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El MMAMM puertas adentro

Un recorrido por las áreas que trabajan en red para que cada muestra del museo de la Plaza Independencia, junto a su Anexo en el Parque Central, llegue a buen puerto.

Vas a la Plaza Independencia y decidís bajar aquellas escaleras que conducen al Museo Municipal de Arte Moderno de Mendoza (MMAMM). Al ingresar, te encontrás con una muestra: cada obra parece ocupar el lugar exacto que le corresponde y el espacio está listo para ser recorrido. Lo que solemos pasar por alto es que muchas de esas piezas exhibidas al momento de nuestra visita atravesaron un trabajo que permanece fuera de la vista del público. 

Es así cómo el museo excede el ser simplemente un lugar de exhibición. También es un espacio donde se conservan, se estudian, se restauran y se piensan nuevas formas de mostrar las obras que pasan por allí. En esas tareas, muchas veces invisibles para quien visita una sala, se conserva buena parte de la memoria artística de Mendoza y se tejen vínculos nuevos entre el pasado de cada obra y el presente de quienes hoy la recorren.

Es por eso, que hoy te invitamos a mirar de cerca cuatro áreas fundamentales del MMAMM para comprender su funcionamiento y descubrir aquello que a veces pasa desapercibido. Un recorrido por el Área de Archivo, el Laboratorio de Conservación y Restauración, el Área de Montaje y la Colección del Museo. 

La memoria que permite restaurar

Un día llegó al museo una obra de Beatriz Capra en grave estado de deterioro. En ella, algunas partes de la pintura se desprendían de la tela; además, presentaba pequeñas fisuras y una capa de suciedad. Para restaurarla, el Área de Laboratorio necesitaba saber con exactitud qué materiales había utilizado originalmente la artista.

La respuesta estaba en el archivo del museo. Allí encontraron una fotografía de la obra que, en el reverso, conservaba una anotación de puño y letra de la propia Capra con el detalle de los materiales empleados. 

Ese hallazgo no fue pura suerte. Es, en realidad, la forma en que trabaja permanentemente el Área de Archivo Documental. En él se guardan tanto la historia institucional del museo como fondos personales de artistas, arquitectos y diseñadores que han sido donados a la institución. 

Es la memoria institucional, pero también es importante el trabajo que uno hace con ella. Hay que investigarla continuamente. 

Así lo describe Florencia Giovannini, historiadora del arte y archivista del museo. Pablo Chiavazza, también historiador del arte y archivista, suma otra dimensión fundamental: «El archivo es público y abierto, lo que posibilita investigaciones que contribuyen al conocimiento de nuestra historia del arte».

Esa memoria está, entonces, en permanente consulta y movimiento. Recurre a ella el propio equipo del museo, así como investigadores externos con búsquedas muy diversas, desde estudiantes secundarios hasta quienes trabajan en tesis doctorales.

Volviendo al relato de la obra de Capra, una vez recuperada la información sobre sus materiales, la pieza pasó a manos del Laboratorio de Conservación y Restauración. Este espacio, rodeado de mesas de trabajo, lámparas, lupas y herramientas, lo habita Agustín Palombarini, artista y restaurador del museo. Él nos cuenta cómo cada obra de esta área exige primero la evaluación de su estado de conservación y la decisión de qué tipo de intervención necesita.

Desde nuestra curiosidad, preguntamos: ¿cómo se decide hasta dónde intervenir? Agustín explica que existen algunos criterios fundamentales: «Se trabaja con una mínima intervención, sin hacer más de lo que la obra necesita. Todas las intervenciones deben ser reconocibles, para no cometer un falso histórico ni invadir la originalidad de la obra. Y, además, deben ser reversibles, nunca puede quedar algo permanente». A esto se le suma el principio de compatibilidad, es decir, que los materiales utilizados en la restauración no puedan causarle ningún daño físico ni estético a la pieza original.

Alrededor de 2.200 obras en un ecosistema hecho a medida

Cuando una obra no está en sala, expuesta al público, ¿dónde se guarda? La respuesta es simple e incluso redundante: en la Sala de Guarda, el espacio donde se conserva buena parte del patrimonio del museo. Allí conviven más de 2.200 piezas, además de los fondos de archivo y biblioteca.

