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La revancha del pingüino: historia y mística de la jarra de vino más icónica

Reconfigurado como florero, objeto de culto o clásico indiscutido, indagamos en el pasado y la supervivencia estética del ave más famosa de nuestra cultura vitivinícola.

Lo más probable es que hayas visto una jarra de pingüino en algún bodegón cumpliendo su rol original, es decir, sirviendo vino. Pero puede que un amigo lo use como florero, que en alguna revista de cocina aparezca de fondo como contenedor de cucharas, que descanse en alguna que otra repisa como un viejo regalo o hasta luciendo los colores de tu equipo de fútbol. Incluso Los Auténticos Decadentes nos cantaban sobre una amante que volcaba el pingüino y el sifón (y hacía estallar los vidrios de un corazón).

En otras palabras, este famosísimo pingüino ha mutado en mil formatos, y a todos ha logrado adaptarse. Es un clásico indiscutido, un objeto que atraviesa generaciones y que, inevitablemente, te roba una sonrisa donde sea que lo cruces. Pero ¿de dónde salió realmente? ¿Por qué, entre toda la fauna del mundo, un pingüino? 

Un zoológico de arcilla para salvar las tabernas

Francia de 1860. El escenario es el de una Europa sacudida por el humo y el frenesí de la Revolución Industrial. Las ciudades crecen a un ritmo acelerado, el hacinamiento urbano ya es una realidad indiscutible y las tabernas se convierten en el refugio diario de la clase trabajadora. Frente a esta situación, el Estado francés decide intervenir por razones de higiene pública y lanza una normativa que prohíbe servir el vino directamente desde el tonel de madera al vaso del cliente.

Para los pequeños productores de vino, la medida es un golpe bajo, ya que de pronto se encuentran sin la infraestructura ni los recursos para embotellar bajo los nuevos estándares exigidos. En un acto de desesperación, se propone a las autoridades fraccionar el consumo utilizando jarras de cerámica. La idea es aceptada por el gobierno y comienzan a fabricarse estos recipientes. Pronto, la creatividad ganó terreno y comenzaron a moldear jarras con formas de animales. El vino se vertía de la boca de vacas, gallos, cerdos, monos y sapos. Esta moda se consolidó a tal punto que, una década después, comenzó a replicarse con fuerza en Italia. 

El viaje trasatlántico y el prejuicio del gusto

Como otras tantas tradiciones que forjaron la identidad del Río de la Plata, estas jarras llegaron a Argentina a la par de la masiva inmigración italiana. Entre todos los animales de aquel zoológico de arcilla, uno se destacó por encima del resto: el pingüino. La razón de su popularidad fue la practicidad de su forma, ya que su cuerpo redondeado ofrecía una base estable y el pico resultaba ideal para servir el vino. 

La figura de cerámica se popularizó con fuerza en las décadas de 1920 y 1930, coronándose como el rey de los almacenes de barrio, bodegones y bares frecuentados por trabajadores y sectores populares. Para las élites porteñas, el pingüino era un objeto “grasa”, asociado al mal gusto y a lo poco refinado. Sin embargo, ese prejuicio no impidió que, entre los años 50 y 70, alcanzara su mayor esplendor. 

1984: el decreto que impuso el exilio del pingüino

Toda época dorada tiene su fin y la del pingüino llegó por un quiebre histórico. Hasta 1984, el vino se distribuía sin fraccionar. Pero ese año se sancionó la Ley de Fraccionamiento de Vinos en Origen, una normativa que obligaba a que todo vino fuera embotellado en su zona de producción. De repente, el mercado se volcó masivamente hacia la botella de vidrio, poniendo el foco en las etiquetas, el corcho, la presentación y toda una estrategia de marketing orientada a sofisticar la bebida.

Aquella asociación inseparable con el vino de las mesas populares, que durante años había sido su mayor fortaleza, terminó condenando al pingüino. En un país que comenzaba a hablar de cepas, notas de cata y maridajes, la vieja jarra de cantina empezó a parecer fuera de época.

Una elección estética que habita el presente

A partir de la década de 1990 y ya entrados los años 2000, el pingüino experimentó un rescate impensado. Revistas de decoración, diseñadores locales y ceramistas comenzaron a mirarlo con otros ojos. Revistas de decoración, diseñadores y ceramistas comenzaron a reinterpretarlo desde otra mirada: dejó de ser un simple recipiente para vino suelto y pasó a convertirse en un lienzo en blanco para el arte pop, un objeto de diseño con peso identitario. 

Los nuevos espacios gastronómicos comenzaron a recuperarlo para servir agua o vino de la casa, incorporándolo como un guiño vintage dentro de sus ambientaciones. Al mismo tiempo, las tiendas de recuerdos turísticos lo transformaron en un souvenir indispensable. Hoy, el pingüino volvió a cambiar de escala y significado: existe en versiones gigantes de varios litros, pero también en miniaturas puramente decorativas.

Tener un pingüino sobre la mesa volvió a significar lo de siempre. En su cuerpo de arcilla se condensa nuestra historia y nos recuerda que, al final del día, el mejor ritual sigue siendo el de compartir un vino entre amigos, sin etiquetas, sin pretensiones ni protocolos a seguir.

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