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«El diablo viste a la moda 2» y por qué veinte años después seguimos obsesionados

El film protagonizado por Meryl Streep y Anne Hathaway vuelve con una secuela que reabre preguntas sobre ambición, identidad y pertenencia. Más que una historia sobre moda, es un retrato vigente de las decisiones -y renuncias- que implica construir quiénes somos.

Hay películas que se ven una vez y se olvidan y hay otras como «El diablo viste a la moda» (2006) que no se borran de la mente. O mejor aún, que vuelven a la pantalla grande renovadas para recordarnos el motivo de por qué nunca pasan de moda.

El próximo jueves 30 de abril se estrena la secuela de este film protagonizado por Meryl Streep y Anne Hathaway, 20 años después de la primera entrega (que fue un éxito en taquilla y que, esta vez, promete lo mismo).

La primera historia está basada en la novela homónima de la escritora Lauren Weisberger publicada en 2003, donde narra –en gran parte– su propia experiencia trabajando como asistente en una revista de moda de Nueva York.

Y para sorpresa de varios, «El diablo viste a la moda 2» no es una adaptación directa de las secuelas del best seller, pero sí mantiene casi intacto al equipo creativo. El guión vuelve a estar a cargo de Aline Brosh McKenna y la dirección, en manos de David Frankel.

Entonces, ahora vale la pena preguntarse por qué esta historia no nos soltó.

El lenguaje invisible de la moda 

Si hay una escena que define a «El diablo viste a la moda» es la del sweater azul cerúleo, donde, en menos de dos minutos, una prenda banal se transforma en una declaración sobre cómo funciona la cultura.

Andy Sachs (Hathaway) se ríe ante la comparación de dos cinturones prácticamente idénticos que Miranda Priestly (Streep) analiza con absoluta seriedad y, sin levantar la vista, le comenta: «Ese suéter no es simplemente azul. No es turquesa. No es lapislázuli. Es cerúleo. En 2002, Oscar de la Renta diseñó una colección de vestidos cerúleos; Yves Saint Laurent lo mostró en chaquetas militares y ese color apareció en ocho colecciones distintas. Luego fue bajando por los grandes almacenes hasta llegar eventualmente a algún mercado de liquidaciones… donde vos, sin duda, lo rescataste del tacho de basura».

Esa escena, que en 2006 fue leída como un momento de humillación, hoy se resignifica. Nos recuerda que lo que elegimos no es del todo libre: incluso aquello que creemos propio fue pensado antes por un sistema (diseñadores, editoras, pasarelas, temporadas, publicaciones, etc.). La moda, dice Miranda, no es frivolidad, sino uno de los lenguajes más complejos que existen.

La moda es, también, un lenguaje: nos enseña que cada elección estética que tomamos habla de quiénes somos y de cómo interpretamos el mundo. La libertad y la autenticidad con las que decidimos presentarnos ante los demás dialogan, inevitablemente, con tendencias y referencias que ya existen.

Tres mujeres, tres formas de jugar el mismo juego

La película sigue a Andy, una joven recién recibida de periodista que consigue trabajo como segunda asistente de Miranda Priestly, la editora más influyente -y temida- de la industria. Andy no quiere pertenecer a ese mundo, ella sueña con escribir, con hacer “periodismo de verdad”, y ve la revista Runway como un simple trampolín.

Pero lo que «El diablo viste a la moda» muestra, con más honestidad de la que parece a primera vista, es el proceso por el cual esa persona se termina desdibujando. Porque Andy es ambiciosa, quiere crecer y que la vean, quiere pertenecer. Y en ese intento por pertenecer, empieza a adaptarse a las dinámicas del equipo de trabajo.

Ella está cambiando inevitablemente “porque tu realidad te transforma”, y esto es lo que hace a la película tan realista e inspiracional. 

Ese cambio no es abrupto, es gradual. Su transformación no la convierte en una Miranda fría e intocable sino en una Emily Charlton (Emily Blunt), quien empezó desde abajo, lo dio todo para llegar y en algún momento internalizó tanto las reglas del juego que ya no puede distinguirlas de sus propios valores. 

Y, por lo que muestran los trailers de «El diablo viste a la moda 2», Andy claramente pertenece a ese mundo.

Miranda Priestly es uno de los personajes mejor escritos del cine contemporáneo. No porque sea malvada sino porque es ambigua y multifacética como toda mujer. Ella construyó algo enorme en una industria históricamente dominada por hombres, pagando un precio muy alto por ese poder. 

Quizás podría evitar ser tan mala, pero “she is vintage” (“ella es anticuada”), cosa que también explora la primera película: la posibilidad de que Miranda sea desplazada por una joven millenial con más idea de lo que está “de moda”. Emily la admira ciegamente, no trabaja para ella sino que su manera de hacer sus tareas es así porque está convencida de que eso es lo que hace falta para estar donde quiere estar. 

«El diablo viste a la moda», 20 años después

«El diablo viste a la moda 2» retoma la historia en el contexto actual de la industria editorial. Miranda sigue al frente de Runway pero la revista enfrenta la crisis del papel frente al mundo digital. Andy, veinte años mayor, regresa a la redacción como editora de contenidos. Emily, la ex-asistente que pasó de ser rival a enemiga, ahora encabeza una firma de lujo con vínculos publicitarios claves para la supervivencia de la revista.

La película incorpora nuevas caras: Kenneth Branagh como el nuevo esposo de Miranda, Simone Ashley, Justin Theroux, Lucy Liu, B.J. Novak, Donatella Versace y hasta Lady Gaga, cuya canción original «Runway» (featuring Doechii) forma parte de la banda sonora de esta secuela.

«El diablo viste a la moda» nos sigue interpelando porque es un espejo incómodo para cualquiera que haya querido pertenecer a un mundo que exige demasiado. Un mundo donde la pasión se mezcla con la autoexigencia y en el que progresar implica más de lo que uno esperaba. Pero también porque es una película sobre mujeres complejas que toman decisiones imperfectas en circunstancias imposibles, y seguramente nos identificamos con eso. 

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