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Registro #012 – Mariano Ruffo: Plasticidad

Entramos al taller donde la carpintería tradicional muta hacia el arte funcional. Tras 25 años de oficio, el creador le quita la piel a la madera para transformarla en dioses terrenales y criaturas de otros mundos.

Nuestro ciclo Registro nació como excusa para adentrarnos en ese universo que acompaña cada proceso de la obra: el taller. Buscamos ir más allá de la superficie para conocer al artista en profundidad, tanto en su dimensión creativa como en aquellas particularidades personales que moldean su manera de crear.

Para nuestra edición número 12, ingresamos a Estudio Ruffo & Giampor, un espacio donde conviven el trabajo manual propio del taller con la exhibición artística. Allí nos recibe Mariano “Chino” Ruffo, un hombre que lleva veinticinco años respirando el aroma de la madera cortada. Hoy comparte el lugar con Emilia Pereyra Giamportones, y juntos han construido un ecosistema donde las obras del carpintero se integran en un entorno curado que dialoga con piezas de otros creadores. 

Con los pies en el aserrín

Lo primero que llama la atención al pisar el sector de trabajo de Ruffo es el suelo, donde reposa un colchón denso y orgánico. El aserrín, residuo de su oficio, en lugar de ser desechado es parte constitutiva del entorno. Acá, la jornada no arranca con el encendido de las grandes máquinas para cortar o pulir madera, sino con un ritual que prepara tanto al cuerpo como a la mente para el trabajo físico que está por venir.

Mi rutina empieza corriendo un poco y haciendo ejercicio. Todas las mañanas hago algo de boxeo. Después, fueguito, mate y hablar de lo que va a suceder durante el día.

En su taller, Mariano trabaja con un equipo de cuatro o cinco personas en un ambiente que él mismo describe como «más tirando al arte que a la carpintería rigurosa». Bajo una carpa que lo protege de la lluvia y le garantiza la ventilación necesaria para no respirar polvo todo el día, las mañanas transcurren entre charlas e ideas. 

Cada vez que empiezo un proyecto con los chicos, trato de enseñar los procesos. Hacemos cosas diferentes todo el tiempo, entonces explicar qué es lo que se busca es parte de nuestra rutina.

El camino del Carpintero

Mariano lleva un cuarto de siglo ejerciendo su oficio. Al observar su entorno, queda claro por qué «plasticidad» es la palabra que define su Registro: sus obras demuestran que, en sus manos, un material tan rígido como la madera se vuelve maleable, casi como si fuera plastilina. Ante esta capacidad, surge inevitablemente la pregunta: ¿se siente más cómodo con la etiqueta de carpintero o de artista?

Todavía porto la etiqueta de carpintero porque es un orgullo para mí. Me identifico más con eso todavía. ‘Artista’ es algo que está en proceso.

Hace aproximadamente una década, Ruffo comenzó a sentir la necesidad de darle «una vuelta de rosca» a su trabajo tradicional, de buscar algo que lo enriqueciera y le permitiera seguir aprendiendo. Así nació su inmersión en el arte funcional. Sin embargo, reconoce que las piezas a medida y los encargos son el motor económico que sostiene su laboratorio creativo. «Los encargos son una forma de sustentarme, dependo de esto para vivir. Esto no es –ni nunca fue– un pasatiempo, sino un oficio con proyección, con ganas de crecer y evolucionar». 

Seguir las reglas que dicta el material

En el mundo de Chino, el proceso creativo rara vez comienza frente a una hoja en blanco. 

Todo empieza en la búsqueda de los materiales. Todo lo que ves acá afuera es lo que voy trayendo, árboles que encuentro. Ahí empieza el proceso creativo. Busco formas con potencial.

Históricamente, la forma de abordar estos hallazgos ha sido mediante la intuición. Al interactuar con un tronco, Mariano iba descubriendo lo que la madera quería ser, un proceso que requería un conocimiento íntimo del material. Sin embargo, hoy, gracias a la comodidad que le brinda el estudio cerrado que comparte con Emilia, está incorporando el lápiz y el papel a su rutina. «Siempre ha sido más intuitivo. Pero ahora estoy entrando en una etapa donde estoy registrando más, empezando a bocetar y planificar», cuenta. «Siempre fui de tenerlo todo en la cabeza, de no bajar nada al papel… Pero no registrar provoca sin querer una pérdida, por eso ahora le estoy dedicando tiempo».

Esculpir la provocación

Caminar entre las obras terminadas y en proceso de Ruffo es una experiencia táctil. Es aquí donde la plasticidad de su trabajo cobra sentido, ya que la dureza del tronco parece desaparecer para dar lugar a un material que parece haber sido amasado a mano. Esa ilusión da como resultado vetas pulidas que invitan a pasar la mano por las curvas orgánicas y suaves. 

Hay una búsqueda de la parte sensual de la madera. Vas a ver mucha redondez, formas voluptuosas. Cosas que te dan ganas de acariciar.

Al observar algunas de sus esculturas, las formas parecen evocar un pulpo o una criatura de otro planeta. Sin embargo, cuando le pregunto si busca replicar formas específicas del espacio o del mar, su respuesta lleva hacia otro terreno: no trata de copiar la realidad, sino de darle forma a lo desconocido.

Trato de hacer cosas que no sean precisamente un espejo de algo real… En realidad también hay una interpretación de lo extraterrestre. Cada uno se figura al extraterrestre de acuerdo con lo que le gustaría encontrarse de frente. A mí me gustaría cruzarme con una especie de árboles extraños.

Esa misma libertad para interpretar lo enigmático se aplica a lo sagrado. Otras piezas se erigen como titanes con un aura mitológica. «A este le puse “Prometeo”», explica mientras señala una de sus obras. «Mi idea era darle una forma a un dios de la tierra. Y para mí, los dioses de la tierra son los árboles. Estos son árboles dados vuelta y, de alguna manera, endiosados».

Toda esta exageración de la naturaleza nace de una búsqueda activa por capturar aquello que despertó en él una reacción. En sus palabras:

Me la paso observando y buscando cosas que me provoquen incomodidad o algún sentimiento, y lo anoto. Me inspiro mucho en eso que me provoca, entender qué genera en mí.

La inspiración en lo cotidiano

Para sostener este nivel de observación, provocación y trabajo físico, Mariano necesita contrastes. La inspiración no solo la encuentra en el arte, la filosofía o la madera misma, sino en la desconexión total.

Hago que lo simple sea también parte de mi vida y las rutinas: hacer de comer, cuidar la casa, pasear al perro, cuidar a mis hijos y enseñarles. Es como una especie de esponja para absorber sensaciones.

Con esta última idea en mente, nuestro tiempo en el Estudio Ruffo & Giampor llega a su fin. Salimos del espacio impoluto de la galería, volvemos a pisar el suelo acolchonado de aserrín y nos despedimos de Mariano. Nos llevamos el Registro de un creador que ha sabido encontrar en las entrañas de los árboles caídos, además de piezas funcionales, dioses terrenales y criaturas de otros mundos. Un carpintero que, mediante la intuición ganada a lo largo de más de dos décadas de oficio, nos demuestra que, en las manos correctas, la dureza de la madera puede moldearse como la plastilina.

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