Nuestra provincia ha dejado de ser una postal estática de viñedos para convertirse en un laboratorio visual, donde la tradición y la vanguardia chocan y se abrazan. En esta nueva entrega del ciclo «Artistas que marcan el pulso», exploramos esa vitalidad a través de cuatro creadores que, de maneras distintas, están hackeando la identidad local. Ya no se trata solo de contemplar el paisaje, sino de intervenirlo: desde el diseño gráfico y la pintura costumbrista, hasta la inteligencia artificial y los oficios tradicionales resignificados.
A continuación, presentamos a los protagonistas: Gonzalo Varas, Látigo Warro, María Victoria Riveros y Belén Varinia. Cuatro visiones que confirman que el arte en Mendoza está más despierto y transformador que nunca.
Látigo Warro: Retratar la sed y el ocio de una generación
Si el costumbrismo del siglo XIX pintaba gauchos tomando mate, el del siglo XXI, según Esteban “Látigo” Warro, pinta amigos tomando cerveza en el cordón de la vereda. Su obra es un espejo de la «ranchada», de ese tiempo compartido que define a una generación. Sus cuadros capturan momentos donde el cigarrillo y el alcohol no son una denuncia, sino un dato de la realidad: en sus lienzos hay latas de Andes, Schneider o Stella que funcionan como bodegones modernos. «Me gusta jugar con las marcas, ponerlas en su lugar», dice. A veces, la identidad mendocina aparece por defecto, como en una pintura de amigos yendo al Dique, pero otras veces Látigo busca deliberadamente romper con el paisaje local para centrarse en una escena que podría ser de cualquier barrio del mundo.

Látigo estudió Artes Visuales, salió a la calle con el colectivo de muralistas Asfáltico (con quienes pintó muros muy reconocibles que seguro viste por diferentes puntos de Mendoza) y, finalmente, volvió a su taller. «Me siento más libre pintando en mi casa. En la calle a veces estás supeditado a que la imagen no choque», explica sobre su transición del muralismo a la pintura de caballete. Esa libertad se tradujo en un estilo propio que consolidó recién en 2020. Hoy, Látigo sigue pintando murales con Asfáltico, pero también está trabajando en pinturas de diferentes formatos, lo que lo ha llevado a exponer en el Museo Municipal de Arte Moderno de Mendoza y a presentar arte en formato vinilo en Oye Bar.

Con el deseo de expandir fronteras, en marzo parte hacia España con un objetivo claro: llevar su costumbrismo mendocino al viejo continente. Quiere pintar allá, hacer contactos, vivir la experiencia europea y luego volver con una mirada nueva sobre esa cotidianidad que tan bien sabe retratar.
Victoria Riveros: Folklore Cyborg y la era post-fotográfica
Formada en Artes Visuales, donde se enamoró de la fotografía, Victoria encontró en la pandemia de 2020 el escenario ideal para una experimentación radical. Ante la imposibilidad de salir o contratar modelos, ella misma se convirtió en la protagonista de sus obras, iniciando una serie de autorretratos que, en realidad, no hablan de ella. «No siento que soy yo, siento que estoy planteando una ficción. Me meto en personajes, es algo performático», explica sobre esas mujeres que habitan sus imágenes.
Su proceso es híbrido: primero se fotografía a sí misma en la pose exacta, luego edita en Photoshop, y finalmente utiliza la IA para generar esos objetos imposibles que su imaginación demanda: un sillón hecho de heno, un sol de mayo de hierro o un caballo de juguete hiperrealista gigante. «La inteligencia artificial me acortó el proceso de encontrar esos objetos surrealistas, pero el concepto y la composición son míos. Si le pido a la IA que haga la imagen completa, no me sale ni por casualidad lo que tengo en la cabeza», aclara. Para ella, esto ya no es fotografía pura, sino una «práctica visual post-fotográfica», un collage digital invisible donde los bordes entre lo real y lo generado se disuelven.

