¿Cuán importante es el baño de un lugar de comida para vos? Más allá del plato, hay espacios que también forman parte de la experiencia. El baño es uno de los pocos refugios verdaderamente íntimos de la vida cotidiana: un lugar donde el ruido se apaga, el tiempo se para y todo se vuelve un poco más personal. En ese sentido, la belleza no debería ser un lujo, sino una necesidad.
En los últimos años, algunos espacios gastronómicos de Mendoza comenzaron a entender que el baño también puede ser parte del relato. Lejos de pensarlo solo desde lo funcional, lo integran a su identidad visual, a su historia y a la experiencia que proponen: diseño, iluminación, materiales, paisaje y hasta sorpresa concentrados en pocos metros cuadrados.
Así, estos baños dejan de ser un espacio de paso para convertirse en pausas memorables. Rincones que amplifican la experiencia, dialogan con el entorno y, muchas veces, terminan siendo tan fotografiados como el plato o la copa de vino.
Centauro Restaurante: diseño, cielo y espejos infinitos

En Centauro, el baño funciona como una extensión del universo artístico que atraviesa todo el restaurante. El cielo, un elemento tan propio de Mendoza y muchas veces poco puesto en valor, aparece como eje visual y simbólico, en diálogo con cuatro obras del artista Germán Álvarez. Techos y paredes se funden con las piezas, generando una continuidad que desdibuja los límites del espacio y propone una experiencia inmersiva.
Las obras forman parte de una serie protagonizada por un rabdomante, figura ligada a la búsqueda de agua y de aquello que no se ve. En ese cruce entre cielo, agua y territorio se construye un relato profundamente mendocino: los oasis productivos, los cauces ocultos y la lectura del paisaje como acto sensible. La idea espacial fue desarrollada por la interiorista Marianela Tagliaferro, quien, a través del uso de espejos espejados y planos elevados, logra una sensación de infinitud y contemplación, casi como ingresar a un cielo sin bordes.
Doy fe porque he ido: no hay nada más instagrameable que ese baño. Espejos altos, reflejos múltiples y una atmósfera ilusoria. Pensado dentro de una experiencia gastronómica integral, el baño no busca protagonismo aislado ni hashtags propios, sino sumar una capa más a la percepción del lugar. Incluso el efecto sorpresa (no hay señalización clara) forma parte de una lógica intuitiva y experimental, donde el diseño asume riesgos y apuesta a generar algo que no pase desapercibido.
Zonda Lagarde: naturaleza, verde y una ventana al jardín
En Zonda Lagarde, el baño fue pensado como un espacio profundamente conectado con la naturaleza. El diseño aprovecha la luz natural que entra desde el jardín posterior (donde crece una mora) para generar una sensación de elegancia y, al mismo tiempo, de contacto directo con el exterior. El proyecto fue desarrollado en conjunto entre el equipo de Zonda y la arquitecta Gabriela Reina, con una premisa clara: que el paisaje también se viva puertas adentro.
El verde aparece como hilo conductor, en sintonía con la identidad del lugar y su entorno. Siempre hay flores frescas dispuestas en floreros, armados con lo que ofrece la huerta y los jardines del restaurante, por lo que el espacio cambia con cada estación. Esa decisión refuerza una idea central en Zonda: reflejar el paso del tiempo y los ciclos naturales en cada detalle, incluso en un espacio tan cotidiano como el baño.
Más que priorizar la comodidad, el foco estuvo puesto en la belleza y en la continuidad de la experiencia. La iluminación, los aromas y los materiales acompañan esa intención, transformando el baño en una pausa sensorial. Un detalle distintivo termina de definirlo: en lugar de un espejo frente al lavamanos, hay una ventana que mira al jardín, haciendo que el baño verde de Zonda se sienta, literalmente, como estar afuera.
Flor del Desierto: amplitud, confort y colores del paisaje

