La coctelería, durante mucho tiempo, fue territorio masculino. Pero hoy, como en tantas otras escenas, la historia empieza a cambiar. La revolución se cuece a fuego lento, sí, pero con convicción, creatividad y profesionalismo. Las mujeres no solo están detrás de las barras: están al mando.
Mendoza no es la excepción. Las barras locales ya no son una barrera para ellas. Al contrario: se están convirtiendo en plataformas para experimentar, proponer y hacer historia en la coctelería. Lo vemos en los concursos, en los eventos, en los bares más reconocidos. Y sobre todo, lo vemos en la constancia, la pasión y el talento de quienes no solo mezclan espirituosas, sino que abren camino.
En esta nota, reunimos a cinco referentes que están marcando el pulso de la coctelería mendocina. Cada una con su estilo, su historia y su modo de habitar la barra. Mujeres que no solo agitan la coctelera: agitan estructuras.
Joe Polenta: la alquimista que transformó la barra en un laboratorio de emociones
Hubo un tiempo en Mendoza en que el Fernet era rey y el Aperol apenas una leyenda. En ese entonces, Joe Polenta comenzó a moverse entre las barras de boliches donde los cócteles se contaban con los dedos de una mano. Pero todo cambió cuando descubrió el bar Cachitas. Allí, frente a una barra real y cócteles de autor, entendió que la coctelería no era solo servir bebidas: era crear experiencias. Y su corazón le marcó el camino.
Desde entonces, no paró de estudiar, de preguntar, de probar. Su motor es la creatividad, pero también el amor por los detalles: espumas, gelificaciones, fuegos. “Me gusta la coctelería elegante, con gestos minimalistas, pero sin olvidar jamás a los clásicos”, dice.
En su recorrido, enfrentó desafíos personales y estructurales. “Lo más difícil fue creer en mí. Las mujeres seguimos estando poco representadas en casi todos los roles, y muchas veces se minimizan nuestros logros”, reconoce. Aun así, elige mirar hacia adelante: “Hoy en Mendoza hay grandes mujeres al mando de las barras. Es emocionante ver cómo crecemos”.
A Joe se la puede encontrar en Soberana, la que considera “la barra más linda de Mendoza”. Pero su huella va mucho más allá: creó una carta para Azafrán (con estrella Michelin) y tiene en mente un bar propio, íntimo, de quince personas, donde además pueda servir su vermut tropical de autor.
Tiene cócteles insignia —como un sour de lavanda y pomelo rosado que sabe a sandía—, pero también una filosofía clara: “Para el cliente trabajamos. Vemos amores, tristezas, festejos. Somos un poco psicólogas, un poco chefs, un poco alquimistas. Y si un Blody Mary no te sale bien… mejor dedicate a otra cosa”.
Estefanía Arévalo Rodríguez: precisión, color y carácter desde ambos lados de la cordillera
Hay trayectorias que se gestan en el vértigo y se asientan en la constancia. La de Estefanía Arévalo Rodríguez empezó en 2017 en el bar Beirut, donde era todo: administradora, cajera, barista y bartender. “Arranqué en todos los frentes, pero fue la barra la que me atrapó para siempre”, dice.
Lo suyo es el detalle: los garnish, los colores, la estética en cada cóctel. Pero también es orden, resistencia y velocidad. “La barra te exige todo: ser rápida, aguantar rachas sin descanso, estar siempre fuerte. Y más cuando sos mujer: hay que demostrar el doble”, asegura.
Estefi, mendocina y actualmente radicada en Chile, habla sin rodeos de las diferencias de género en el rubro: “Hoy es más fácil entrar a una barra siendo mujer que cuando empecé, pero sigue habiendo una diferencia marcada. Y ser migrante también suma un nuevo desafío”.
Su estilo es clásico, sin estridencias, pero con mucha técnica. Disfruta del equilibrio exacto de un buen Gimlet, del sabor limpio y directo de un Moscow Mule bien hecho. Aunque también se anima a la innovación: en Viña del Mar, dejó como huella un cóctel con manzana verde y palta cocidos al vacío, vodka y un toque de whisky. Sutileza con carácter.
Tiene referentes claros: Mona Gallossi, Pipi Yalour, y una barra que la marcó para siempre, la de Pardo en Chacras de Coria, diseñada por Juan Pablo Simic para los chicos de Shellby. Y si de tendencias se trata, hoy vibra con técnicas como el fat washing, la fermentación y la coctelería vegana.
