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Registro #004: Yamila Marañón: Dualidad / Permeabilidad

La artista multidisciplinaria nos recibe en su taller a cielo abierto en Uspallata, donde la montaña y sus laberintos de piedras alimentan un arte que revela qué sucede cuando el silencio y la naturaleza se entrelazan.

Hay artistas, como Yamila Marañón, que aprenden a escuchar el lenguaje de la piedra, la montaña y el cielo. Registro, el ciclo de Inmendoza que recorre el mundo creativo de artistas, viaja esta vez a Uspallata, precisamente al Parque de las Artes Marañón, 23 hectáreas donde la artista mendocina, reconocida internacionalmente, encontró su centro después de años de vorágine parisina.

Allí, en plena cordillera de los Andes, donde el silencio invade por completo, su taller se presenta sin muros. Todo convive en el mismo espacio abierto, bajo el mismo cielo del valle de San Alberto: las obras monumentales que tardaron meses en gestarse, las series de esculturas medianas que brotan con mayor espontaneidad, los rituales de creación y las obsesiones que vuelven una y otra vez.

Del ruido al silencio: la transición que lo cambió todo

Yamila llegó a París con apenas 20 años, impulsada por el deseo de estudiar arte. Pasó allí ocho años inmersa en instalaciones, videoarte y performance, dejándose atravesar por la vida urbana, el ruido constante, el intercambio con artistas de todo el mundo y la dimensión colectiva de la producción. Participó de la creación del 59 Rivoli, hoy el tercer espacio de arte contemporáneo más visitado de la capital francesa.

“Ahí entendí la creación colectiva en las artes. Trabajábamos todos juntos en un edificio de seis pisos, en pleno centro de París. Por los talleres pasaba más de un millón de personas por año. Me sentía contenida, éramos un grupo. Me hizo madurar muchísimo”, recuerda Yamila mientras el sonido de las piedras que pisa en la reserva cultural Marañón acompaña su voz. “Pero cuando volví y llegué acá fue soledad total. Todo ese ruido, esa vorágine, se detuvo. Yo me detuve. Me frené”.

Ese freno fue necesario. El cansancio de la ciudad la había alcanzado y necesitaba entender por qué crear. Llegó al predio de arte en Uspallata, el cual comenzó como una consecuencia de los procesos creativos de su padre, el escultor y ceramista Fausto Marañón. En ese entonces, el lugar era casi virgen: sin ruta, sin señales ni agua.

El pasaje de un extremo al otro, del ruido al silencio absoluto, del movimiento constante a la quietud, hizo que las preguntas aparecieran de forma inevitable: ¿por qué crear?, ¿qué estamos haciendo?, ¿qué es este impulso que nos lleva a querer dejar una huella en este lugar? Así Yamila se dejó permear por el entorno.

“En todo ese lío existencial me di cuenta de que estaba en un laberinto. Y entendí que la obra tenía que ser un laberinto de rocas”, explica al hablar de su primera creación en el terreno, el Laberinto de la Luna, una obra de 2.500 metros cuadrados.

La obsesión de las series: cuando la dualidad aparece sin buscarse

En el Parque de las Artes Marañón conviven tres laberintos: el de la Luna, el del Sol y el del Cielo en la Tierra, cada uno con su propia historia y simbolismo. Para estas obras, que Yamila reconoce como parte central de su identidad artística, no hay improvisación. Primero llegan los planos: precisos, exactos, con cada metro y cada centímetro marcado. Luego, el trabajo en el terreno con estacas, piolas y marcas. Finalmente, el armado: camiones cargados de piedras que ella coloca una por una, con paciencia extrema.

Cuando le pregunto si la creación en dualidad, como Luna–Sol, fue buscada, responde con sinceridad: “No es que lo busque, pero no me doy cuenta y al final está. Naturalmente tenía que hacer la obra del Sol después de haber hecho la Luna. Es como un camino que me lleva hacia ahí, sin planteármelo”.

Esa misma lógica aparece también en el vínculo con los materiales. Con el tiempo, Yamila dejó la cerámica para trabajar con granito y mármol reconstituido, un cambio que acompañó sus procesos, sus momentos vitales y la energía de cada etapa. “Con el granito y el cemento hay un impulso diferente. Hay que soldar, usar máquinas, pulir. Y encontré que ese material me permitió pensar en la trascendencia al aire libre. La dureza permanece en el tiempo”.

La dualidad vuelve a manifestarse en sus flores pétreas: esculturas de granito reconstituido con un cristal en el centro, donde la luz se descompone y crea pequeños reflejos. En estas y en otras obras de mediano y pequeño formato, suele crear al menos dos piezas que se oponen y se complementan. Es una obsesión recurrente que atraviesa su universo.

Después de terminar una obra, Yamila describe una sensación paradójica: “Me siento plena y vacía al mismo tiempo”, especialmente con los laberintos. “Los tengo en el plano, los gestiono económicamente, empiezo a hacerlos y, si se dilatan, siento que me devoran por dentro. Cuando termino es como salir del laberinto» comparte y a la vez se sincera: «Para esto vine al mundo, es lo que yo vine a hacer”. Pero claro, luego aparece el vacío, producto de la ausencia de esa obra que acaba de nacer.

El kit de supervivencia de Yamila Marañón: libreta, mate y silencio

Siempre tiene cerca su libreta, donde se permite escribir ideas e intuiciones mientras trabaja. Más allá de lo conceptual, confiesa su amor por la escritura, especialmente la poesía, que a veces aparece como herramienta para comunicar algunas de sus obras.

El mate es otro compañero constante, igual que la música cuando trabaja en taller cerrado: rock nacional, electrónica, algo de pop. Pero cuando sale al parque, a este taller a cielo abierto bajo el sol y rodeada de montañas, el ritual cambia y solo se escucha el silencio.

“Es un desafío muy lindo trabajar al aire libre. Y es el estilo que más me identifica: andar en la naturaleza”, señala la artista multifacética. Antes de empezar, necesita despojarse de todo lo que la distrae como actividades pendientes, ruido externo y pensamientos que no ayudan. “Si no me concentro al cien por ciento, no evoluciona. Las obras no salen”, suma.

El arte como laberinto

El universo de Yamila Marañón está hecho de transiciones y permanencias, de planos precisos y espontaneidad controlada, de soledad productiva y trabajo colectivo, de silencio y ruido. Es un universo donde las series aparecen sin buscarse, donde los materiales marcan su propio ritmo y donde cada piedra ocupa un lugar exacto.

En su taller que se ilumina con el sol natural y con la luz de las miles de estrellas, Yamila trabaja con planos, piedras, silencio y tiempo. Cada obra exige concentración absoluta y un diálogo constante con el entorno.

Así su práctica artística sigue una misma dinámica: escuchar el lugar, respetar los procesos y dejar que cada obra se construya sin apuro.

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