¿Qué pasa cuando tres enólogos se sientan a pensar el mismo vino? En Michelini i Mufatto, la respuesta podría ser sencilla: definen qué hacer, después catan y, finalmente, afinan cada detalle. Pero detrás de esa dinámica hay algo más profundo ya que son pareja e hijo, con personalidades diferentes pero complementarias cuando se trata de entender un vino.

Gerardo Michelini y Andrea Mufatto construyeron en 2015 un proyecto propio (tanto en Bierzo, España como en Mendoza), después de haber sido parte de algunas de las experiencias que marcaron su recorrido enológico. Luego se sumó Manuel Michelini, su hijo mayor, y hoy trabajan juntos desde La Cautiva, su finca en Gualtallary, donde también viven y donde desarrollaron un universo que se parece a ellos: pequeño, inquieto, sensible y profundamente ligado al lugar.
Si hay algo que atraviesa a Michelini i Mufatto es justamente tres miradas sobre una misma botella. Y quizás la mejor manera de descubrirlas sea preguntarles a los hacedores qué vino representa a los otros.
Una bodega que funciona como tríada
En Michelini i Mufatto no buscan hacer vinos que respondan a una fórmula sino que vinifican de forma respetuosa, para que cada parcela hable con su propia voz. Buscan vinos ricos, puros, elegantes, honestos, capaces de expresar de dónde vienen. «Son vinos para momentos», dice Gerardo y continua: «Pretendemos que sean disparadores de una conversación, que provoquen emociones en quien los tome».
Los reconocidos como Winemakers del año por el crítico Tim Atkin en 2024, coinciden en que llegaron a un momento de madurez en el que sus vinos muestran esa intención con mayor claridad. El haber arribado a La Cautiva tiene mucho que ver con ese camino. La finca está ubicada a 1.600 metros de altura, en una de las zonas más altas de Gualtallary (Valle de Uco), con suelos calcáreos y un clima frío que les permite buscar vinos complejos y frescos al mismo tiempo.
«Una de nuestras premisas es hacer vinos en lugares donde viviríamos», cuenta Andrea y sí que lo cumplen. Ellos efectivamente residen donde crecen sus uvas para entender y sentir de cerca el clima que acompaña el desarrollo de sus viñedos y conocer así los perfiles de vinos que tendrán.
También hay una forma particular de trabajar. Son tres profesionales tomando decisiones enológicas bajo una misma mirada, pero no necesariamente desde el mismo lugar por sus personalidades distintas. «Esa diferencia, lejos de ser un problema, es parte de la riqueza del proyecto; cada uno interpela al otro y ninguna decisión queda librada al azar», comparte Manu.
Hasta tienen un ritual para definir cortes. Para el momento de la cata, preparan las copas y las muestras en la cocina de su casa, ponen música -puede sonar Charly o Cerati- y degustan. Presentan varios cortes, «nunca nos conformamos con lo primero que aparece», confían, y muchas veces terminan regresando al primero o al segundo porque su búsqueda ya está perfilada.
Michelini i Mufatto: tres perfiles, tres maneras de mirar
La dinámica funciona porque cada uno encontró su lugar. Gerardo lleva en la sangre la viticultura, es el soñador, el que propone y pone la vara lejos. Está muy cerca de la finca y de la viña, atento a cada detalle del campo, pero también tiene un rol más conceptual, el de cuidar que el proyecto no se desvíe de la idea original.

Andrea aporta sensibilidad y fineza. Tiene un paladar preciso y una relación especialmente intuitiva con los aromas; ella ordena y da sentido a cada decisión tomada en la bodega. Es, según Manu, «la protectora de la pureza» y según Gerardo, «quien puede bajar a tierra alguna de mis ideas más ambiciosas».
Manuel llegó con una mirada contemporánea e internacional. Viaja, estudia lo que sucede en el mundo del vino, construye vínculos y lleva los vinos de la familia hacia otras mesas. Su rol dentro de la bodega es cuestionarlo todo. Es el curioso, «soy el que pregunta el porqué de cada cosa y busca entender antes de dar algo por sentado», confiesa.
Los tres hacen el vino juntos pero cada uno tiene también sus obsesiones. Y eso quedó reflejado en algunas de sus etiquetas de parcelas blancas: Propósitos (Chenin Blanc de finca Villa Seca, Tunuyán), de Gerardo; Convicciones (Chardonnay de La Cautiva), de Andrea; Certezas (semillón de una viña centenaria, de El Peral, Tupungato), de Manu.
Pero hay otra manera de conocerlos, les preguntamos qué vino elegirían para representar a sus compañeros de tríada.
Para Gerardo, Andrea aparece ligada a los blancos especialmente en las etiqueta de Ma, Doña Blanca o Godello, elaborados en su bodega en Bierzo. Manu, en cambio, la imagina en el Malbec La Cautiva y suelta: «Ella es terriblemente simple: lo que le gusta, le gusta, y lo que no, no».
Para Manu, Gerardo elige el Óleo, un Malbec nacido de una pequeña partida de La Cautiva en 2018. En cambio Andrea, lo asocia con GY, un blend de Gualtallary de Malbec y Cabernet Franc. Dos lecturas distintas para una misma persona.
¿Y Gerardo? Andrea lo asocia al Malbec de La Cautiva, la sensibilidad y la rusticidad juntas en boca. Y para Manuel, es Óleo, un vino complejo, profundamente mendocino y, según él, «el más intelectual» de todos los vinos.
Quizás en esas elecciones esté resumido buena parte del proyecto. No solamente qué vino hacen, sino qué ven cuando miran al otro.
Trinchera: sentarse a la mesa con los hacedores
Si Michelini i Mufatto comienza en la viña y continúa en la botella, Trinchera es el lugar donde la historia termina de encontrarse con las personas que eligen sus vinos. Es su restaurante, donde Andre cocina y Gerardo sirve el portfolio de sus vinos. La propuesta está en su propia casa, abren las puertas para compartir una mesa con quienes llegan a conocer su proyecto. La cocina «es de hogar, para comer con cucharas», afirman. Las sopas, los guisos, las carnes o pastas que elaboran emocionan a los comensales porque despiertan los recuerdos de comidas en familia.
Trinchera es la excusa para que los enólogos compartan una experiencia distinta con los consumidores pero también, su restaurante demuestra que la familia completa está unida en el universo Michelini i Mufatto. Sus hijas menores, Catalina y Clara, están al frente del servicio y de las reservas y comunicación, respectivamente, mientras que Pedro, a la distancia desde España, sigue de cerca lo que sucede allí.
Ahora, en la casa de los Michelini y Mufatto, la palabra «perpetuidad» empieza a aparecer cada vez con más naturalidad. Ya imaginan cómo continuará el proyecto con una segunda generación que se acerca de distintas maneras a la bodega. Quizás la verdadera cosecha de una familia de enólogos no esté solamente en las botellas que logra hacer sino también en lo que transmite: una forma de pensar el vino, de trabajar juntos y de dejar un legado.















