Ángel Oliveros ocupa un lugar singular en el arte mendocino. Su tránsito de la figuración a la abstracción no respondió a modas, sino a un proceso íntimo y disciplinado de búsqueda. Para el artista, abstraer no implicaba alejarse del mundo, sino acceder a su dimensión más profunda: “Tomar un objeto y disgregarlo, pero que siempre quede su esencia”.
