Pensá en tu artista favorito. Ahora sacale la música por un segundo. ¿Lo seguirías reconociendo? Probablemente sí. Por un peinado, algunos colores, unos anteojos o esa manera tan particular de plantarse frente a una cámara. Hay artistas que construyeron una imagen tan propia que podríamos identificarlos incluso sin escuchar una sola canción. Pero nada de eso es casualidad.
Detrás de un look para un show, una tapa de disco, una sesión de fotos o un videoclip hay alguien pensando cómo convertir en algo visible aquello que el artista quiere contar. Y no hablo solamente de encontrar ropa. Antes hay que escuchar, observar, investigar, preguntar y, sobre todo, conocer a la persona que va a llevarla.
Para entender cómo sucede, nos metimos en el universo de cuatro estilistas mendocinos. Cuatro recorridos y maneras de trabajar diferentes que tienen algo en común: mientras construyen la imagen de otros, también van dejando pistas de quiénes son ellos.
Lupe Galinarez: la música traducida en imagen
Karol G, Ca7riel y Paco Amoroso, Usted Señalemelo y Simona son algunos de los artistas que pasaron por la mirada de Lupe Galinarez. Tiene 33 años, lleva nueve trabajando profesionalmente en moda y diseño y, aunque hace una década vive en Barcelona, su historia empezó en Mendoza: su abuela Dominga era modista de alta costura y su abuelo Celestino tenía un negocio de telas. Creció, literalmente, entre máquinas de coser.
Estudió Diseño de Moda en la Universidad de Mendoza y, después de un breve paso por Buenos Aires, se instaló en Barcelona para especializarse en estilismo. Hoy su trabajo cruza moda, dirección creativa, asesoría de imagen y WHO IS LUPE, su propia marca.
Su universo se alimenta del cine, los viajes, la arquitectura y de todo lo que ocurra a su alrededor, aunque hay códigos intactos: el rococó, los pasteles, las puntillas, los lazos y las texturas delicadas. Con los años, esa mezcla se convirtió en un lenguaje reconocible. “Muchas veces me convocan porque alguien ve una propuesta y piensa: ‘Esto es muy vos’”.
Pero cuando trabaja con un músico, su propia estética tiene que encontrarse con la del otro. Antes de pensar en prendas escucha su música e investiga su historia. Después conversa con el artista para entender qué quiere conservar, qué quiere transformar y qué desea contar.
Hay un proyecto donde ese intercambio se vuelve especialmente personal: Simona. Además de ser su mejor amiga, Lupe la acompaña creativamente desde que comenzó a hacer música. Mientras una fue construyendo su identidad como artista, la otra también evolucionó como estilista y directora creativa. “Es un trabajo que, de alguna manera, cuenta también mi propia trayectoria”.
Para mí, el estilismo es la música traducida en imagen”

Antes de escuchar una canción podemos encontrarnos con un artista en Instagram, TikTok, una portada o una fotografía. Esa primera imagen ya dijo algo. Cuando estilismo, música, dirección de arte y puesta en escena consiguen hablar el mismo idioma, sostiene Lupe, aparece un universo mucho más potente y reconocible. Incluso capaz de acercar al artista a marcas, generar nuevas asociaciones y abrir un abanico de oportunidades.
Hace diez años, ella sintió que necesitaba dejar Mendoza para construir una carrera profesional en moda. Hoy observa una escena que creció, aunque considera que todavía falta una red de marcas, diseñadores, showrooms y profesionales que permita consolidar el estilismo como industria. Las redes acortaron distancias, pero el desafío local continúa.
Santiago Sibilla: armar al artista de poder
Faltan minutos para salir al escenario. Afuera espera el público; adentro, alguien termina de cambiarse, se mira al espejo y se prepara para exponerse frente a cientos o miles de personas. Es en ese instante, que casi nadie ve, donde Santiago Sibilla asegura que sucede una parte fundamental de su trabajo.
El 50% del trabajo de un vestuarista o estilista es psicología y contención”
Porque vestir a un artista también implica conocer sus inseguridades, generar confianza y conseguir que salga del camarín sintiéndose invencible.
Santiago tiene 42 años y lleva más de 15 trabajando entre la moda, la producción y el estilismo. Es Licenciado en Diseño de Moda y Textil, pero dice haber aprendido otra parte del oficio en la calle, los sets, los camarines y el ensayo y error. Hoy se define como un creador visual integral: según el proyecto puede ser diseñador, estilista, vestuarista o director creativo.

