En un acto de rebeldía, Osvaldo Chiavazza sacó a la calle su obra e invita a otros escultores a segurilo en esta cruzada contra el agobio de la pandemia.

    Una escultura de Osvaldo Chiavaza le da inusitado color a su barrio. Desde hace unos días una mujer ingrávida, embellece la calle Zarate del centro. Es que el artista decidió abrir sus puertas y ganarle al encierro llevando su obra a la calle.

    Mientras fotografiamos la escultura, una chica que pasa en bicicleta aplaude. A lo vecinos les agrada el gesto de Chiavazza, lo celebran y disfrutan. El artista tuvo que contratar una grúa para sacar la pesada obra de su casa. El traslado se hizo de manera segura con la supervisión y cálculo de un ingeniero. La escultura fue pensada para el aniversario de la UNSAM (Universidad Nacional de San Martín) al que Chiavazza fue convocado junto a artistas destacados  como León Ferrari, Jorge Gamarra, Hernán Dompé y Rogelio Polesello, entre  otros, para exponer en un paseo de esculturas en el Campus Miguelete de la Casa de Estudios.

    Chiavazza Ph Val Mendez

    La escultura está relacionada a la ingravidez, nos explica Chiavazza «pero no se trata de la ingravidez del embarazo, sino de la relación de la Tierra con la luna, por eso está puesta a una altura tal que parece que estuviera levitando, así que la he llamado Ingravidez».

    Para el artista «el mundo se ha hecho grande otra vez». La imposibilidd de movernos como antes, de viajar ha alejado los horizontes. De ahí que la escutura en la veredea es su manera de «volver a valorar lo que es Mendoza, comenta y agrega: «siempre quise hacer cosas afuera pero sin dejar de hacer acá.  Me gusta relacionarme con mis vecinos, con mi aldea a la que llamo “la colmena chica”, entonces hay que empezar a poner en valor lo que tenemos, que es mucho. El intercambio que he tenido con los vecinos, con los niños, con la gente que pasa es  impresionante».

    La escultura se exhibe con la orientación hacia la salida del sol «haciendo como un plexo solar». «Todas las mañanas cuando amanece veo que le da el sol en el plexo y eso es lo que yo había imaginado», confiesa.

    En perspectiva con la obra,  una gran compuerta de Irrigación nos llama la atención. Osvaldo se entusiasma contando que el mítico Tajamar pasa exactamente por debajo de su casa. Podemos sentir el sonido del agua, algo que para él es parte del encanto de vivir allí. Nos invita a pasar. Desde adentro la obra también se aprecia. Un desnivel arquitectónico ha sido necesario en la sala principal para que las aguas del canal fluyan por debajo. Como escalones Osvaldo ha puesto los fabulosos libros de contabilidad de la antigua bodega Escorihuela. En ellos su obra avanza. Son los mismos que podemos apreciar en Casa Vigil Chachingo donde también sus dibujos embellecen estos tomos centenarios.

    Es un proyecto que desarrolla sin prisa y sin pausa. En 2001 los libracos fueron descartados por la bodega y él junto  a otros artistas los tomaron para usar sus hojas. «Son obras que voy haciendo, hay bocetos que luego desarrollo en el lienzo, retratos, intervenciones de amigos que vienen a verme», dice y anticipa que se los dejará a sus tres hijos.

    Antes de la nueva era (pandémica) Chiavazza viajaba por México. Alcanzó a visitar las playas de Tulum, los cenotes mayas y otros encantos de Yucatán. Tenía planes y el entusiasmo de recorrer caminando América latina. Alguien desde Europa le advirtió que se volviera, «sino hubiese tomado estos recaudos la pandemia me hubiera agarrado en el Amazonas, vaya a saber en qué condiciones y viviendo cómo», cuenta mientras propone esta nueva forma de abrir los mundos atrapados en casa y desliza que otros artistas posiblemente comiencen a  hacer lo mismo.  «Hace unos años Chalo Tulián colocó una escultura en la puerta, en El Challao. Así que esto no es un precedente, ya ha sucedido, sólo que yo lo relacioné con la pandemia».

    Colabortación: Agustina Agost.

    Fotos: Valeria Mendez