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Capas, cuerpo y memoria: un recorrido por “Desbordes” junto a Cecilia Carreras

Nos sumergimos en la nueva instalación de la artista, curada por Carolina Rodríguez Pino. Una propuesta que invita a perdernos en su territorio más íntimo.

“¿Qué es lo que intenta retener una pintura cuando parece apenas rozar una escena cotidiana?”. Con esta pregunta, formulada por la curadora Carolina Rodríguez Pino, se abre el umbral hacia una experiencia que desafía los sentidos. Estamos en el Museo Carlos Alonso, en la imponente Mansión Stoppel. El motivo que nos convoca es «Desbordes», la reciente exposición de la artista visual Cecilia Carreras. Pero hoy el recorrido no será solitario, sino que lo haremos guiados por la propia artista, en una caminata donde la obra y su creadora entablan un diálogo constante.

Para quienes conocen a la Ceci Carreras de las flores, los pájaros y las obras coloridas que habitan tantas casas y bodegas mendocinas, esta muestra puede resultar un choque. Sin embargo, como ella misma confiesa, hay muchas Cecilias. La que hoy nos abre las puertas es una que ha decidido habitar una zona de riesgo, de confrontación, dispuesta a mostrar un laberinto interno donde el cuerpo, la memoria y el territorio son los verdaderos protagonistas.

El cuerpo como origen

El recorrido comienza en la planta baja. En una sala oscura, frente a nosotros, un video en blanco y negro de unos tres minutos, en el que Cecilia es la protagonista, acapara toda la atención. A través de la danza y la improvisación corporal, sus movimientos nos revelan los primeros indicios de lo que será el núcleo de la muestra: los límites, los bordes, lo íntimo y las capas que la componen. El sonido profundo y magnético de un chelo inunda la sala, intervenido por un ruido áspero y rítmico que desconcierta al principio: el sonido del trazo de la carbonilla. Este ambiente sonoro no se quedará atrapado en esta primera sala, sino que nos acompañará como un latido constante a lo largo de todo el recorrido por los tres pisos del museo.

Para la artista, esta pieza audiovisual es una obra central que marca el pulso de todo lo demás. Me cuenta que el video fue el resultado de un hermoso trabajo en equipo que incluyó al realizador audiovisual Carlos Nahim, la dirección de fotografía de Bárbara Negroni, dirección de arte de Marina Barchilón, vestuario de Luis Agüero Yañez, la composición de movimiento junto a Graciela Conocente y la realización musical a cargo de Lilian Giubetich y Luquet.

«Es algo muy expuesto, me muestro mucho», reflexiona la artista, reconociendo la vulnerabilidad de la pieza. «Pero no se trata solo del cuerpo, hasta la mirada viene de muy adentro. El cuerpo acá no solo se muestra, sino que dibuja en el espacio».

Primer piso: arquitectura de la memoria

Subimos al primer piso y la percepción del espacio cambia drásticamente. La sala clásica del museo ha sido intervenida de una manera que descoloca y fascina. Una estructura de madera, similar a los caballetes o al esqueleto de una casa en construcción, serpentea por la habitación guiando nuestros pasos. Las luces son tenues, creando una atmósfera de intimidad.

«Quería mostrar los papeles, las superposiciones y los recortes, pero no en una sala abierta tradicional. Quería que el visitante entrara en un recorrido», explica Carreras.

Caminamos entre las maderas, asomándonos a las obras como espías. Es un juego constante entre lo que se oculta y lo que se devela. Las obras, trabajadas sobre papel con carbonillas, acrílicos y lápices, no están enmarcadas de forma rígida: tienen recortes, dobleces, partes que se escapan del soporte. Son, literalmente, desbordes.

En este nivel, que cuenta con un texto de sala escrito por la artista Marcela Furlani, las imágenes oníricas y ficcionales se multiplican. Aparecen figuras recurrentes: la biblioteca de su taller, una escultura de Fernando Rosas, referencias a Lucian Freud, Bacon y William Kentridge. También están sus infaltables gatos y la enigmática figura de la esfinge. En una de las paredes, Cecilia realizó una bitácora a gran escala, llena de rayones, palabras sueltas, frases, gestos en carbonilla.

