Tiene 91 años, hace 50 que vive en un neuropsiquiátrico desde donde logró que sus obras se vendieran en más de siete millones de dólares. Crónica de cómo sus alucinaciones se transformaron en arte.

    En 2013 Buenos Aires se vio invadida de los puntos creativos de Yayoi Kusama.  Tuvimos la suerte de estar en el lugar correcto y en el momento adecuado para disfrutar de Obsesión Infinita, esas pocas muestras irrepetibles. Y antes de tomar el vuelo de regreso a Mendoza pasamos por el Malba que explotaba de gente.

    Eran las vacaciones de invierno de un año frío. Imposible dejar pasar el desembarco Kusama, la primera muestra retrospectiva en América Latina de la mayor artista japonesa, una mujer extravagente que apenas conocíamos. Los árboles que rodean al Malba anunciaban la obsesión puntillista de esta artista que hoy, con 91 años, es la más cotizada en vida del mundo.  Entrar en esa dimensión fue toda una aventura psicodélica y lúdica que miles de familias disfrutamos con nuestros hijos.

    Nada más ejemplar para afirmar que el arte es la cura. Luego de vagar por habitaciones plagadas de sus polka dots (lunares), cámaras oscuras con puntitos lumínicos y otras con espejos de refracción infinita, nos adentramos en la loca cabeza de Kusama y ese universo de arte tan singular.

    Self Obliteration

    Nació en Japón, en pleno estallido de la II Guerra Mundial y en sus primeros años notó que miraba el mundo replicando patrones gráficos a diestra y siniestra.

    «Un día estaba mirando el estampado de flores rojas de un mantel. Y, de repente, lo volví a ver cuando miré al techo, cubría las ventanas, todo el cuarto. Hasta a mí misma. Me asusté, sentí que comenzaba a autodestruirme», explica la artista en un documental filmado por el director argentino Martín Rietti.  

    De allí surge por primera vez el término Self Obliteration  utilizado por Kusama para describir su proceso   Si indagamos en medicina el término obliterar alude a suturar, cerrar. También se puede interpretar como anular, tachar, obstruir. En esa primera etapa de su vida sintió que la visualización obsesiva de patrones gráficos la destruía por completo, entonces comenzó a pintarlos. A las 10 años utilizaba los círculos y los puntos para expresar lo que le sucedía mentalmente.

    A los 26 años se mudó a Nueva York  donde se vinculó con otras mujeres japonesas,  entre ellas Yoko Ono, integrando el movimiento Fluxus. Participó en diversos happenings en protesta contra la guerra de Vietnam, el más célebre y recordado fue su aparición desnuda en el Puente de Brookling. Aunque fue cobrando cierta notoriedad como precursora del arte pop, porque organizaba happenings en los que pintaba a las personas con lunares brillantes. Influyó e inspiró a artistas contemporáneos de su generación como Andy Warhol. También participó de Woodstock con la performance denominada Horse Play.

    Pero sus comienzos en Estados Unidos la llevaron a una gran depresión. Según escribe Inger Pedráñez en estilo.org «su destino no sería fácil, en un mercado competitivo y dominado por los hombres». A Kusama le copiaron ideas, no solo artistas neoyorkinos sino fábricas de ropa que tomaron sus diseños para impulsar toda una moda. Ser japonesa y mujer era una seria desventaja en los años 60 y ver cómo otros disfrutaban de éxito a costa suya la deprimió.

    «El pintor, ceramista y escultor italo-argentino Lucio Fontana la salvó, sin proponérselo, de su estado depresivo: financió la producción de la obra con la que Kusama irrumpió en la Bienal de Venecia del año 1966. No tenía invitación, pero ella se apostó a la entrada de la exhibición con Narcissus Garden —una pieza conformada por 1.500 bolas de espejos—, a la vez que repartía volantes que rezaban: «A la venta tu narcisismo»; cada circunferencia costaba apenas dos dólares. Su trasgresión fue censurada por el cuerpo de vigilancia, pero se convirtió en la noticia que eclipsó a los artistas que estaban formalmente invitados», consigna Pedráñez.

    La Bienal fue el puntapié para  que Kusama se hiciera notar, luego  con nuevas performances como la Boda Homosexual en la Iglesia de la Autodestrucción en 1968 y la Gran Orgía para Despertar a los Muertos en el MoMA, en el 69, se puso al frente de la vanguardia de artistas que buscaban un cambio y provocaban a la sociedad para lograrlo. Sin embargo, poco años después intentó suicidarse, quizás por la muerte de su compañero Joseph Cornell, o por su eterna enfermedad psíquica. Lo cierto es que regresó a Japón  y decidió internarse voluntariamente en el psiquiátrico Seiwa, en Tokio, donde vive actualmente.

    Lo curioso es que en 1993 (después de haber sido prácticamente rechazada y no invitada en el 66) le pidieron que representara a Japón en la Bienal de Venecia. Ese fue el año que colocó a Kusama en otra dimensión y su obra comenzó a cotizarse en una escalada increíble. Pasó de entregar sus narcisísticas bolitas de espejo por dos dólares a lograr que Sotheby’s vendiera la obra Star  en 290.000 dólares. En 2008 vendió Redes Infinitas en 5.1 millones de dólares y en 2014, Christie’s subastó la obra White No. 68 (1960) en 7.109.000 dólares.  Sus puntos se extienden hasta las carteras de Luis Vuitton que le dedicó a la artista una colección entera.

    Kusama continúa viviendo en el neuropisquiátrico y a los 91 años sigue pintando en su taller del barrio Shinjuku (Tokio) que queda a 10 cuadras del hospital. En 2017 la artista fundó su propio museo, el Yayoi Kusama Museum de Tokio con el objetivo de exhibir sus obras pero fundamentalmente brindarle a los visitantes «la oportunidad de aprender sobre las valientes batallas que Kusama ha librado como artista de vanguardia, permitiéndoles experimentar y sentir la sinceridad de sus ideas, a saber, salvar el mundo a través del amor».