Su mirada mezcla cultura pop, streetwear, rock nacional, indie y psicodelia, y es un fanático de los años 70 y 90. De esos cruces nació también su sello: colores intensos, volumen, intervenciones y un choque constante entre lo urbano y lo conceptual.
Actualmente es jefe de Vestuario y estilista de Gauchito Club, proyecto que siente especialmente representativo de su universo. Allí conviven la identidad cuyana, el pop, lo tropical, el indie y la sastrería urbana. Antes trabajó también con Pasado Verde, Miranda! y en producciones como la Fiesta Nacional de la Vendimia.
Para Santi, sin embargo, un look funciona únicamente cuando quien lo lleva puede reconocerse en él. Por eso el proceso se construye en diálogo. ”Me gusta que el artista se sienta habitando su propia piel, no disfrazado”.
Y ahí Mendoza también aparece como parte de esa identidad. “Trabajar desde acá no me condiciona, me diferencia”. Producir lejos de Buenos Aires, sostiene, obliga a ser ingenioso con los recursos y aporta una autenticidad propia a la escena federal. Las redes hicieron posible que ese trabajo circule mucho más allá de donde fue creado.
Su definición final vuelve a aquel artista parado frente al espejo: “Vestir a otra persona es armarla de poder. Es darle una armadura visual que hable de quién es, de qué siente y qué quiere decirle al mundo, sin necesidad de emitir una sola palabra”.
Martina Ceverino: antes de la ropa, la persona
Probablemente alguno de sus videos te haya aparecido scrolleando por la lupita de Instagram. Looks, cambios de pelo, maquillaje, fotografías y combinaciones inesperadas forman parte de un universo visual que Martina Ceverino fue construyendo en redes y que, en pocos años, logró captar la atención de muchas personas.
Lo curioso es que, mucho antes de vestir a otros, ella misma fue su primer proyecto de estilismo. Su ropa, su imagen y el contenido que creaba funcionaron como una especie de laboratorio personal. Primero fue juego y búsqueda; después entendió que detrás de todo eso también podía haber un oficio.
Tiene 25 años y hace cuatro comenzó a desarrollarse profesionalmente entre la producción, el estilismo, la creación de contenido y la dirección creativa. Su recorrido tuvo algunos desvíos: estudió Diseño, pasó dos años y medio por Derecho y finalmente volvió al mundo creativo para formarse en comunicación, Producción de Moda y Estilismo.
Su abuela era diseñadora y tuvo su propia marca; su abuelo era un curioso incansable que podía estar tallando madera, construyendo algo o experimentando con cámaras. De ahí reconoce dos rasgos que todavía atraviesan su trabajo: la fascinación por las prendas y una curiosidad muy ligada a lo analógico.
Cuando trabaja con un artista, esa curiosidad se convierte casi en un método. Martina quiere saber qué música escucha cuando está triste y cuál cuando está feliz, qué recuerdo atesora, cuál es su color favorito o incluso qué objeto sería. Busca detectar elecciones que se repiten casi inconscientemente.
No quiero empezar buscando qué outfit le quedaría bien; primero quiero entender qué hace que esa persona sea esa persona”.
Actualmente desarrolla ese proceso con Esperanzah, a quien acompaña en la construcción de una identidad visual más amplia. La producción realizada en Potrerillos para la tapa de su disco es, hasta ahora, uno de sus trabajos favoritos: paisaje, personaje y vestuario surgieron de un mismo concepto.

Trabajar desde Mendoza supone para ella ciertas limitaciones, pero también una oportunidad. Frente a la falta de espacios, showrooms o producciones, su respuesta es generarlos. “Nosotros también hacemos cultura”, sostiene. Crear una editorial, construir la imagen de un músico o producir una fotografía también es dejar registro de la escena creativa mendocina contemporánea.
Por eso no cree que crecer necesariamente implique irse. Las redes permiten circular el trabajo y Buenos Aires puede ser un lugar donde generar vínculos y experiencias, pero su apuesta también está acá: encontrarse con otros creativos y construir los espacios que todavía faltan.
Paloma Sánchez: hacer tangible un universo
Tiene 25 años, pero cuando empieza a enumerar los proyectos, artistas y escenarios por los que pasó, la edad parece no coincidir con el currículum.

Batos, Catalina Segura, Magnolia, Aluhé, Esperanza, Sofía Mirotti, Demorados y Spaghetti Western forman parte del recorrido de Paloma Sánchez. También trabajó alrededor del universo de Gauchito Club desde el merchandising y sumó experiencias junto a artistas como Yami Safdie, Camilo y Ryan Castro. Incluso cuando IL DIVO llegó a Mendoza participó desde la asistencia de vestuario. Hoy, además de la dirección creativa, empezó a expandir esa mirada hacia el management y encontró un nuevo territorio que la fascina en la escena electrónica.
Pero, ¿cuándo empezó todo? Pali, como le dicen, hacía danza y creció alrededor de shows, maquillajes y pruebas de vestuario. En tercer año de la facultad entendió que quería ocupar un lugar detrás de esas imágenes. Estudió Diseño de Moda, continuó con una licenciatura en Diseño General y se formó en producción y asesoramiento de imagen, aunque se considera profundamente autodidacta: dice que aprende observando un museo, un show o incluso una juntada con amigos.
En su universo hay mucho de rock, show y performance —Madonna, ABBA, Red Hot Chili Peppers— y una fascinación por estudiar épocas pasadas para comprender cómo el arte dialogaba con la vida cotidiana. Pero lo suyo también pasa por la hoja, lo analógico, lo casero y la posibilidad de transformar vivencias en una identidad gráfica.
Cuando trabaja con alguien, además de conocer su historia investiga el cuerpo: qué le gusta mostrar, cómo se mueve, si baila y con qué se siente cómodo. Después busca textiles, marcas, ferias, diseñadores y aliados capaces de materializar ese universo. Nunca decide sola: entiende el proceso como un vaivén constante de comunicación y confianza.
Para Pali, ahí aparece una de las claves del oficio: ser un puente. Detectar algo que ya existe en el artista, darle una forma visible y permitir que después otro pueda potenciarlo.
Hacer tangible todo ese universo que muchas veces el propio músico todavía no consigue dimensionar y permitirle reconocer, frente a sí mismo, el valor de lo que está creando”
El estilismo, además, terminó modificando su propia mirada: trabajar sobre cuerpos ajenos, inseguridades y sensibilidades le enseñó a ponerse en el lugar del otro y también a conocerse mejor a sí misma.
Y cuando piensa en Mendoza, piensa en su casa, “su nido”, y percibe una escena en pleno crecimiento. Viajar sirve para traer información y nuevas referencias, pero no considera necesario abandonar la provincia para construir una carrera: “No hay que dejar de hacer, porque así se abren puertas”.























