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Entre Milán y Mendoza: una conversación con Luisa Yanzón sobre el diseño que se viene

La arquitecta mendocina vivió de primera mano la Milan Design Week y nos muestra nuevas posibilidades de reinterpretar el diseño en Mendoza.

Cada abril, Milán se convierte en el epicentro mundial del diseño. La Milan Design Week —que reúne al histórico Salone del Mobile y al Fuorisalone— convoca a arquitectos, interioristas, diseñadores y marcas de todo el mundo para exhibir ideas, tendencias y nuevas formas de pensar cómo habitamos los espacios. Pero más allá de los objetos y las novedades, el evento funciona como una especie de mapa cultural: una oportunidad para detectar hacia dónde se mueve el diseño contemporáneo y qué sensibilidades empiezan a ganar terreno.

Para entender qué dejó esta edición y, sobre todo, qué de todo ello puede dialogar con nuestra forma de vivir y diseñar en Mendoza, conversamos con la arquitecta Luisa Yanzón, referente indiscutida del diseño local, quien recorrió de primera mano la semana más influyente del calendario internacional.

Luisa es Responsable del Área de Interiorismo del Estudio Bormida & Yanzón. En los últimos años, importantes premios han reconocido su trabajo en el rubro. Su palabra y su experiencia en el evento de diseño más importante del año capturaron nuestra atención y tuvimos una cálida charla con ella.

La importancia de la conexión emocional con los espacios

Si durante años el diseño pareció centrarse en generar impacto visual, rincones fotogénicos y espacios pensados para atraer y circular en las redes sociales, hoy algo parece estar cambiando, y esta actitud transformadora se empieza a sentir en diversos ámbitos de la vida en general. Yanzón nos explica que hoy emerge una tendencia que refleja la necesidad actual de crear espacios que habiliten la posibilidad de vincularnos mejor, de habitarlos y disfrutarlos de manera situada y consciente.

Creo que estamos dejando atrás la era del diseño instagrameable, o al menos empieza a perder fuerza. Las propuestas más interesantes ya no son necesariamente las más fotogénicas, sino las que logran generar atmósferas reales y memorables cuando uno las vive.

La sensación que dominó Milán este año, según cuenta, fue la de una búsqueda más emocional. Espacios que transmiten calma, intimidad y bienestar, pensados menos como vidriera y más como refugio.

Después de años de hiperestimulación visual y digital, aparece una necesidad muy fuerte de conexión emocional con los espacios. Hoy el diseño está mucho más enfocado en cómo un lugar nos hace sentir que en cómo se ve solamente.

En ese sentido, también la paleta acompaña esta búsqueda de contención. Según Yanzón, predominaron los tonos arena, marrones, tabacos, ocres suaves, verdes apagados y colores minerales. Una gama cálida, serena y profundamente conectada con la naturaleza, alejada de los contrastes fríos o artificiales. La iluminación, asimismo, deja de entenderse como un efecto visual y pasa a convertirse en parte constituyente de la atmósfera.

Las propuestas más interesantes no usan la luz como espectáculo, sino como herramienta para generar profundidad, intimidad y emoción.

La revancha de lo imperfecto

En esa nueva sensibilidad también se observa un cambio rotundo en los materiales. En lugar de superficies impecables o terminaciones excesivamente industriales, Milán mostró una clara fascinación por lo táctil, lo rugoso, lo imperfecto y lo que deja ver el paso del tiempo. Una puesta en escena que refleja cómo lo virtuoso del error, la huella del oficio y el desgaste natural dejaron de ser defectos para formar parte del valor de los objetos y de los espacios.

Estucos, terminaciones minerales, piedras texturadas, maderas naturales, metales patinados y textiles de trama visible –como linos, lanas y bouclés– dominaron muchas de las propuestas. Más que espacios concebidos solo para ser observados, la tendencia parece orientarse hacia interiores que invitan a ser experimentados sensorialmente.

Hay cierto cansancio frente a lo excesivamente perfecto o digitalizado. La imperfección vuelve a valorarse porque transmite autenticidad, tiempo y humanidad.

¿Y qué de todo esto podemos traer a Mendoza? Más que imitar tendencias, reinterpretarlas

La buena noticia es que muchas de estas tendencias no exigen presupuestos imposibles ni invitan a replicar fórmulas europeas. A diferencia de lo que suele creerse –como pensar que las ideas que llegan de otros países son difíciles de implementar en el nuestro, ya sea por razones económicas, sociales o culturales– Luisa nos propone algo mucho más interesante que una mera imitación: una reinterpretación de todo lo nuevo adaptándolo a la propia identidad. Y allí aparece una ventaja inesperada: Latinoamérica todavía conserva oficios y técnicas que en otras partes del mundo empiezan a desaparecer. En otras palabras, lo enriquecedor es lograr identificar lo virtuoso de lo propio (que es un montón) y sacarle jugo.

Según Luisa, lo más apasionante no radica en traer de lejos elementos exóticos, sino en adoptar una manera distinta de concebir los espacios: más conectada con lo sensorial, con la autenticidad y con el bienestar cotidiano. Muros con terminaciones más artesanales, materiales y textiles nobles, iluminación cálida o muebles con mayor presencia táctil son algunos recursos perfectamente posibles de trabajar a nivel local.

En Mendoza tenemos una relación muy fuerte con la montaña, la piedra, la tierra, la luz y el paisaje. Hay una sensibilidad que conecta muchísimo con eso.

Para concluir, podemos decir que lo recopilado, visto, sentido por Luisa Yanzón dialoga con muchos de los temas que abordamos en esta magazine y que, de algún modo, también nos interpelan. ¿Es momento de dejar atrás la obsesión por lo perfecto, lo instagrameable y lo meramente tendencioso? Todo parece indicar que sí: la búsqueda de equilibrio, la necesidad de reconectar con la naturaleza y con lo propio, y el deseo de crear espacios donde realmente podamos sentirnos bien ya no aparecen solo como una tendencia, sino como una demanda cada vez más urgente.

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