Hay un universo entero que permanece invisible detrás de cada pieza de arte, y en nuestro ciclo Registro buscamos capturar esa dimensión oculta. Abrimos la puerta del taller del artista para ir más allá de la técnica pura y entender su mente: ¿Qué lo obsesiona?, ¿Cuáles son sus manías a la hora de trabajar? Acá lo importante es el detrás de escena.

En este séptimo episodio ingresamos al laboratorio de Agustín Herrera, alfarero y creador de vajilla de autor. Agustín es la mano detrás de muchos platos que habitan cocinas de alta gastronomía en Mendoza. Sin embargo, tras esas piezas que llegan a restós y bodegas, hay un taller repleto de máquinas, obras a medio hacer, polvo y mucho, mucho barro. Allí dentro, Agustín transita tanto el diseño utilitario como el arte escultórico, todo con una profunda curiosidad, siempre investigando y experimentando con los límites de los materiales.
El origen: tierra, pico y pala
Entrar al taller de Agustín es entender que la cerámica es, antes que cualquier otra cosa, geología en estado puro. Su proceso empieza metiendo las manos en la tierra. Parte de la arcilla que utiliza proviene de Potrerillos, adonde va personalmente equipado para la extracción. «Saco 20 kilos con una pala y un pico. Por lo general, se busca el material en lo profundo, porque afuera está más contaminado. Hago un pocito y voy sacando lo más puro», cuenta mientras nos muestra el espacio donde almacena la materia prima.
En su taller conviven las tierras más diversas, como las de San Juan y Misiones, las cuales somete a altísimas temperaturas solo para ver qué pasa. «La cerámica es todo el tiempo experimental. La teoría surge porque alguien lo probó. Pero a veces el trabajo no es tan lineal, así que yo siempre recomiendo experimentar con el material, someterlo a todos los ensayos posibles para conocerlo bien y no quedarte solo con lo que te dicen».
Para este alfarero mendocino, trabajar con el barro es dialogar con el tiempo geológico. Mientras amasa y modela, es muy consciente de lo que tiene entre las manos. «El material tiene memoria», explica. «Pensar que este barro en realidad era una roca durísima que se fue alterando con el tiempo, se fue moliendo, llegó al mar, bajó por la tectónica de placas y, con la fricción se volvió lava… Es todo un ciclo largo de millones de años que nosotros en el taller transformamos en muy poco tiempo. Cuando lo fundís, parece lava. El material tiene toda esa memoria»

De la fórmula química al caos del fuego
A Agustín le fascina la química y lo delatan sus cuadernos llenos de cálculos y anotaciones sobre diferentes sustancias. «En la facultad lo aprendemos y la verdad es que no a todo el mundo le gusta: a mí me encanta. Conocer las fórmulas te ofrece múltiples posibilidades con el color y la experimentación. Cada elemento tiene una función física o química».
Toda esa formulación científica culmina en el fuego. Para que el barro adquiera la dureza del gres y los minerales revelen sus verdaderos colores, el ceramista debe someter cada pieza a temperaturas extremas de hasta 1240 grados centígrados. Es allí donde la ciencia se enfrenta a lo impredecible, quedando a merced del fuego.

«No tenemos certezas cuando metemos las piezas al horno», confiesa. «Estudiamos para poder controlar todas las variables, pero me doy cuenta de que, a medida que pasa el tiempo, no podemos controlarlas. Siempre aparece una variable nueva que te sorprende y ahí creo que está lo maravilloso. Eso es lo que lo hace infinito porque todo el tiempo vas descubriendo cosas nuevas».
El torno como punto de partida
El eje central del taller de Agustín es el torno alfarero: una plataforma circular que gira a alta velocidad, sobre la cual se coloca un bloque de barro húmedo y se va moldeando con agua y la presión de las manos. Allí, bajo la inspiración de canciones de Mi Amigo Invencible o Spinetta sonando de fondo, da forma a la vajilla que nutre a restaurantes como Azafrán, Lagarde o Susana Balbo, pero también engendra sus esculturas contemporáneas. En lugar de sentir que la producción seriada para la gastronomía y la creación de una pieza única son universos opuestos, utiliza la delgada línea que los separa como su principal motor creativo.