Riveros juega con la «fiebre argentina» y la identidad globalizada. ¿Qué pasa cuando un gaucho se viste con la estética del trap? ¿Qué sucede cuando desacralizamos los íconos patrios? «Me gusta cruzar lo clásico, lo que nos enseñaron como «arte culto» europeo, con lo periférico, con la cultura de barrio y la globalización», dice.
Inspirada por artistas como Cindy Sherman y por su cinefilia, Victoria no se queda quieta. Sus trabajos han sido expuestos en el Museo Máximo Arias, el Salón Regional Vendimia, el Espacio Eliana Molinelli, el Museo Municipal de Arte Moderno y el Palais de Glace (CABA), entre otros lugares. Ahora planea series nuevas que reinterpreten la escultura clásica desde la cotidianidad y colaboraciones con artistas de otras provincias, mientras proyecta expandirse hacia el video y la intervención física de la obra.

Gonzalo Varas: El orgullo lasherino como bandera estética
Gonzalo Varas es un diseñador e ilustrador que lleva casi veinte años marcando el territorio visual de la música independiente. Empezó a diseñar porque se cansó de ver afiches poco estéticos en la escena punk y terminó creando un lenguaje propio. De esta manera, con el paso de los años, Varas se ha convertido en el traductor visual de bandas como Motochorros, Camionero y de diferentes festivales. Ya sea en un póster para una banda o en una ilustración personal, Varas deja su huella en cada trazo.

Lo curioso de su proceso es que, aunque la mayoría de sus diseños son para músicos, no se inspira en la música. «Mis influencias son más que nada películas. A veces quiero que una banda me genere lo que me provocan diferentes películas», explica. Pero su otra gran fuente es la calle: Varas encuentra inspiración al observar una situación e imaginar su desenlace, o hasta en un comentario al pasar de una señora en la verdulería. Esos fragmentos de realidad son los trampolines para su creatividad.
Pero si hay un mandato que atraviesa toda su obra es su identidad territorial. «Nací y crecí en Las Heras. Me gusta la marginalidad, no desde una mirada romántica, sino porque me marcó y hago una reivindicación de eso. Quiero que en cada trazo se vea que soy lasherino», sentencia. Esa búsqueda de autenticidad es la que ahora lo lleva a preparar una muestra individual en Buenos Aires bajo el título explícito: «Esto es Las Heras». Allí, mediante sus obras, planea trasladar la mística de su departamento al corazón de Palermo. Sin embargo, su producción no se detiene: mientras continúa trabajando para diversos artistas musicales, también cuenta con una tienda online donde es posible adquirir sus productos y llevarse una parte de esa identidad gráfica.
Belén Varinias: La contemporaneidad de un oficio centenario
Mientras muchos ven en el fileteado porteño un souvenir para turistas o un adorno tanguero, Belén Varinias ve un lenguaje vivo capaz de contener memes, denuncias políticas y la identidad de los barrios mendocinos. Profesora de Artes Visuales, su encuentro con este oficio fue en pandemia, cuando tomó clases virtuales con Ainelén Blanes y cambió el dibujo y la escultura por esta técnica.

Su obra se mueve en una tensión constante entre la belleza ornamental y el mensaje disruptivo. Donde la tradición pondría, por ejemplo, a Carlos Gardel, ella pinta un meme de una paloma usando zapatos de taco o reversiona frases de cumbia para hablar de violencia institucional. «Me gusta cruzar dos lenguajes que parecen totalmente distintos. Combinarlos hace que tengan una contemporaneidad. Es una forma de volver a traer el fileteado, mantenerlo vivo, reivindicarlo», asegura.
Pero no todo es risa. Varinias utiliza los arabescos para enmarcar posturas políticas claras o críticas sociales. «El filete nació como un oficio de trabajadores. Yo, como docente y trabajadora, siento que puedo usar ese mismo lenguaje para expresar mis luchas. No busco embellecer el discurso político, solo uso mi oficio», sentencia.
Su trabajo la ha llevado a exponer en el Museo Municipal de Arte Moderno, en el Encuentro de Fileteadores y en la Embajada de Palestina. Para este año, su búsqueda material la lleva de vuelta al origen del filete, pero con una vuelta de tuerca: está trabajando en una serie de cortinas de colectivo intervenidas. «Como acá nadie quiere pintar un colectivo entero, busqué la forma de llegar a ese soporte». Es su manera de dialogar con la historia de este oficio que nació para decorar el transporte, pero desde una estética actual.









