En una industria donde todo se descarta con rapidez, pensar en nuevos materiales implica cambiar la forma de mirar. No se trata solo de diseñar objetos, sino de cuestionar el origen mismo de lo que se produce: entender los tiempos, los procesos y el recorrido de la materia. ¿Qué pasa cuando un residuo deja de ser el final de un ciclo para convertirse en el punto de partida de otro?
A partir de esa pregunta, empieza a tomar forma una nueva línea dentro del diseño contemporáneo. Una que ya no se limita a reciclar, sino que propone algo más profundo: crear materia prima a partir de desechos. Así surgen los biomateriales, desarrollados desde residuos agroindustriales, orgánicos o textiles, que abren una lógica distinta de producción, más consciente y conectada con el entorno.
Este cambio desplaza el foco del objeto hacia la materia. Diseñar ya no es solo proyectar un resultado final, sino involucrarse en el proceso: investigar, experimentar y dejar que el material también defina el camino. En ese movimiento, el diseño deja de ser lineal y se vuelve una práctica abierta, donde el resultado no siempre está definido desde el inicio.
Cuando el diseñador se convierte en explorador
En este escenario, diseñar implica involucrarse en todo lo que ocurre antes de que exista una pieza: investigar, mezclar, testear, fallar y volver a hacer. Una dinámica más cercana a un laboratorio que a un estudio tradicional.

Proyectos mendocinos como Bioeleven o Vonk exploran ese cruce: desarrollan materiales a partir de descartes orgánicos -biotextiles, bioplásticos, bioacrílicos- que luego se transforman en insumos para otras prácticas creativas.
Lo interesante no es solo lo que producen, sino cómo lo hacen. Hay un trabajo meticuloso en la selección de las industrias que entregarán sus residuos, en ajustar recetas, en secar, probar y validar. En ese ida y vuelta constante, el diseñador de estas nuevas prácticas se vuelve experimentador.
Cuando lo experimental toma forma
Estos nuevos materiales también son una expresión del territorio. En Mendoza, los desechos de la vid, del tomate o del ajo se convierten en puntos de partida. Bioeleven, el proyecto de las diseñadoras y docentes Gabriela Negri y Analía Funes, trabaja con estos residuos para desarrollar principalmente textiles biodegradables y compostables, similares al cuero en distintas texturas y colores para proveer a distintos diseñadores que se dedican a desarrollar productos con esta materia prima como musa de sus productos.
Por su parte, Vonk Bio Diseño, de la diseñadora industrial Marianela Bel Giovanetti, transforma aserrín, cáscaras de maní, borra de carbón, pieles de vegetales, borra de vino, orujo y semillas de uva en nuevos insumos. Con ellos, se han desarrollado prendas de vestir y piezas que incluso han llegado a pasarelas como la de Argentina Fashion Week.
En una escala más cercana, Abi Román de Awen Biodiseño trabaja con cáscaras de mandarina y yerba mate usada para crear cuero biobasado que luego se convierten en sandalias birk o bolsos holster. Mientras tanto, Sofía Galdame, desde Divici Studio, lleva materiales como la borra de café o el carozo de palta al diseño de interiores, desarrollando lámparas y creando su línea de mobiliario.
En todos los casos, se observa una forma distinta de relacionarse con la materia: más cercana, más consciente, más situada. Diseñar también es aprender a leer lo que ya está ahí.
Resignificar lo que ya existe también es neodiseño
Pero no todo pasa por crear nuevos materiales. También hay una línea más directa que trabaja sobre lo existente. El gesto está en cambiar la mirada, en reinterpretar, recortar, recomponer.

Chamama se mueve en ese terreno, fusionando caucho con desechos textiles de cortinas blackout para crear bolsos, riñoneras y mochilas en las que su origen sigue siendo visible. La lógica es distinta, pero el punto de partida es el mismo: el descarte.
Si en el biodiseño la materia se cultiva, acá se resignifica. Dos caminos que comparten una misma pregunta. ¿Qué hacemos con lo que ya tenemos?
El inicio de otra forma de diseñar
En todo este movimiento generado en una porción del mundo del diseño, hay algo clave y es que no se busca cambiar la producción sino operar de otra manera dentro de ella. Y, casi sin proponérselo, el biodiseño abre nuevas preguntas sobre cómo se diseña y desde dónde.

El acceso a los materiales deja de ser un límite para convertirse en posibilidad. Y para quienes prefieren esta arista del diseño, se desplazan hacia un territorio más abierto, donde crear no siempre implica producir algo nuevo, sino mirar distinto.
¿Es una práctica que se desvanecerá en el tiempo o se trata de un cambio más profundo en algunos? Difícil saberlo. Lo que sí aparece con claridad es el corrimiento del objeto a la materia. Y bajo este enfoque, quizás, el diseño empieza a transformarse en otra cosa.











