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Registro #005: Paloma Vega – Color / Espontaneidad

La artista mendocina nos abre las puertas de su taller en el centro de Mendoza, donde hilos, piedras, lanas ochenteras, y telas vintage se transforman en joyería y textiles que desafían la homogeneidad con color, escala y una intuición desbordante.

En Inmendoza creemos que el verdadero valor de un artista no reside solo en lo que muestra, sino en todo aquello que permanece invisible detrás de la obra. Por eso existe Registro, un ciclo de exploración donde nos adentramos en el santuario más privado del creador: su taller. No solo para ver sus obras en proceso y terminadas, sino para entender el «cómo» y, sobre todo, el «por qué» detrás de cada una.

Esta vez, nos sumergimos en el universo de Paloma Vega, diseñadora y creadora de prendas y joyería contemporánea. Su trabajo es un diálogo constante entre lo que la sociedad considera «descarte» y lo que la intuición reclama como «tesoro». Piedras, metales, cuerdas, lanas de hace cuarenta años y plásticos encontrados se unen en piezas únicas, todas con colores vibrantes y diversos tamaños que contrastan entre sí. En un mundo que tiende a la homogeneización y al minimalismo, el trabajo de Paloma se levanta como un manifiesto de libertad e intuición.

De la joyería al textil: un universo de piezas únicas

La trayectoria de Paloma es una órbita de técnicas que siempre terminan volviendo al mismo centro. Empezó pintando y a los diez años ya tejía. En la última década, la joyería contemporánea fue su lenguaje principal, pero hoy el textil vuelve a reclamar su espacio con una fuerza renovada. Su producción de indumentaria es tan variada como sus collares: crea desde sweaters tejidos a crochet (donde su marca personal aparece bordada con mostacillas, dándole un relieve orgánico y precioso) hasta vestidos y prendas ensambladas totalmente a partir de retazos, camisas vintage desarmadas y descartes textiles que cobran una nueva vida. Esta elección responde a una búsqueda de sustentabilidad y al compromiso de no seguir recargando el planeta. Para ella, crear a partir de lo que ya existe es una forma de darle un respiro a un mundo saturado de consumo.

Es fascinante observar cómo conviven estas disciplinas, ya que a pesar de que cada objeto es único en sí mismo, hay un hilo conductor invisible que el espectador percibe de inmediato: el color, la escala y una cierta «incongruencia» que hace que se entienda que nacieron de las mismas manos.

El taller: El corazón que bombea ideas

En este universo de técnicas y materiales, el taller no es solo un lugar de trabajo, sino también el sitio donde el rumeo de la mente se detiene para dar paso a la acción. Paloma insiste en que este espacio es el corazón de todo: «Acá es como que me obligo a tener que atinar en el sentido de concluir ideas», confiesa. «Cuando no estoy acá estoy pensando “Ay, que lindo esto, qué lindo aquello”. Pero después tengo que venir y hacerlo, porque esa intención no está buena que se diluya por mucho tiempo». Es una lucha contra la procrastinación creativa, un respeto sagrado por el oficio.

Sin embargo, Paloma no impone su voluntad sobre el material, más bien sucede lo contrario. Ella expresa cómo al llegar al taller y encontrarse con sus telas, lanas y mostacillas, las ideas fluyen con más facilidad: «Vengo acá y pasan cosas mágicas. Cuando me encuentro con las cosas, por ahí la idea que traía vuela y empieza otra que está mejor o que tiene otro sentido».

Arqueología de lo cotidiano: El tesoro en el descarte

Uno de los aspectos que distingue a Palo es su capacidad para realizar una «curaduría involuntaria» a lo largo de los años. En su mesa conviven lanas de los años 80, con colores vibrantes remanentes de una época que ya no existe, con telas vintage de tapicería con dibujos de bambis y flores sacadas de otra década. Todo esto luego lo combina en sus creaciones.