Nada está servido en bandeja: las perspectivas confunden, no se sabe bien dónde están ubicados los personajes ni qué sucede exactamente en esos cuartos. Hay más preguntas que respuestas. «En cada obra me permito descubrir. Pienso: ‘quiero tapar esto’, o ‘no, quiero que esta línea de carbonilla quede’. Es lo mismo que pasa en el video: me muestro, me develo, me escondo. Pasa con mi cuerpo y pasa con la obra».

Segundo piso: la piel expuesta 

Si el nivel inferior era el esqueleto y las sombras, en el segundo piso se respira amplitud. Hay más luz y resalta en las paredes un tono coral. Cecilia revela que este color remite a la piel, a la intimidad. Acá nos encontramos con pinturas de gran formato sobre bastidor y tela, el hábitat natural en el que Carreras confiesa sentirse más cómoda y libre. Son cuadros de dimensiones imponentes, con una paleta en la que predominan los ocres, amarillos, azules profundos y rojizos. En ellos persiste la temática del sueño, la cama (un guiño a su muestra anterior, «Habitar la Piel», presentada en junio de 2025), del gato que parece flotar y de los espacios que oscilan sobre la delgada línea entre la figuración y la abstracción. 

Pero hay una novedad que rompe con la bidimensionalidad: la cerámica. Dispersas por las paredes, acompañando a los grandes lienzos, hay piezas de arcilla modeladas por la propia artista.

«Quería que algo saliera, que hubiera sombras, huecos. Estas cerámicas son pedacitos de los cuadros. Estaba trabajando la arcilla en mi taller, mirando mis propias pinturas, y empecé a sacar fragmentos de la obra para llevarlos al 3D. Fue un proceso hermoso y muy novedoso para mí».

En estas obras a gran escala se evidencia lo que la curadora define como «la primera piel, la superficie expuesta». Sin embargo, como bien advierte el texto curatorial, la imagen nunca es definitiva: «Bajo los colores, bajo la vibración de las capas, persiste un espesor. La pintura no cubre, acumula. No borra, transforma». Esta reflexión resulta clave para leer la muestra entera: nos recuerda que, incluso frente a la obra más acabada y luminosa, la pintura de Cecilia sigue viva, sostenida por todas esas capas, huecos y memorias que fuimos descubriendo a lo largo del recorrido. 

Habitar la zona de riesgo

Terminamos el recorrido, pero la sensación de estar habitando la mente de la artista persiste. Le pregunto sobre el vértigo de mostrarse tan vulnerable ante la mirada del público. 

«No hay nada impostado acá, lo que estoy mostrando es muy mío, soy yo. Es una muestra muy íntima. Y sí, tiene sus desafíos. Me interesa mostrar esta otra parte: mis procesos, mis investigaciones. Es una zona de riesgo porque no todos están acostumbrados, a veces no entienden, pero me parece interesante que la gente se mueva de su lugar, que se incomode un poco».

Esa es, quizás, la mayor riqueza de «Desbordes». No es una exhibición complaciente ni un relato cerrado que el espectador pueda consumir pasivamente. Es un campo continuo, una cinta de Möbius, como describe su curadora, donde el interior y el exterior dejan de oponerse. Esta muestra no solo es un testimonio visual del inmenso talento de Cecilia Carreras, sino también una invitación a perdernos en nuestras propias capas, a reconocer nuestros huecos y a aceptar que, al igual que en la memoria, nunca terminamos de fijarnos por completo.

Dónde: Museo Carlos Alonso – Mansión Stoppel (Av. Emilio Civit 348, Ciudad de Mendoza). Disponible hasta el 14 de mayo. Se puede visitar de martes a domingo y feriados, de 09 a 19 hs con entrada gratuita.

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