Con el ánimo de mejorar situaciones que se repiten tanto en un carrito del Parque General San Martín, como en un sofisticado restó de bodega, focalizamos en la atención de bares y restós de Mendoza, una cuenta pendiente en los estándares de calidad para ser destino turístico de primera.

    Qué tienen los bares o restós que perduran en el tiempo? ¿Qué hace que vuelvas una y otra vez a un lugar?

    Cada uno tendrá sus respuestas pero sin ninguna duda la atención, la amabilidad, la rapidez y profesionalismo del personal estará entre las principales causas de tu fidelidad como cliente.

    En Mendoza los lugares que cumplen con estas premisas no son la mayoría. Desde que la provincia empezó a posicionarse como destino turístico relevante y su oferta gastronómica fue acompañando la tendencia con propuestas sorprendentes e innovadoras, observamos una pobre capacitación del personal que se ocupa de la atención.

    La situación se agrava después de la debacle que significó para el sector el «parate» de la pandemia. Sin embargo la crisis podría llevar a reflexionar sobre ello, cuando más que nunca es necesario mejorar.

    Mozos y mozas que no tienen la menor idea de cómo se descorcha un vino (¡en Mendoza!), jóvenes que prestan toda su atención al celular mientras los clientes agitan brazos como ahogados para que alguien les de bola, horas de espera para que llegue el plato, otras horas de espera para que alguien cobre, tragos con más azúcar que alcohol, platos que llegan fríos, reservas que no existen, precios locos, y una incómoda displicencia del tipo: «a mí qué me importa», hace que quienes están frecuentando bares y restós comenten: «Se quejan de que están mal pero nos tratan como si nos estuvieran haciendo un favor».

    Baja la asignación de personal (hemos visto chicas atendiendo, limpiando, preparando la comida, cobrando, sonriendo y abanicando por un sueldo de dos pesos con cincuenta), también baja la calidad de los productos, pero hay detalles que podrían corregirse e incentivar: amabilidad, dedicación, profesionalismo, respeto, condiciones laborales dignas y un salario acorde, para hacer valer la clásica premisa de que «el cliente siempre tiene la razón».

    En Buenos Aires la rotación de las mesas se hace evidente. Te atienden rápido porque tanto para el personal como para el dueño, la obviedad: a mayor cantidad, mayor ganancia, está presente en cada instante. Las buenas propinas incentivan, y también hay que decir que el mendocino no es generoso en ese punto. Otro ítem que motiva al personal es una comisión de acuerdo al consumo de su mesa, modalidad que se usa en grandes ciudades turísticas. Gana el dueño y gana el mozo ya que se ufana en ofrecer platos y bebidas a sus comensales en lugar de obnubilizarse con su whatsapp.

    Los gastronómicos del mundo no la están pasando bien, lo sabemos. Pero insistimos en que en Mendoza, las falencias del servicio no son nuevas.  Una mirada hacia adelante, debería prepararnos para estar a la altura de lo que pretendemos ser como principal destino turístico del país y de la región.

    Valeria Mendez