«Es mucho experimentar. Mezclar piedras y plásticos y textiles y metales», comenta mientras muestra un collar que lleva un soldadito de juguete rosado que desenterró del jardín de una casa vieja. «Me había mudado a una casa que habían vivido unos niños y en el jardín siempre aparecían juguetes enterrados». Esa capacidad de ver belleza en un juguetito olvidado o hasta en las partes de acero de agujas de jeringas antiguas (de cuando no eran descartables) para crear un collar es lo que otorga a cada obra una profundidad casi arqueológica. Cada pieza es un estrato de tiempo, un ensamblaje de memorias que ella articula con una técnica que fue perfeccionando a lo largo de los años.

La rebelión contra la colección y el mercado

En un mercado acostumbrado a «drops» mensuales y colecciones estacionales, la artista mendocina se planta con una firmeza envidiable. Para ella, la lógica de la moda industrial tiene el poder de liquidar su creatividad. «No trabajo en colecciones», afirma con seguridad. «Ese ritmo tan de ahora me mata la creatividad porque te limita a una lógica del mercado que no tiene nada que ver con hacia dónde me llaman las voces de mi cabeza, de dónde está lo que quiero decir».

Su producción es limitada por naturaleza. Si usa una lana de otra década para un sweater o retazos de seda antiguos para un vestido, solo podrá hacer las piezas que ese material permita. Cuando se acaba, se acaba. Esto convierte a cada objeto en un ejemplar único, imposible de replicar incluso por ella misma. Es un lujo basado en la escasez del hallazgo, no en el precio del material.

El color como manifiesto 

Si algo define visualmente a Paloma es el uso desinhibido del color. En un mundo que a veces parece refugiarse en el minimalismo o en los neutros seguros, ella apuesta por el «mucho». Asegura haber intentado despojarse de usar mucho color, pero no lo ha logrado. Porque para ella, no se trata únicamente de una estética, sino de un trasfondo ideológico: en un contexto que tiende a la homogeneización de la sociedad, es de suma importancia resaltar lo que nos distingue, reforzar la idea de que todos somos únicos.

«Ser auténtico es lo difícil hoy. Incluso para las personas que por ahí no tienen que explicar por qué hacen lo que hacen, se siguen justificando un montón. Es el mensaje que deja lo que hago: animarte». Su obra es una defensa de la identidad latinoamericana, de esa tradición que no le teme a lo vibrante. «Me gusta mucho que sea como un poco una identidad latinoamericana. Como esto muy de no tenerle miedo al color, no tenerle miedo a lo grande». Para Paloma, ponerse una de sus piezas (ya sea un collar de grandes proporciones o un sweater de crochet saturado) es «intencionar» el día, un ritual de visibilidad frente al gris del mundo.

Últimamente, la artista se está alejando de la obligación de que el arte textil sea estrictamente «usado». Está explorando el objeto artístico puro, aquel que simplemente es. «Estoy pasando al objeto artístico que se plantea sin tanta explicación y eso me gusta un montón. Últimamente va por ahí mi imaginario». Esta transición significa proponerle al espectador un diálogo diferente: ya no se trata solo de cómo me queda esta prenda, sino de qué me pasa cuando se mira ese objeto. «Hay gente que me ha dicho que le gusta tenerlo y verlo, no necesariamente usarlo».

Crear sin explicaciones: amuletos contra la homogeneidad

Mientras el mercado exige resultados inmediatos, Paloma defiende el derecho a la autenticidad y a la expresión sin explicaciones. En este relato, el taller es el epicentro de una resistencia hecha de hilos, mostacillas, uno que otro objeto hallado en algún lugar  y la convicción de que, pase lo que pase, lo más importante es hacer y crear, no importa desde qué lugar. 

En el universo de la artista, cada sweater bordado y cada piedra conectada con otra en una joya única funcionan como amuletos contra la homogeneidad y como prueba de que la libertad creativa es nuestra forma más alta de valentía. Sus obras nos invitan a recuperar el asombro por lo inesperado y el respeto por los procesos hechos con paciencia, un mensaje lleno de color que nos recuerda que siempre habrá lugar para lo auténtico y lo hecho con amor.

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