Cuando se filtraron las primeras imágenes del rodaje de la tan esperada Odisea, de Christopher Nolan, arrasó inmediatamente una ola de críticas al vestuario, los peinados y la escenografía. Según estos juicios, las decisiones técnicas y estéticas del director no obedecían a la época de Homero, el poeta griego que escribió esta obra maestra, y dejaban ver su falta de investigación histórica y literaria. Decían, en fin, que Nolan traicionó a Homero.
Sin embargo, yo sugiero que hagamos un repaso y lleguemos al estreno bien preparados. Primeramente, recordemos que Odisea es un poema épico de origen griego –una epopeya, técnicamente hablando. Este poema es una recopilación de diversos mitos que encuentran en la figura de Odiseo y sus derroteros una versión fija y un desarrollo articulado.
Segundo, la Odisea ya existía antes que Homero: él es el primero en fijarla por escrito, en el siglo VIII a.C, durante el período arcaico. Previo a ese momento, el poema circulaba oralmente y era transmitido por aedos y rapsodas (poetas cantores), bajo incontables versiones y variaciones.

Por último, los mitos –el principal material del cual está compuesto la Odisea– sobreviven por medio de la transmisión: es decir, siempre admiten nuevas lecturas. Esto es así porque el mito es una materia narrativa flexible, que perdura porque conserva ciertos núcleos simbólicos esenciales (¿cuántas versiones conocemos de la leyenda del Futre, o del origen del mundo y los fenómenos naturales? ¿No son Zeus y Thor el mismo trueno?).
El falso problema de la fidelidad histórica
Todo esto nos indica que la Odisea no es un documento histórico, sino una elaboración poética de tradiciones míticas previas. Incluso Homero ya estaba reinterpretando materiales heredados al situar las aventuras de Odiseo en un contexto contemporáneo al suyo. Por ello, hablar de «fidelidad» a una fuente única es un concepto inexistente desde el origen.
Quienes se apresuraron a señalar inconsistencias en la adaptación de Nolan son los mismos que están mezclando y confundiendo tres tiempos distintos: el del mito (que es siempre atemporal), el de Homero (un poeta de la Grecia arcaica), y el de la Grecia que decide mostrarnos Nolan.

Si exigen fidelidad histórica, exigen un tiempo imposible: el mito es eterno y variable, por lo que Odisea es, tal como nos lo muestran los miles de siglos que nos separan de ella, también eterna y también susceptible de ser reinterpretada.
Las preguntas, entonces, no deberían apuntar a si la película de Nolan es históricamente correcta, sino qué lectura propone él del mito. Y ahí Nolan debe tener cuidado.
¿Qué debería preservar una adaptación?
Christopher Nolan ha defendido su adaptación sosteniendo que el conocimiento de la Edad del Bronce descansa sobre registros arqueológicos «muy fragmentarios». En consecuencia, cualquier reconstrucción visual implica una cuota inevitable de imaginación (una “especulación creativa”, según sus propias palabras). Para Nolan, el pasado se construye con los mismos recursos narrativos con los que la ciencia ficción imagina el futuro, tal como él mismo lo hizo en Interstellar.

La historia del cine nos ha demostrado que no toda reinterpretación vale por el simple hecho de ser una reinterpretación. Nuestra postura debe ser a favor del mito, y por eso hay aspectos que a Nolan no le conviene perder de vista y que nosotros podríamos tener en cuenta cuando entremos el 16 de julio a las salas. Nos referimos a los núcleos que constituyen la esencia de la épica homérica: las relaciones entre humanos y dioses, las disputas entre los dioses del Olimpo, la condición inmodificable del destino y la búsqueda de excelencia son ejes fundamentales de la cosmología griega y condicionan directamente todo lo que le ocurre al héroe.
Le deseamos mucha suerte al señor Nolan. Nosotros confiamos en que logrará mantener a la Odisea en el podio de las obras maestras, y reafirmar su rol como la base de todas las historias que vinieron después.





