por el aprendizaje constante y el respeto por los árboles, a los que considera una de las formas de vida más extraordinarias del planeta. Dentro de este ecosistema, su taller es el lugar donde cada herramienta (ya sea un recurso para trabajar la madera, un libro o un palillo de batería) sirve para seguir buscando esa síntesis personal. Él mismo dice: «Mi misión es canalizar mi ser», entendiendo el arte como una forma posible de estar, cada día, un poco más cerca de la felicidad.
Foto: Arcidiacono-6





