En el último tiempo me pasó varias veces lo mismo: reuniones donde siempre solía haber vino, hoy necesariamente no lo hay. O aparece una botella, pero no es el centro. A veces se abre, a veces no. Y si se toma, es una copa, no tres. No es casual: el consumo cambió.

Entre la situación económica y una relación distinta con el alcohol, el vino dejó de ser ese “siempre está” y pasó a ser una elección más puntual. Ya no se compra por inercia, se compra cuando hay ganas. De hecho, distintos análisis del sector coinciden en que el vino dejó de ser una bebida cotidiana para convertirse en algo más ocasional, más elegido.
Los números acompañan esa sensación. Según el informe anual 2025/2026 de la División Vinos de Banco Supervielle, el sector atraviesa uno de los momentos más complejos de las últimas décadas: el consumo global cayó a su nivel más bajo desde 1961, empujado por factores económicos, climáticos y también culturales que están obligando a redefinir el negocio.
En ese escenario –y aprovechando su día–, el Malbec, cepa emblema de la provincia, empieza a sentirse distinto. No porque haya dejado de ser bueno, sino porque cambió el contexto en el que lo tomamos. Durante años, el Malbec fue una respuesta fácil. El vino que siempre funcionaba, el que estaba bien pedir, el que estaba bien llevar. También la industria empujó esa idea: una cepa, un mensaje, una identidad clara. Y durante mucho tiempo, alcanzó. Hoy, ya no tanto.
¿Qué pasó? En el medio, cambió el consumidor. Y ahí hay otra clave. Muchas bodegas coinciden en que las gamas medias-altas —históricamente sostenidas por cuestiones de clase— son las que más están sintiendo el impacto. Ese consumidor que durante décadas acompañó el crecimiento del vino de calidad hoy se encuentra en una tensión bastante clara entre la billetera y un discurso cada vez más presente sobre la salud.
Pero hay otro factor que también aparece en casi todos los análisis: los más jóvenes. Distintos estudios coinciden en que las nuevas generaciones consumen menos alcohol que sus padres. Menos vino, menos cerveza, menos de todo. Esto, leído rápidamente, puede sonar como una amenaza directa, pero quizás no lo sea tanto. Porque más que abandonar el vino, lo que hicieron fue cambiar el mapa de lo que consideran un disfrute. Hoy las experiencias pasan por otro lado: encuentros más íntimos, salidas más cortas, espacios más curados. Bares de vinilos, ferias, música en vivo, propuestas más chicas y más personales.
En este contexto, el vino —que durante años estuvo muy asociado a cierta idea de estatus, sofisticación o incluso cierto esnobismo— puede quedar un poco desfasado. No necesariamente porque no les interese, sino porque no sienten que necesitan sostener esos valores.
Por ello, creo que deberíamos replantearnos la pregunta: ¿y si las nuevas generaciones aprendieron a disfrutar sin depender del consumo de un producto? Tal vez el vino no desaparece, pero deja de ser protagonista. Ya no estructura la salida, ni define el plan. Si aparece, es como parte de algo más amplio, no como eje.
¿Entonces? Si el consumo cambió, si los códigos cambiaron y si hoy las formas de encuentro pasan por espacios menos estructurados, ¿por qué gran parte del mundo del vino sigue hablando como si nada de eso estuviera pasando?

En Mendoza, donde el vino atraviesa todo, ir a un bar de vinos todavía puede sentirse como algo de nicho: espacios más bien formales, discursos harto conocidos, cierta solemnidad que no siempre se vincula con las nuevas formas de salir. Mientras tanto, empiezan a crecer otros modelos. Lugares a los que no vas necesariamente por lo que venden, sino por la experiencia que proponen: la música, la estética, la comunidad, la sensación de pertenecer a algo. Y en ese contexto, casi sin darte cuenta, terminás consumiendo. No es el producto el que convoca, sino lo que pasa alrededor. Entonces la pregunta se vuelve inevitable: ¿por qué al vino le cuesta tanto correrse hacia ese lugar? ¿Es una cuestión de tradición, de discurso, de una industria que durante años encontró una fórmula que funcionaba y hoy le cuesta soltar? ¿O simplemente todavía no terminó de leer que el deseo cambió?
Tal vez ahí, más que una crisis, haya una oportunidad…









