¿Alguna vez elegiste un lugar porque su diseño te cautivó antes que cualquier otra cosa? A mí me pasa seguido, sobre todo en espacios gastronómicos. Claro que vamos a comer y, si la comida no está bien, difícilmente haya una estética capaz de salvar la experiencia. Pero entre que entramos y nos vamos suceden muchas otras cosas: miramos alrededor, elegimos dónde sentarnos, escuchamos la música, percibimos la luz, descubrimos detalles. Todo eso también construye la experiencia y determina cómo recordamos un lugar (y las ganas de volver).
En una época atravesada por la imagen instagrameable, sería ingenuo negar que lo que entra por los ojos tiene cada vez más peso, incluso cuando hablamos de gastronomía. Pero detrás de un espacio atractivo hay mucho más que una buena foto.

Hoy un restaurante se piensa desde lo que vemos, escuchamos y tocamos, pero también desde cómo circulamos, dónde nos sentamos y de qué manera habitamos el espacio. Y contempla, además, todo aquello que como clientes nunca vemos: por dónde entra la mercadería, cómo se mueve el personal o qué recorrido hace un plato antes de llegar a nuestra mesa.
La arquitectura y el diseño de interiores se convierten así en una especie de ingrediente invisible de la experiencia gastronómica. Y detrás de muchos de los espacios que conocemos en Mendoza hay nombres que quizás no nos resulten tan familiares. Flores en Fuego, Casa Vigil, Cariñito, Club de Café, Bröd, Guchini o Murita Market son solo algunos de los lugares atravesados por el trabajo de arquitectos y diseñadores locales.
Entonces, ¿quiénes están detrás de los lugares donde comemos? Hablamos con seis estudios mendocinos para conocer cómo piensan esos espacios que, muchas veces sin que nos demos cuenta, también terminan sentándose a la mesa.
Manino Alemany: la arquitectura como extensión de una marca

Para Manino Alemany Arquitectura no existe una fórmula estética que deba repetirse de un proyecto a otro. Más bien, todo lo contrario. Cada espacio comienza con una pregunta: ¿qué historia queremos contar? A partir de ahí, materiales, mobiliario, iluminación, colores y recorridos se convierten en herramientas para que Macarena Manino Alemany, quien está detrás de la marca, haga de la arquitectura una extensión de la marca.
El buen diseño aparece cuando la estética y la funcionalidad dejan de competir entre sí»
La luz es otro de los grandes recursos con los que trabaja el estudio. En lugar de iluminar de manera uniforme, buscan crear contrastes, sombras y distintas intensidades. En Flores en Fuego llevaron esta exploración aún más lejos: los puntos de luz y oscuridad construyen diferentes escenas y hacen que el espacio se revele a medida que se recorre.
Otros lugares donde podés encontrar los resultados de los procesos creativos de Macarena son: Don Aldo, Ai Sushi, Michela, La Cantina Lomos y Biritos Coffee, y muchos más.
Michino Studio: diseñar también lo que no vemos

Con más de 33 cocinas profesionales desarrolladas –algunas vinculadas a restaurantes distinguidos con Estrellas MICHELIN–, Michino Studio, dirigido por Nacho Márquez, Gastón y Flor Gómez Elias, entiende la gastronomía desde su complejidad operativa. Cada proyecto contempla los circuitos del personal, sus dinámicas de trabajo y los movimientos logísticos diarios.
Esa precisión técnica convive con la búsqueda de una identidad propia para cada proyecto. La propuesta gastronómica, la marca, el contexto y la manera de habitar el espacio son el punto de partida para construirla. Arquitectura, interiorismo, mobiliario e iluminación se integran así en un mismo lenguaje.
Más que diseñar lugares, diseñamos experiencias.
En Michino sostienen que no todo lo que funciona en una imagen responde igual al uso cotidiano. Allí radica parte del desafío de diseñar espacios gastronómicos: lograr que arquitectura y cocina hablen un mismo lenguaje y construyan, juntas, una experiencia coherente.
Algunos de sus proyectos gastronómicos son: Chipirón, Casa Vigil, Renato Salumería, Jebbs, Chachingo, La Rosada Café y República, entre otros.
Morgan Studio: cuando un espacio tiene personalidad propia

Si una marca fuera una persona, ¿cómo se vestiría?, ¿qué música escucharía?, ¿cómo hablaría?, ¿qué colores elegiría? En Morgan Studio, pensar un espacio gastronómico se parece bastante a construir un personaje: con una personalidad, un lenguaje y una historia que contar.
El estudio está integrado por 6 mujeres que buscan crear espacios icónicos y reconocibles, pero al mismo tiempo sensibles: ellas son María Belén Morgan, Nicole Wiederhold, Guillermina Drago, Milagros Waisman, Camila Fekonja y Mariana Pace.
Aunque existe un sello que atraviesa sus trabajos, la intención no es replicar una fórmula: cada marca construye su propio universo. Así lo podés ver en proyectos como Guchini, Zaga, Club de Café, Chiamo, Bravissimo, Paulette and Plantine y La Vene, entre otros.
Queremos que la persona no solo recuerde el lugar, sino que se lleve una emoción»
Hoy, además, el diseño gastronómico asume otra dimensión: los espacios también comunican. Una fachada puede ser el motivo por el que alguien decide entrar y un rincón puede multiplicarse en cientos de fotografías. La experiencia ya no termina al salir del restaurante: circula por redes sociales y convierte al propio espacio en parte del relato de la marca.
Pero una buena foto no alcanza. “Muchas veces una persona entra porque algo del espacio le llamó la atención, pero vuelve porque la experiencia completa funcionó”, resumen desde Morgan. Quizás por eso, para el estudio, diseñar un espacio gastronómico es también darle una personalidad lo suficientemente fuerte como para que alguien quiera conocerlo, recordarlo y volver a encontrarse con él.
Ailoviu: una historia que se cuenta hasta en la vajilla