En Flor del Desierto, el baño fue pensado desde la amplitud y la comodidad. La idea de contar con espacios grandes atraviesa toda la propuesta del restaurante y el baño no es la excepción. Su diseño, a cargo de Marianela Tagliaferro (Obra Estudio), dialoga con una paleta de colores que remite al paisaje mendocino: desierto, montaña y tierra, reforzando una identidad profundamente conectada con el territorio.
La estética acompaña una premisa clara: que sea cómodo estar. Los espejos y la iluminación cumplen un rol central, no solo por su impacto visual, sino porque amplifican la sensación de espacio y generan juegos de contraste que vuelven al baño naturalmente instagrameable. Sin buscar rincones pensados específicamente para redes, el diseño ofrece una perspectiva fotográfica que surge de manera orgánica, como una extensión más de la experiencia.
Más allá de lo visual, el baño de Flor del Desierto está pensado para acompañar una estadía prolongada, reforzando la sensación de confort y pertenencia. La amplitud permite un alto grado de accesibilidad, algo que fue destacado incluso por especialistas en la materia, consolidando un equilibrio poco común entre estética, funcionalidad e inclusión.
Las Palapas: paisaje, madera y una experiencia orgánica

En Las Palapas, el baño nace a partir de una decisión poco habitual: poner el foco donde muchas veces se invierte al final. Al comienzo, el espacio funcionaba con baños alquilados y fue el propio público el que marcó la diferencia: todo era increíble, excepto ese detalle. Esa devolución fue suficiente para redoblar la apuesta e invertir en un baño que estuviera a la altura de la experiencia, pensado no solo como servicio, sino como un espacio para disfrutar y recordar.
El diseño buscó respetar al máximo el entorno natural. Piedras, madera y sarmientos de los viñedos se integran de manera orgánica, sin intervenir de más el paisaje para no perder su esencia. El trabajo se realizó junto a equipos locales y de forma muy artesanal: cada piedra colocada a mano, cada sarmiento tejido sobre estructuras de hierro. Franco Pisi, uno de los socios y arquitecto, fue clave para traducir esas ideas en un espacio funcional que conserve identidad y coherencia con el lugar.
Más que instagrameable, el baño de Las Palapas es memorable. No fue pensado para las redes, sino para que la experiencia de entrar quede grabada por lo único y bello del espacio. Aun así, el espejo refleja el fondo del dique y el color del lago, generando imágenes naturales que muchos eligen fotografiar. El sonido de los pájaros, la integración con el paisaje y el cuidado constante del entorno (avalado por el sello de sustentabilidad) convierten al baño en uno de los rincones más comentados del lugar.
Planta Uno: estética industrial y diseño reutilizado

En Planta Uno, el diseño del baño dialoga directamente con la historia del lugar. El concepto remite al pasado industrial del edificio, originalmente un taller metalúrgico, y se traduce en una estética que combina materiales, colores y elementos recuperados de la fábrica original. Cada decisión refuerza la identidad visual del mercado gastronómico, logrando una fusión equilibrada entre memoria e innovación.
El interiorismo, a cargo de Anne Bazán junto a la arquitecta Valentina Monteverdi, integra los baños al proyecto global del espacio. La reutilización de elementos existentes convive con cerámicas de fuerte presencia cromática (rojo vino en el sector femenino y verde naturaleza en el masculino), iluminación cálida con impronta industrial y espejos que amplifican la escena. Todo está pensado para que la experiencia continúe incluso en los espacios más funcionales.
Lejos de ser un rincón secundario, el baño forma parte activa de la percepción general del lugar. Funcionalidad, limpieza y accesibilidad son el punto de partida para construir un espacio cómodo, cálido e instagrameable. No es casual que muchos visitantes generen contenido allí, ni que el ingreso a los baños haya sido utilizado en campañas de comunicación del mercado. Con baños inclusivos, medidas de sustentabilidad y una estética coherente, Planta Uno confirma que cada rincón también cuenta una historia.







