En Pie de Cuba la propuesta se construía desde la calma y el disfrute del tiempo. Ubicado en una antigua casona de Maipú, el espacio combinaba jardín, galería y detalles rústicos para generar un clima relajado, ideal para largas sobremesas. La cocina seguía una lógica de producto y temporada, con un menú de pasos que proponía un recorrido completo, sin carta, donde cada plato aparecía como parte de una experiencia más pensada que improvisada.
Más que un restaurante tradicional, era un plan para ir sin apuro: mesas al aire libre, distancias amplias y una dinámica que invitaba a quedarse. La experiencia comenzaba desde la recepción -muchas veces con vermú y panera- y se desarrollaba en un ritmo cuidado, acompañando cada momento.
Dato de color: uno de sus sellos era justamente el formato de menú cerrado, que cambiaba según la estación y obligaba a confiar en la cocina, algo que terminó definiendo su identidad dentro de la escena mendocina.