¿Has comido en el Burry, Bröd, Camote Buffet, Cariñito, Napo, Brutal, Charco, La Social, Paloma o Burgerhood? Todos estos lugares pasaron por las mentes creativas de Vero Ridi y Marcos Zerene, creadores de Ailoviu.
Este estudio trabaja desde una mirada integral. Cada encargo es la posibilidad de construir un universo nuevo y, muchas veces, hacerlo desde cero: pueden involucrarse desde la creación del concepto y el nombre hasta la arquitectura, la identidad visual y cada uno de los objetos que terminan dando vida al lugar.
Y cuando hablan de cada detalle, es realmente cada detalle. Uniformes, vajilla, lámparas, azulejos, mobiliario, cortinas, murales, tapices o gráficas ambientales pueden nacer de un mismo concepto. La intención es que nada quede librado al azar y que, al convivir, todos esos elementos construyan una identidad estética reconocible.
Para Ailoviu, la funcionalidad es el punto de partida y no existe una disputa entre forma y función: ambas deben potenciarse entre sí. El espacio tiene que facilitar el trabajo cotidiano del personal y, al mismo tiempo, resultar cómodo y coherente para los comensales.
El diseño es la primera forma de comunicación de un proyecto»
Esto cobra todavía más sentido en la gastronomía: “Un espacio transmite una promesa antes de que llegue la comida”. Puede anticiparnos qué clase de experiencia estamos por vivir, despertar curiosidad, hacernos sentir cómodos y empezar a construir un recuerdo incluso antes de probar algo.
Estudio Perica: antes de diseñar, entender

Tres cafeterías podrían compartir una misma cuadra, vender productos similares y, sin embargo, hacernos vivir tres experiencias completamente diferentes. Para Estudio Perica, el gigante creativo de María López Plantey, esa posibilidad es justamente una de las cosas más interesantes de diseñar para la gastronomía.
Antes de pensar en la estética, investigan: quién está detrás de la marca, qué vende, quién consume sus productos y qué experiencia espera encontrar. A partir de ese mapa comienzan a unir puntos hasta llegar a un concepto capaz de ordenar las decisiones que vendrán después. Recién entonces esa identidad visual se traduce en materiales, colores, iluminación y otros elementos que, en conjunto, construyen un universo propio.
Cada decisión tiene un sentido. La luz modifica cómo vemos un plato, pero también cómo nos sentimos al compartir la mesa; la acústica puede determinar si conversamos o terminamos levantando la voz; la circulación define cómo nos movemos y habitamos el espacio. Para Perica, todo comunica y forma parte de una experiencia sensorial que busca algo sencillo de decir, aunque no tanto de lograr: que entrar no nos dé lo mismo y que, al salir, tengamos ganas de volver.
La misma atención está puesta puertas adentro. Quienes trabajan en un restaurante pasan horas habitando ese espacio y, si no pueden hacerlo de manera cómoda y eficiente, tarde o temprano el problema llega hasta la mesa. “Si ese espacio de trabajo no funciona, la experiencia gastronómica tampoco va a funcionar: son la misma ecuación”, explican.
Smash, Joven Deli, Malvoy’s, Market House son algunos de los proyectos donde reconocer a este estudio.
LDA Arquitectas: diseñar más allá de la foto

Una fachada llamativa o ese rincón que inevitablemente termina apareciendo en Instagram pueden hacer que un restaurante se vuelva reconocible. Pero para Victoria Lugea y Guada Dierna, quienes crearon LDA Arquitectas, un proyecto gastronómico no puede pensarse solamente para ese instante.
La arquitectura se termina de comprobar cuando el lugar está funcionando de verdad»
Por eso, la pregunta que atraviesa sus proyectos es: ¿cómo se va a vivir este espacio?
La experiencia también les enseñó que el uso resignifica el diseño: algunos elementos pensados como fundamentales pierden protagonismo y otras decisiones inicialmente secundarias pueden terminar definiendo la identidad de un lugar.
Eso no significa que LDA renuncie al impacto visual. El estudio busca espacios con personalidad, pero sin recurrir a una estética repetida. Su objetivo es ambicioso pero sencillo de explicar: que alguien pueda entrar y sentir qué marca habita allí sin necesidad de leer su nombre en un cartel. Así pasa en Murita Market, Watson Cafe, Mulato Café, Pandito y Ai Sushi, entre otros.
Para LDA, un espacio puede ser atractivo y fotografiable, pero nunca a costa de su autenticidad ni de la propuesta que le da sentido. Porque la gastronomía sigue siendo el centro: la arquitectura puede acompañarla, modificar nuestra percepción e incluso hacer que un mismo plato se sienta diferente según dónde lo comamos. Es en ese cruce donde buscan trabajar: que la arquitectura no sea solamente el escenario de la experiencia, sino parte de ella.

















