A pocos minutos de la ciudad, Vivero Estación Verde parece un pequeño universo natural escondido en Palmira. Entre invernáculos, árboles, cactus ejemplares, una laguna y plantas diversas, este vivero productor se transformó en uno de los más grandes de Mendoza y en una parada obligada para amantes de la vegetación, paisajistas y desarrolladores de proyectos verdes.
El lugar se destaca por volumen, tamaño y calidad: cuenta con diez hectáreas –5 cubiertas y el resto destinado a producción y sustratos– y una gran variedad de plantas. Allí se puede encontrar desde semillas y plantines hasta árboles listos para plantar; arbustos para cierres de jardines, xerófitas, gramíneas, plantas de interior y exterior; cactus y suculentas en distintas alturas y dimensiones. La idea es simple: ofrecer soluciones para cualquier escala y necesidad.
Nos caracterizamos por tener plantas de gran tamaño, de muy buena calidad y en abundancia.
“Nos caracterizamos por tener plantas de gran tamaño, de muy buena calidad y en abundancia”, explica Jorgelina Freire, actual directora del cultivo. Esa amplitud permite que alguien pueda ir por una planta para su casa o que un diseñador de jardines encuentre todo lo necesario para conformar un proyecto verde completo, tanto para una vivienda como para la urbanización de barrio.

La historia de Estación Verde inició hace más de 40 años con Carlos Freire, primero en San Martín y luego en Palmira. Lo que empezó como un proyecto enfocado en plantines florales terminó convirtiéndose en un grande y reconocido vivero. Con el tiempo, su hija Jorgelina tomó la posta y adaptó la producción a nuevas necesidades: especies más perennes, vegetación apta para el medio seco y hasta plantas acuáticas.
El nombre del lugar también tiene una raíz familiar. Elizabeth, la mamá de Jorgelina, siempre decía que ese era su “espacio verde”, y de allí nació la marca que rinde homenaje al trabajo y el vínculo familiar.

Pero más allá de las plantas, recorrer Estación Verde también es entrar en un espacio cargado de historia y detalles. La impronta de Don Carlos sigue presente en tres elementos que atraviesan todo el vivero: el agua, el fuego y la madera. La laguna con carpas koi y la vegetación acuática –como nenúfares de loto y camalotes–, las pailas en los pasillos encendidas en invierno y los durmientes utilizados en canteros y oficinas forman parte de esa identidad.
Los invernáculos están sectorizados según especies: plantas tropicales, trepadoras, interior, exterior, plantines, cactus, suculentas y arbustos. Además, elaboran su propio sustrato y cuentan con fertilizantes, semillas y macetas de diversos materiales. Todo acompañado por un equipo con décadas de experiencia.
Mari, una de las encargadas, trabaja allí desde hace 20 años. “Crecí acá, es como mi casa”, cuenta mientras habla de la propagación de especies, esquejes y semillas. Al igual que ella, muchos empleados aprendieron el oficio dentro del vivero y hoy forman parte de una estructura donde el conocimiento y la pasión también forman parte del producto.
Con envíos, atención personalizada y acceso rápido –a solo 2 kilómetros de la Ruta 60 y a 3 del Acceso Este–, Estación Verde se consolidó como una especie de joya natural mendocina. Un lugar donde siempre se encuentra algo inesperado: una planta difícil de conseguir, un árbol enorme listo para trasplantar o simplemente el placer de perderse entre hojas gigantes y pasillos rodeados de naturaleza.