Mientras mezcla sabores, sueña también con confeccionar prendas. “Vine a Chile a poner mi propia marca de ropa”, cuenta. Su creatividad no tiene una sola forma de expresarse.
Cuando vuelve a Mendoza, no duda: su lugar para tomar algo es Centauro, la barra del Tinky. Ahí donde las bebidas cuentan historias y los sabores, como ella, cruzan fronteras.
Julia Chechi: entre historias, frutas y cocteles que cuentan
Julia Chechi comenzó sirviendo mesas. Era 2016 y la barra era todavía un mundo ajeno. Pero al año siguiente, tomó el curso de bartender y cruzó al otro lado del mostrador para no volver. Porque en esa combinación de sabores, texturas y relatos, encontró su lugar.
La coctelería, para ella, es más que técnica. Es diálogo. “Me gusta charlar con quienes tengo del otro lado de la barra, compartir historias. Eso me representa”, dice. Y esa búsqueda narrativa también la traslada al momento de crear: cada cóctel es una pequeña historia construida a partir del origen de las frutas, las bebidas y los procesos que confluyen en el vaso. Un viaje sensorial y emocional.
No cree que ser mujer le haya significado una barrera. Lo suyo siempre fue trabajar al 100%, con el compromiso como bandera. Y eso —dice— termina siendo reconocido. “En Mendoza hay muchas mujeres con roles destacados en coctelería. Representan marcas, crean, lideran. Y lo hacen con una profesionalidad admirable”.
Su estilo es versátil: ama los clásicos como el Negroni o el Martini, por su capacidad de adaptarse a quien lo bebe. Pero también tiene sus creaciones propias. En un bar de la Arístides dejó su huella con “Amor y Lima”, un cóctel fresco con lima, cardamomo y tónica, que conquistó a más de un paladar.
Formada por referentes como Facu Macías, Juampi Simic y Daniela Sosa —a quienes hoy considera parte de su familia—, Julia combina formación, sensibilidad y ganas de ir siempre un paso más allá. Disfruta de explorar nuevas técnicas: tinturas, perfumes, tecnología aplicada a ingredientes. Y lo hace con estilo: “Somos artistas, la imagen también comunica”.
Hoy trabaja en The Garnish, pero cuando no está detrás de la barra, elige lugares como Jacarandá, La Feliz o Charco. Sueña con conocer el mundo a través de la gastronomía. Porque si algo aprendió de la barra es que ser auténtica y mostrarse tal cual es, abre muchas puertas. Y algunas de ellas, llevan directo a experiencias memorables.
Sabrina Rodríguez Cuack: pionera, intensa y con el #cuackstyle como bandera
Cuando en 2013 le propusieron estudiar coctelería en Buenos Aires, Sabrina tenía 23 años, una base sólida en gastronomía y una energía desbordante. Zitto —la cadena donde trabajaba desde hacía cinco años— abría su primer bar con coctelería en plena Arístides, y ella fue la elegida para tomar las riendas líquidas del proyecto. Así empezó todo.
Fue, ni más ni menos, la primera bartender mujer de Mendoza. En un entorno donde el machismo no era la excepción sino la norma, Sabri entendió rápido que tenía que demostrar más. “Me decían que me elegían por ser linda. Eso me hizo estudiar como loca, enfocarme, hacerme fuerte. No me iban a encasillar”, recuerda. Y lo logró. Se convirtió en referente, abrió camino y se ganó el respeto de toda una industria.
Pero lo suyo no es solo lucha. Es pasión, estudio y un amor genuino por lo que hace. “Amo todo del mundo líquido en el que vivo. Desde armar proyectos, mezclar bebidas, atender clientes… es un todo”. Su estilo tiene nombre propio: #cuackstyle, una fusión de técnica, actitud, orden extremo, estética cuidada y una sonrisa como carta de presentación.
Sabri es fan de los cocteles con identidad: el Penicillin es su infaltable —“simple, pero complejo, ácido y dulce, picoso y suave, lo tiene todo”— y su versión del Negroni Andino, que la llevó a representar a Mendoza en una campaña nacional del Grupo Campari con dirección de Juan José Campanella, fue un antes y un después en su carrera. Campari, gin mendocino, vermut bianco y Chardonnay, servido en copa de vino. Un cóctel con sello propio.
