El reconocido y experimentado médico clínico nos comparte su arte en papel y lápiz, y nos enseña que no hay edad para aprender ni para reavivar pasiones.

    El Doctor Miguel Pedro Ángela es uno de los más reconocidos en nuestra provincia y el país, su vida estuvo dedicada a su profesión pero nunca se alejó de su verdadera vocación y pasión: el dibujo y los caballos.

    Con una Medalla de Honor en su haber más jefaturas de servicios en hospitales, la dirección del Hospital Lencinas, distinciones y cientos de conferencias en distintos puntos, Miguel se entusiasma al recibirnos en el living familiar para contarnos cómo fue su vida cuando se quitaba el guardapolvo blanco y dejaba el estetoscopio.

    Cuando cursaba el secundario realizó su primer curso de historietas a distancia, por correo, y allí empezó a perfeccionar su amor por dibujar. «El dibujo me ha acompañado durante toda mi vida, siempre, y la historieta me apasiona», revela quien no obtuvo título por el quiebre del instituto pero que siguió haciéndolo por su propia cuenta.

    «Yo seguí dibujando en los momentos de ocio, me fui puliendo y viendo muchas obras de artistas porque soy un simple dibujante que no sabe pintar», señala el médico clínico hoy jubilado que elige el lápiz, la tinta china y la pluma para hacer sus cuadros. «La acuarela no me gusta, es una técnica muy difícil, sólo coloreo con lápices acuarelables pero sin agua para que no se me arruine el papel».

    La mesa donde nos reunimos con Ángela estaba llena de láminas con su arte, más de 100 seguro, y eso que él mismo advirtió que había hecho una selección para compartirnos. En su atelier tiene toda una colección y sólo ha regalado unos pocos a sus familiares y a pacientes con los que formó una linda amistad.

    «Una vez fui a visitar a unos amigos del consultorio y me acerqué a ver un cuadro muy bonito que tenían en un rincón especial, iluminado. Me interesó mucho y al rato me avisaron que era el que les había dado hacía tiempo atrás. No lo reconocí, me sorprendí porque enmarcados cambian completamente», comparte el médico y artista que nunca expuso su arte.

    Ángela quería estudiar arquitectura para poder dibujar planos y hacer diseños a mano pero por razones económicas y familiares terminó con el título de la facultad de Medicina. «Pero siempre seguí dibujando, en los trabajos que debía hacer y en mis tiempos libres. Y hasta logré lo que más quería: escribir un libro de medicina y hacerle yo mismo todos los dibujos», cuenta.

    Se trata de «El examen clínico. Anamnesis, semiotecnia y diagnóstico físico», el libro sobre examen clínico que le enseña a los médicos jóvenes o a los estudiantes avanzados cómo se examina al paciente para dar un diagnóstico y luego ratificarlo o descartarlo con algún estudio específico.

    En 2001 se jubiló de todos los cargos y se dedicó de lleno a su consultorio, el que atendió hasta hace más de un año y medio atrás, «igualmente el médico es médico hasta que se muere», confiesa.

    Y fue desde ese momento que Miguel aprovechó su tiempo para hacer «más de 100 cursos de dibujo por internet, he tratado de ir puliendo poco a poco, todos los días hago una extracción», suelta el artista autodidacta que nos sorprende con un video en el que se lo ve feliz, dibujando en una tablet.

    «Pero la pantalla no es lo mío, me gusta el papel y hacer los bocetos; quizá mi defecto es que hago las líneas muy fuertes y después al borrarlas quedan marcadas. Intento suavizarlas pero va mucho con mi personalidad, soy muy autoexigente».

    Ángela vive solo en su casa y destinó una de las habitaciones para armar su taller. Su escritorio está frente a una ventana con vista al jardín y a «un árbol hermoso de flores rojas». Tiene su computadora también para ver tutoriales de dibujantes, y al ritmo de melodías y boleros deja fluir su arte.

    La característica en común de las láminas de Miguel Ángela son los caballos, el animal que lo enamoró siendo un niño y que, hasta el día de hoy, lo atrapa. «Siempre me apasionaron y a los 58 años pude tener uno, se llamaba Caramelo y me lo regalaron mis hijos para un cumpleaños. Fue un momento de alegría inmensa».

    Con el tiempo llegó a tener siete y amaba ir al pedemonte con su grupo de amigos y disfrutar de una jornada al aire libre con asado incluido. «Anduve hasta los 80, es una pena muy grande, pero sigo disfrutando de los caballos viendo fotos». Son todas esas experiencias las que hoy refleja en sus creaciones. Las salidas al campo lo relajaban de las tensiones diarias de su profesión, y hoy, dibujarlas hace que sus días se pasen con otra velocidad y sea su remedio antiestrés.

    «Siempre dibujé el cuerpo humano y caballos. Los conozco tanto que me especializo en que se noten las características de cada raza», cuenta el artista autodidacta que suele sumar perros y personas a sus creaciones para contextualizar a los equinos.

    «Dicen que el caballo es lo más difícil de dibujar por su estructura ósea y muscular pero a mí me encanta. Lo más complicado de hacer son las cabezas. Desde que dejé el consultorio dedico como tres horas diarias a dibujar pero de día porque ya no veo bien en la noche».

    El realismo de sus dibujos impresiona. Su don es indiscutido y es lo que lo mantiene tan lúcido como en sus años dorados dentro del mundo de la medicina. Es un ejemplo a seguir  para quienes están en permanente búsqueda de «algo» que los haga feliz. Sus nietas se han dedicado a distintas ramas del arte. «Yo aconsejo seguir en búsqueda de lo que a uno le gusta, de serle siempre fiel a los principios propios. Por más que hagan algo que no les gusta, dar lo mejor en eso, pero no abandonar la otra pasión y seguir practicándola».

    El médico clínico es un amante del arte, de la arquitectura, de sus hijos y nietos como del campo y todos los recuerdos de vida que disfrutó allí.