En este ecosistema, todo está pensado para reducir los factores externos que pueden acelerar el deterioro de las piezas. «La temperatura está entre 15 y 18 grados. La humedad relativa está entre el 55 y el 60 %, no más ni menos que eso. La iluminación por lo general siempre está apagada, aunque las luces que hay no emiten calor», explica Agustín.

A estas condiciones se suman tarimas que elevan las esculturas ante una eventual inundación y humidificadores que compensan la sequedad propia del clima mendocino. Incluso el sistema antisísmico responde a las particularidades locales, ya que, a diferencia de otros museos, las obras se sujetan únicamente desde arriba para que acompañen el movimiento durante un temblor.

Otro aspecto interesante es que la colección está organizada y distribuida por el espacio según la composición material de cada pieza, ya sea orgánica, inorgánica o mixta. Y, ante un eventual incendio, el museo cuenta con un sistema que apaga el fuego inhibiendo el oxígeno del ambiente, sin arrojar agua sobre las obras. 

Pero recorrer la Sala de Guarda también permite dimensionar, de una manera muy concreta, el patrimonio que conserva el museo. Allí conviven cuadros de todos los formatos, obras de artistas fundamentales para la historia del arte mendocino y piezas con varias décadas de antigüedad que permanecen preservadas gracias a un trabajo de conservación constante.

Verlas reunidas, fuera de las salas de exposición y a pocos metros de distancia, es una experiencia puramente sensorial: buena parte de la historia artística de Mendoza está ahí, resguardada, esperando volver a encontrarse con el público.

El último paso antes de la exposición

Antes de que una obra llegue a sala, interviene el Área de Montaje, encargada de traducir el planteo curatorial al espacio y desarrollar los dispositivos necesarios para exhibirla. Al ingresar a esta área, nos reciben sus integrantes: los artistas Sabrina Kadiajh y Marcos Mut, junto a la curadora del museo Mariel Matoz. Esta última nos explica: «Generalmente, las muestras tienen un guión curatorial y una bajada espacial desde donde parten algunas ideas. Pero después las vamos trabajando en sala. Como conocemos muy bien estos espacios, nos desafiamos todo el tiempo a transformarlos».

Así, aunque las salas sean las mismas, cada exposición propone una forma diferente de recorrerlas y de encontrarse con las obras. El montaje participa activamente en la manera en que el público las observa y su relación entre sí.

El equipo cuenta, además, con un taller propio de carpintería y metalurgia, donde se construyen y adaptan los dispositivos necesarios para cada exposición. Las propuestas de curaduría y los renders iniciales funcionan como una referencia, pero el montaje continúa definiéndose en el intercambio con las obras, los artistas y el propio espacio.

Ese proceso también tiene una dimensión de aprendizaje compartido. «Somos una especie de museo-escuela, porque aprendemos y nos enseñamos», resume Mariel. El intercambio permite probar distintas maneras de exhibir una obra y, muchas veces, hace que los propios artistas se lleven nuevas ideas sobre cómo mostrarla en el futuro.

Un trabajo que no se detiene

Ninguna de estas áreas funciona de manera aislada. El Archivo aporta datos que muchas veces resultan irremplazables para la restauración; el Laboratorio evalúa y restaura las obras; la Sala de Guarda las resguarda cuando no están expuestas; y Montaje articula todo ese trabajo para que vuelvan a encontrarse con el público. Como resume Flor Giovannini desde Archivo:

Es muy importante el trabajo entre áreas. Es imposible disociarse, ya que estamos constantemente en red.

Ese trabajo conjunto es, en definitiva, lo que sostiene una labor de conservación y puesta en valor del patrimonio mendocino que no se conforma con la nostalgia ni con el recuerdo. Hay compromiso, cuidado y respeto en cada intervención; y hay, sobre todo, la convicción de que el arte debe ser parte activa del legado cultural de la provincia. Así, la próxima vez que visites el MMAMM, vale la pena recordar que la sala montada es apenas la superficie visible de un trabajo que nunca deja de moverse. 

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