«El torno justo tiene esas dos caras», reflexiona. «Por un lado, podés hacer piezas muy iguales. De alguna forma es como la primera máquina industrial que el hombre creó. Y por el otro, es una manera de lograr un volumen escultórico muy fácil. Podés alcanzar volúmenes grandes con poco material. Siempre me produjeron mucha curiosidad esas dos cosas y siempre voy de un lado al otro».
Para el artista, la inspiración no viene de una epifanía, sino del oficio mismo. Es en la repetición y en la atención plena donde aparece la obra. De la pella, esa masa amorfa inicial de barro puesta en el torno que él compara con un «lienzo en blanco», extrae la materia prima de sus esculturas. «Siempre parto de ahí. No es que digo “voy a modelar la cabeza de alguien”. Llego a partir del torno. El oficio es estar atento y descubrir cosas nuevas, van surgiendo ideas frente al material. Uno como artista tiene que ser una antena».

El tacto como certeza y la búsqueda de la «forma incómoda»
En una era dominada por lo digital, la inteligencia artificial y las pantallas, Agustín ha virado su búsqueda hacia lo que él denomina «la forma incómoda» y la experiencia de lo táctil.
«El tacto es uno de los sentidos que nos conecta con la realidad», afirma. «La realidad la descubrimos con el tacto. El tacto me da la sensación de certeza. En la alfarería estamos todo el tiempo midiendo con el tacto: sentimos a ver si está húmedo, tocamos el borde interno y externo para ver el espesor. Es medio irreemplazable. Además, para las relaciones… una relación sin una caricia, me parece rarísimo».
Esa búsqueda de lo físico lo empujó hacia un terreno más crudo. En sus obras, la utilidad del plato desaparece por completo para transformarse en formas viscerales suspendidas en la pared. Influenciado por las teorías de Rupert Sheldrake sobre los hábitos de la forma, se propuso indagar cuál era el comportamiento natural de la arcilla. El resultado fue tan corporal que fue una tercera persona quien terminó de darle sentido visual a su experimento: «Salieron estas obras de la pella sin cortar. Una piba una vez las vio y me dice “Che, se ven como órganos”. Me gustó la idea. Yo estaba en una etapa de tocar el interior, como de sacar la tripa. Ahora quiero hacer una serie más consciente con esa direccionalidad, que sean tripas colgando, bien de la entraña».
De la galería al restaurante (y viceversa)
Agustín asegura no ser un artista romántico. Dice que su cabeza está dividida entre los tiempos de entrega, las clases que da en la facultad y la vida cotidiana. Sin embargo, basta escucharlo hablar sobre procesos de su oficio, como el modo en que los minerales mutan dentro del horno, para entender que vive inspirado por lo que hace.
Es esa misma fascinación, junto con la curiosidad por su creación, las que hacen que su obra no se encasille. Para él, la experimentación no termina cuando el horno se apaga, sino cuando la pieza sale al mundo y se expone a la mirada del otro. Él no pretende que sus obras queden inmóviles detrás de la vitrina de un museo, más bien, le divierte que muchas de sus obras cobren vida en el uso cotidiano.
«Ponele que para mí un cuenco intervenido es obra, y no un objeto utilitario. Uno tiene la idea armada de decir “Me gustaría que la obra esté en una galería o con un coleccionista”. Y de repente viene un chef y me dice: “Bueno, pero yo acá le pongo un chocolate”. Y un chef termina teniendo una obra mía en su restaurante. Me gusta, porque es otra forma de que el arte circule por otro lado».
Y aunque disfruta que sus piezas se camuflen entre la alta gastronomía, también está gestando un lugar para quienes quieran sumergirse de lleno en su universo estético. Estamos hablando de Garibaldi 57. Este nuevo estudio y espacio de exhibición, ubicado exactamente en esa dirección de la Ciudad de Mendoza, es un proyecto impulsado junto a los artistas visuales Rodrigo Etem y Rodrigo Price. Un nuevo refugio pensado para ir a observar de cerca su arte y confirmar que, en su mundo, la experimentación siempre tiene las puertas abiertas.











