Hay uvas que estuvieron siempre ahí, creciendo en los parrales de las casas, en pequeñas fincas y en viñedos que han trascendido generaciones. Durante mucho tiempo fueron consideradas uvas de volumen y quedaron fuera de la conversación sobre los vinos de calidad. Hoy vuelven a ocupar un lugar en las copas, aunque no se trata exactamente de un regreso: ellas nunca se fueron; lo que cambió fue la manera de mirarlas. Porque antes del Malbec estuvieron las criollas, ligadas a los orígenes mismos de la viticultura en estas tierras.
La historia empieza hace más de 400 años, con la llegada a América de dos variedades europeas: Listán Prieto y Moscatel de Alejandría. Cultivadas con pocos cuidados y en convivencia, fueron cruzándose por polinización y dando origen a nuevas variedades.
Así nació una extensa familia de uvas criollas que se extendió por Sudamérica y encontró en distintas regiones condiciones para desarrollarse.
En Argentina se conocen como criollas, en Chile como guapay y en Perú como las uvas pisqueras. Son las uvas que nos representan, son nuestro patrimonio» Explica la sommelier Romina Rolón, dedicada a la agricultura sustentable.
Varietales que conocés y no sabías que eran criollas

Hablar de “la criolla” puede llevar a pensar en una única uva autóctona, “pero en realidad se trata de una gran familia formada por distintos genotipos”, explica el enólogo Santiago Mayorga. Las más conocidas son Criolla Chica, Criolla Grande, Cereza, Moscatel Amarillo, Moscatel Rosada, Criolla número uno, Malvasía, Canela, Pedro Giménez y la Torrontés, la reina de las criollas.
Todavía hay criollas que esperan ser reconocidas. Esa diversidad ayuda a explicar por qué no existe un único ‘vino de criolla’: puede ser blanco, rosado, tinto y adoptar muchas otras formas gracias a su enorme versatilidad.
No es tendencia: es una nueva manera de mirar
Las criollas no aparecieron de repente,siempre estuvieron. Lo que cambió es el interés por descubrir qué pueden ofrecer cuando se las trabaja con otra mirada y desde otras lógicas productivas.
Para Mayorga, la transformación tiene que ver con dos búsquedas que se entrecruzan. Por un lado, una generación de productores que sigue una enología más respetuosa y consciente de los recursos.
Se trata de una enología más sana, que apuesta por otros métodos de conservación –como el concreto– y por un trabajo más cuidadoso y menos invasivo»
Y por el otro, un público que empezó a acercarse a vinos diferentes y fáciles de beber: “hoy se busca la frescura, ligereza y liviandad de las criollas”, asegura.
Esta búsqueda también propone otra manera de pensar el terroir. Si una planta lleva décadas adaptada a una región y continúa produciendo, recuperarla permite aprovechar de manera más consciente los recursos existentes. “Si yo quiero arrancar uva criolla que plantaron mis bisabuelos para poner Malbec, tengo que esperar cinco o seis años para ver si se da. No hay mucha lógica”, plantea Rolón.
¿Cómo son las criollas y qué vinos producen?
Muchas de estas variedades tienen pieles finas y una gran capacidad productiva; características que durante décadas fueron asociadas a vinos de volumen. Pero hoy los productores trabajan sobre el viñedo y la elaboración para buscar otras expresiones.
Las zonas tradicionales de criollas en Mendoza están principalmente en el Este y en Luján de Cuyo, regiones con una larga historia vitivinícola. En el Valle de Uco también se conservan parrales de criollas pero en superficies pequeñas.
Para mí hoy la uva criolla es una uva perfecta para que tomen vino los jóvenes. Son bajos en alcohol, sumamente suaves por sus pieles finas, y de estructura fluida —explica la sommelier.
En la copa, estas características se traducen en colores suaves, tintos con pocos taninos, buena frescura y texturas fluidas. Los blancos suelen destacarse por su perfil aromático y pueden adquirir expresiones muy distintas según su elaboración.
“Estos vinos no requieren de mucho entendimiento. Son sabrosos y van muy bien como acompañantes de una comida o como aperitivo: podés ponerles soda y hielo para tomar en la pileta o abrirlos mientras cocinás. Permiten traspasar los límites del protocolo”, suma Rolón y remarca:
Los vinos de uva criolla son el resultado de una búsqueda que coincide con lo que está eligiendo el nuevo público.
Mayorga fue uno de los pioneros en llevar estas uvas a etiquetas de alta gama. Comenzó a trabajar con criollas en 2017, cuando elaboró para Cadus Wines una Criolla Chica del Valle de Uco como una Signature Serie- Años más tarde, en Nieto Senetiner, incorporó la Criolla Grande del Este mendocino, que pertenece a la línea Patrimonial.
El resultado demuestra que estas uvas pueden moverse mucho más allá del vino de mesa y encontrar fineza, precisión y complejidad.
Hace una década atrás era una locura hacer un vino de alta gama con una ‘uva barata’. Creo que hay muchísimo para ofrecer todavía» —comparte Santiago.
Proyectos de criollas
Una pequeña guía para empezar a explorar esta familia de uvas desde la copa, con productores y etiquetas que vale la pena descubrir.
- Bodega Niven, del enólogo Lucas Niven (Junín): Criolla Argentina Moscatel Amarillo.
- Paso a Paso Wines, de Norberto Páez y Sebastián Bisole (San Martín): Las Criollas de Don Graciano Criolla Clarete.
- Finca Feliz, proyecto de Carlos y Lis Clément (Santa Rosa): Tesoro, naranjo de Pedro Giménez.
- Guardianes de la Naturaleza, de Victoria Brond (Ugarteche, Luján de Cuyo): Expresiones Criolla Grande.
- Finca Hullu (San Martín): Tinto de Criollas.
- Morcos Wines, línea de Matías Morcos (San Martín): Criolla 2025.
- Bodega Familia Cassone, Federico Cassone (Mayor Drummond, Luján de Cuyo): La Grappe, tinto de uvas criollas cereza (85%) y tempranillo (5%).
- Finca Cosmos, de Laura y Raimundo (Lavalle): La Mocha, naranjo de Pedro Giménez.
- Onofri Wines, de Mariana Onofri (Lavalle): Alma Gemela Criolla Blanca.
- Paula Michelini (Tupungato): Enorgullecida Naranjo de criollas blancas.
- Finca Suárez, de Juanfa Suarez (Altamira): Rocamadre Criolla.
- Riccitelli Wines, de Matías Riccitelli (Los Chacayes): Tinto Criolla Chica KungFu.
Quizás aquí esté una de las claves para entender por qué las criollas vuelven a ocupar espacio. Y es que no necesitan convertirse en otra cosa para resultar interesantes. Son parte de una historia que empezó mucho antes de que existieran las categorías actuales del vino y que todavía tienen variedades, viñedos y posibilidades por descubrir.
Mirarlas de nuevo no significa volver al pasado. Significa preguntarse qué puede ofrecer ese pasado cuando se lo trabaja con las herramientas del presente.



















