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Eternizar lo efímero: miradas desde nuestra provincia

Para celebrar el invento que cambió nuestra manera de ver, reunimos a siete fotógrafos con estéticas y búsquedas distintas, pero con el mismo escenario de creación: Mendoza.

¿Qué relación construimos con el mundo cuando lo fotografiamos? El 19 de agosto, Día de la Fotografía, se conmemora el daguerrotipo, aquel que hace 187 años capturó París sobre plata pulida. Hoy, esta fecha se vuelve la excusa ideal para entender que el acto de tomar una fotografía es una manera de mirar. Frente a una misma escena, las posibilidades se vuelven infinitas: se puede documentar la realidad, rescatar un recuerdo, cuestionar el entorno, intervenir el soporte o incluso construir nuevos símbolos.

En esta nota exploramos la obra de diferentes fotógrafos que, desde Mendoza, nos invitan a descubrir en qué deciden detener su mirada, cómo construyen sus imágenes y por qué. 

  • Arbeloa: el hilo que interviene la imagen

A simple vista resalta lo distintivo en la obra de Marilina Arbeloa: la intervención de sus fotografías con bordado. «Es una manera de volver a entrar en la fotografía», explica. 

También me permite intervenir aquello que veo: ocultar, revelar, señalar, suturar, insistir. Me interesa que una imagen fotográfica, que en principio parece algo inmediato, obligue al espectador a detenerse y acercarse para descubrir qué está pasando»

Su mirada está atravesada por lo íntimo y encuentra en la corporalidad un territorio para capturar aquello que no se muestra del todo. «Fotografío aquello que me afecta, que no puedo dejar de mirar», sostiene. «Y muchas veces esa mirada parte de algo cotidiano, incluso muy personal, que termina abriendo preguntas más amplias sobre el cuerpo, la maternidad, los vínculos, la memoria o la ausencia».  

  • Pezzola: las capas ocultas de lo cotidiano

Para Antonella Pezzola, artista visual e investigadora mendocina, la práctica fotográfica funciona como una manera de estar atenta y presente en el mundo, de conocerlo. Su mirada descarta la planificación para dar paso a la sorpresa. «Mi fotografía tiene mucho que ver con el hallazgo, con lo que encuentro y de alguna manera me sorprende», confiesa. 

 

Al entender sus imágenes como superficies opacas que ocultan miles de capas de sentido, Antonella disfruta de interpelar al espectador por medio del humor y la nostalgia. 

Disfruto mucho trabajar con algunas sutilezas del absurdo, de las contradicciones que provocan las imposiciones estéticas»

Su obra navega por la memoria colectiva y los paisajes habitados para cuestionar permanentemente nuestra percepción de la realidad y «desarmar los relatos impuestos para reinventar la historia contada y la imagen aprendida»

  • Dolengiewich: 35 años de historias que resisten al olvido

Con más de treinta y cinco años de trayectoria, Eduardo Dolengiewich asume su práctica como un testimonio frente al paso de los años. Para este fotógrafo mendocino, la cámara representa una extensión vital: «Para mí la fotografía es vida. No concibo la vida sin ella. Es imprescindible», asegura. Bajo su visión, este arte logra desafiar el olvido: «Implica congelar el tiempo, que la humanidad tenga recuerdo de cómo fue algo».

Su mirada fluctúa entre la inmensidad de los paisajes o lo micro de un detalle mínimo. Pero, ya sea que fotografíe un cauce de agua, hojas en una rama, la montaña o una figura desnuda mimetizada con la naturaleza, el principio que sostiene su práctica es el de la narración:

Contar historias propias o ajenas, con una mirada local pero también universal, que tengan que ver con la humanidad y con la parte que nos toca bien adentro, que es el alma»

  • Blanco: la fotografía como testigo

«Lo que me gusta hacer personalmente y disfruto más que otro tipo de fotografía es la documental. Contar historias con imágenes», explica el fotoperiodista Ignacio Blanco.

Con más de veinte años de trayectoria, su lente prioriza a las personas, capturar su vitalidad. 

Me gusta mostrar al ser humano, cómo vive, lo que hace. Adentrarme en sus entornos, a los que no todo el mundo tiene acceso»

Aunque muchas veces el oficio mismo exige establecer una distancia objetiva ante los hechos, Ignacio sucumbe ante la empatía. «Generalmente soy parte de la situación, me cuesta mantenerme alejado o abstraído de lo que pasa», confiesa. Y puede que por eso, por involucrarse y experimentar cada situación en primera persona, sus fotografías logran un impacto visual en los espectadores.

Púrpura: componer en blanco y negro

Carlos «Cachilo» Púrpura, pertenece a la tercera generación de fotógrafos mendocinos y lleva la cámara en la sangre. Desde fines de los años ochenta, su lente recorre Luján de Cuyo y sus alrededores para documentar la cotidianeidad de su entorno. Para él, el arte de obturar nace del encuentro humano. «Me apasiona tener contacto con las personas, hablar, aprender de ellas. Y la fotografía viene a ser una especie de frutillita de la torta», explica.

A la hora de capturar un instante, su manera de mirar está marcada por su daltonismo. Cachilo aprendió a guiarse más por los contrastes, las luces, las formas y la composición de los elementos que por los colores. «Eso me llevó a buscar un concepto más que una estridencia», explica para justificar su predilección por el blanco y negro en la gran mayoría de sus imágenes.

Negroni: desnudar el alma a través del lente

La obra de Bárbara Negroni nace de la introspección. «Toda mi obra se basa en algo muy esencial, que también es un poco como desnudar mi alma», confiesa. Para ella, fotografiar es «una búsqueda que tiene que ver con algo que es de la esencia, de lo invisible, de esas pequeñas cosas que no se pueden ver ni tocar». Mediante largas y múltiples exposiciones, logra imágenes de una estética tan particular que muchas veces llega a confundirse con la pintura.

Nacida en Rosario, sus inicios exploraron el autorretrato literal, aunque su vida en Mendoza transformó su presencia en la obra. Hoy, además de utilizar su propia imagen, recurre a la flora local para seguir contando su existencia: 

El cuerpo parece mucho más metafórico, empieza a estar representado en flores, en otros elementos que quizás también son un cuerpo de alguna manera y que, para mí, siguen representando mi búsqueda»

Welsh: reescribir la imagen desde la edición

«Más que una manera de mirar, para mí la fotografía es una manera de formular preguntas que quizás no encuentren respuestas», advierte desde un primer momento Migo Welsh. Radicado en Mendoza desde 2016, este artista visual define su obra dentro de la postfotografía y la fotografía expandida. En su práctica, la imagen se reconstruye en la edición, dialogando con otras artes visuales y sumando nuevos elementos para trascender la simple captura. 

Por medio de la intervención de archivos propios y ajenos, Welsh busca crear narraciones que apelen al humor pero también a la confusión y la incomodidad. 

Me gusta estar en ese espacio donde realidad y ficción se tocan, donde la primera se distorsiona y la ficción irrumpe para generar cierta confusión»

Además, le interesa explorar la memoria, pero no como recuerdo sino como «las ruinas, los restos, lo que queda en el medio, tratando de resistir el olvido. Y desarrollar ficciones a partir de eso».

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