Dos estilos en contraposición absoluta que se atraen y se distancian provocando diferentes sensaciones. ¿Menos es más o nunca es demasiado?

Por Laura Lacroix

(especial para INMENDOZA)

El minimalismo, que tiene como lema «menos es más», surge en Nueva York a fines de los años 60 del siglo pasado, pero se comienza a percibir en nuestro país a principio de los ’90. Quizás en sus orígenes viene de la mano del arquitecto Mies Van Der Rohe. Es un estilo que promueve la austeridad y la simplicidad a la hora de expresarse y surgió como una respuesta muy oportuna a la opulencia del pos modernismo y deconstructivismo.

El minimalismo representa la búsqueda de la pureza de las formas. Se perciben líneas simples y se utilizan pocos materiales, que son estratégicamente seleccionados para no interrumpir la calma que sus espacios deben transmitir. En los interiores ambientados en esta línea se observa la ausencia de elementos decorativos y mobiliario escaso para promover un clima  equilibrado y silencioso que permita disfrutar de otro tipo de sensaciones.

El estudio del ingreso de la luz natural  es un recurso fundamental en este lenguaje ya que es utilizado inclusive desde el proyecto de arquitectura.

Se prefiere la utilización de materiales nobles, como los hormigones vistos, piedras, maderas naturales, géneros como los linos, algodones puros, gasas…

El vidrio transparente o translúcido es bienvenido por su carácter etéreo, luminoso y por la amplitud y fluidez que genera dentro de sus espacios.

La paleta de color es más bien monocromática,  predominan los blancos pero también los colores neutros donde aparece la gama de los grises, crudos, arenas. Gracias a su extrema simplicidad y cuidada armonía el minimalismo es sinónimo de despojo y equilibrio.

Contrariamente el maximalismo, que lo podemos apreciar desde el barroco y la época de María Antonieta, es un estilo complejo, ecléctico, yo diría inclusive caprichoso, extremadamente expresivo y fantasioso que sólo algunos logran valorarlo y lograrlo desde el punto de vista profesional.

Sus espacios son recargados en su máxima expresión,  con gran variedad de texturas y colores, los cuales deben ser más bien contrastantes.

Desaparecen los ángulos rectos y predominan las formas onduladas, los ornamentos, los zócalos altos, juegos de molduras, casetones en los cielorrasos, estucados venecianos, empapelados con diversos estampados, muros revestidos en boisserie, los espejados se lucen por doquier.

Las cortinas pueden ser drappeadas, telones en pana, terciopelo, géneros pesados, les chandeliers también son un buen accesorio.

En la paleta de color se lucen los damascos, violetas, verdes limas. Son ambientes inspirados en lo Versallesco (en alusión al célebre Palacio de Versalles en Francia, en el que residieron monarcas como Luis VI) que producen cierto efecto escandaloso.

En la actualidad este estilo es capaz de combinar mobiliario Luis XV con algún sillón futurista, logrando una ambientación que se convierte en un verdadero festival para los sentidos.

Dirigido sólo para pretenciosos, apetentes, desprejuiciados a quienes bien les cabe la frase que lo identifica: «nunca es demasiado».

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  • Laura Lacroix

    gracias VAL por la nota