Entrar a un bar, un café o un restaurante no es solo sentarse a comer o tomar algo. Es -consciente o inconscientemente- una experiencia sensorial completa. La música aparece ahí como un hilo invisible que puede acompañar, abrazar y generar clima o, si está mal pensada, romperlo todo. Parlantes mal ubicados, volumen fuera de contexto o canciones que suenan sin criterio son algunas de las razones por las que un lugar puede volverse incómodo, incluso cuando la propuesta gastronómica es buena.
Al ir a comer o a tomar algo no solo entra en juego el sentido del gusto, sino también las sensaciones que provoca el entorno, ya sea con las luces, la decoración, el servicio y, claro, la música. “Cuando no está pensada para el local, molesta pero cuando está acorde al lugar, se vuelve parte de la experiencia”, expresa Chuky Gorria, Dj y creador de Oye Bar.
Afinar el oído también es parte de la salida. La música deja de ser fondo, acompaña el pulso del lugar, arma clima y se vuelve parte de la experiencia.
Cuando la música también construye identidad
La idea de que la música también construye identidad es uno de los puntos en los que coinciden quienes se dedican profesionalmente a este trabajo de curar musicalmente restaurantes, bares y cafés. Para la Dj y Diseñadora Gráfica Lucila «Negra» Alemán, las canciones que suenan no son “de fondo” sino que son una extensión del concepto del lugar, construyen la experiencia y no siempre le agradará a todos.
“La curaduría musical es branding sonoro. Así como se piensa el visual de una marca, también hay que pensar cómo suena”, afirma y suma que el volumen, el pulso y los géneros elegidos dicen mucho más de lo que parece ya que definen si un espacio es íntimo, social o caótico, incluso antes de mirar la carta.
Eso sí, detrás de una buena curaduría no hay improvisación. Hay muchas horas de escucha e investigación de géneros y artistas, además de estudio del lugar. Cuando un cliente pide una identidad sonora específica, detalla lo que quiere escuchar en su salón, el trabajo de los curadores implica meterse en universos musicales que dialoguen con ese pedido.
En esa misma línea, el Dj Francock refuerza la idea de atmósfera y relato: “Pensar la música no es solo tirar una playlist, es crear una vibe… tiene que contar una historia y ser parte esencial del todo”. Cuando esa historia no está bien contada, la experiencia se resiente casi de inmediato.
Ritmo, empatía y técnica: cómo se diseña una experiencia sonora
La empatía es otro eje central. Se debe pensar en quienes visitan el lugar pero también en quienes lo habitan todos los días, los que trabajan allí. “Ellos escuchan una selección musical en loop, así que necesita cambios; se deben sentir cómodos y estar activos para sostener el ritmo laboral. Entonces así, la música también se vuelve parte de la hospitalidad”, explica Alemán, a partir de su experiencia en espacios como Nieto Senetiner, donde armó listas diversas para ir intercalando a lo largo de la jornada.
El paso de las horas también marca el pulso sonoro. No se escucha lo mismo a media mañana que al atardecer, ni cuando el lugar acaba de abrir que cuando el clima se vuelve más social. “En espacios con muchas horas de atención se piensan listas acordes para la mañana, el almuerzo, el atardecer y el cierre. Son ritmos distintos que el propio día va pidiendo”, explica Gorria, quien curó la música que escucha en Piedra Infinita, Pan y Oliva y Bröd.
Esa progresión de las agujas del reloj en combinación con los ritmos que se escuchan, acompaña la energía de las personas y va modificando el ánimo colectivo, “cuando la personalidad musical es clara, la gente se sumerge en la propuesta, incluso mientras charla, y es maravilloso de ver”, comparte Chuky.
Más allá del momento del día que sea, la música deja huella y tiene un rol en la memoria emocional; de repente estás comiendo, suena un tema y te remite a un recuerdo, a una persona, a una historia…. están activos el gusto, el oído, el aroma, todos los sentidos. Y la Diseñadora suma: “La música puede crear nuevos anclajes; canciones que quedan asociadas a ese lugar, a ese encuentro, a ese instante preciso, y que en el futuro devuelve, intacta, la emoción”.

Otro aspecto clave y todavía un tanto subestimado es el cómo se escucha, el equipamiento y la tecnología de sonido del espacio, que son tan importantes como la selección musical. “La acústica del lugar es fundamental para que la experiencia en general sea satisfactoria”, apunta el Dj Ale Castro y es que sí, cuando el sonido no es nítido, se vuelve invasivo y obliga a levantar la voz.
Mientras que Gorria suma: “Es bastante reciente el interés de los lugares en cuanto a la técnica, los paneles de acustización que se pueden poner en techos o debajo de mesas. Muchas veces, un parlante mal ubicado genera malestar aunque la música sea buena”.
Castro, que realizó curadurías para Charco Bar Andino -entre otros-, advierte que todavía no todos los lugares entienden la importancia de la música en el global de la experiencia que se ofrece: “Muchos prefieren no invertir y recurrir a playlists randoms de Spotify, Youtube o cualquier plataforma, incluso con publicidades algo que parece irreal pero no. U otros que buscan la solución musical con artistas en vivo que no se preocupan lo suficiente en crear una atmósfera especial y agradable para el público”.

Desde el lugar del usuario, Francock lo resume con claridad: “Cuando la música no acompaña, todo se desinfla. Me pasó de irme de un lugar porque lo que sonaba no tenía nada que ver con la propuesta”. La coherencia vuelve a aparecer como palabra clave.
Al final, la curaduría musical no se trata de llenar silencios ni de agradar a todos. Se trata de entender quién es el lugar, qué quiere transmitir y cómo quiere que se sientan quienes lo visitan. Asesorarse con profesionales, pensar el sonido como parte del todo -junto a los colores, los aromas, la atención- y evitar parches sin sentido puede marcar la diferencia.
A veces, incluso, es mejor no tener música antes que tener una que no va. Porque cuando el sonido está bien pensado, todo lo demás fluye.