Hoy, con 35 años, trabaja día y noche entre barras y proyectos del Gómez Rooftop. Se entusiasma con los low alcohol, la coctelería con vino, el auge del café en tragos y los mocktails que sorprenden. “Me encanta volarles la cabeza a quienes no toman alcohol. Hay todo un mundo por explorar”.
Formada por referentes como Inés de los Santos, Javier Sosa y Seba García, hoy forma a nuevas generaciones con un mensaje claro: “Que nadie te diga hasta dónde podés llegar. El cielo es el límite”.
Cuando no está trabajando, disfruta de Brader Hops, con cerveza, rock y buena coctelería, o de Charco Andino, con su estética cuidada y barras de alto vuelo. Entre sus sueños, hay viajes, un libro, su casa propia y muchas recetas por crear.
Porque si algo dejó claro Sabri desde el principio, es que la barra no es solo un lugar para servir. Es un lugar para marcar historia. Y ella lo hizo con estilo propio.
Selene Torres: la sensibilidad como motor y el cóctel como forma de expresión
Hay pasiones que se despiertan por curiosidad. En 2020, Selene Torres trabajaba como runner en eventos, corriendo de un lado a otro en un restaurante, hasta que un día decidió meterse a la barra. Empezó sacando combos, pero lo que vio del otro lado la cautivó: la sinergia, la atención, el ritmo. “Me gustó el detrás de la barra. Quería conocer más de ese mundo”, recuerda.
Entró como moza a The Garnish y, entre bandejas y preguntas, se fue metiendo. Preguntaba por cada cóctel, se interesaba por las recetas y empezó a estudiar. “La coctelería no es solo mezclar bebidas. Es transmitir algo con amor, con conocimiento, con técnica… para mí, es arte”, dice con los ojos brillando.
El camino no fue fácil. “Cuando arranqué, me sentía muy pequeña. Me costó mucho ser el rostro de una barra”, confiesa. Ser mujer detrás del mostrador implicaba hacerse lugar en un entorno que muchas veces cuestionaba su presencia. “¿Por qué no puedo estar acá?”, se preguntaba entonces. Hoy, reconoce que el panorama cambió, pero que aún hay desafíos, faltas de respeto, piropos que cansan. “Muchas veces había que decirle a un varón que te defendiera”, dice con sinceridad.
Lo bueno es que cada vez se ven más mujeres detrás de las barras mendocinas. Y cuando se cruza con alguna, se le activa un impulso: el de acercarse y charlar, como quien reconoce la fuerza compartida de haber llegado hasta ahí.
Su estilo es descontracturado, adaptable. Le gusta fluir con la energía de quien tiene en frente. “Me inspiro en la persona que se sienta. A veces, con solo observar, sabés qué tipo de cóctel puede gustarle”, explica. Escucha, pregunta, siente. Después mezcla.
Su cóctel preferido para preparar es el Penicillin. Ama el mundo del whisky y, sobre todo, ama la cara de quien lo prueba por primera vez. También tiene su propia creación: un falso vinardo sin nombre, con gin, vermouth, limón, pepino, sidra de manzana y un deshidratado de pera como decoración. Poesía líquida.
Hoy trabaja en Gardenia, pero no olvida sus otras casas: The Garnish, La Feliz, Charco Andino. Tiene referentes como Gonza Palacios, Seba Ortega y Agustín Castro, pero sobre todo agradece el sostén de sus familiares y su pareja, a quienes considera claves para haber llegado hasta acá.
La barra, además, le enseñó algo más profundo: el orden. “Antes era muy desorganizada. Pero entendí que para que las cosas funcionen, hay que ordenar. En la barra, en la casa, en la vida”.
Le entusiasma la coctelería con vino y sueña con abrir su propio bar oculto. Mientras tanto, en cada fiesta familiar o encuentro con amigos, su talento se hace presente: shots para brindar, tragos para celebrar.
A modo de reflexión final y para contribuir al gran foco de esta nota, podemos concluir que todavía hay algo que falta: visibilidad. El trabajo de las barmaids, sommelier, baristas y afines sigue siendo menos difundido, menos reconocido y menos valorado. Por eso existen espacios como el Mapa de Barmaids, una plataforma pionera en Argentina (y referente en Latinoamérica) que no solo reúne a mujeres del mundo líquido, sino que las forma, las cuida, las conecta y potencia sus trayectorias con capacitaciones, redes de empleabilidad y eventos pensados para ellas.