Existen tres adaptaciones de The Executioners, la novela escrita por John D. MacDonald (1957); dos películas icónicas estrenadas en 1962 y 1991 y esta nueva serie de Apple TV. Cada versión es un espejo de su época y la actual es la más inquietante por cómo desmantela nuestra falsa sensación de seguridad moderna.
El villano Max Cady es ahora interpretado por Javier Bardem. Este actor, especialista en personificar villanos memorables, despliega un carisma cargado de sexualidad que convive con una agresividad explosiva.
La serie es, dicho para bien y para mal, un culebrón sofisticado. Es muy loca, sensacionalista, por momentos ridícula, pero tremendamente divertida. Todo está llevado al extremo: sobreactuado, exagerado, estirado hasta el límite. A veces hace explotar la cabeza y otras roza el absurdo, pero es innegablemente entretenimiento pochoclero de lujo.
Tiene giros tan inverosímiles que por momentos parece un poco mala, pero al mismo tiempo es televisión de prestigio, muy bien hecha y cargada de excesos. Esa contradicción termina siendo parte de su encanto y la vuelve absolutamente cautivadora, ideal para devorar un capítulo tras otro.
Cape Fear, la nueva versión de «El cabo del miedo»
La clave de esta reinterpretación estrenada por Apple TV –y lo que justifica su existencia– está en la reestructuración de la familia Bowden. En lugar de presentar a Sam Bowden como único eje moral, ese rol se divide entre Anna (Amy Adams) y Tom (Patrick Wilson), ambos abogados y con un pasado que los vincula directamente con Max Cady (Bardem). El cambio altera por completo el juego moral: acá nadie es del todo víctima ni del todo villano.
Los actores Adams y Wilson están bárbaros, con actuaciones sinceras de personajes bastante rotos e incluso un poco corruptos, con los que cuesta empatizar. Bardem construye a un villano que es una bomba de emociones contradictorias: impredecible, carismático, pero también intimidante y, por momentos, casi gracioso. Igual, yo no me reiría en su cara.

Y claro que la serie no está ni cerca de ser perfecta, su principal falla es la extensión. Con 10 episodios, la historia se estira más allá de sus límites naturales, especialmente con flashbacks innecesarios que pesan más de lo que aportan y terminan volviendo la trama repetitiva. Pero lo que le sobra de duración, le sobra también de estilo.
En lo visual y sonoro, la serie está a un nivel altísimo. La atmósfera se vuelve asfixiante gracias a una paleta saturada, dominada por verdes y aguamarinas (teal): tonos que parecen frescos, pero terminan resultando profundamente inquietantes. La presencia constante de tecnología y dispositivos contemporáneos termina de trasladar la historia al presente y demuestra que la adaptación entiende muy bien el tiempo en el que sucede.
En la dirección aparecen guiños bien hitchcockianos todo el tiempo, como encuadres inclinados, zooms repentinos y transiciones a película en negativo que funcionan como ‘homenaje a un homenaje’ del remake previo de Martin Scorsese (1991).

La música de Jeff Russo homenajea de forma brillante el tema icónico de Bernard Herrmann de la película del ‘62, un leitmotiv tan memorable como el de «Tiburón».
Al final, esta nueva versión de Cape Fear nos recuerda que, aunque cierres la puerta con llave y mejores la alarma, tus propios secretos pueden convertirse en tu mayor destrucción y ser usados en tu contra.
Es una serie violenta, desquiciada y por momentos pasada de rosca, pero nunca deja de ser divertida, y al final, para eso le ponemos play. Es una de las miniseries imperdibles de este año.





