Bienvenidos, una vez más, a nuestro ciclo Registro. La premisa es clara: buscamos adentrarnos en talleres de creativos para conocerlos en profundidad. Con cada visita queremos cruzar el umbral de lo privado hacia lo creativo y responder: ¿qué revela el espacio sobre su creador?

En esta edición #013 nos dirigimos a la Sexta Sección de la Ciudad de Mendoza, donde nos recibe la consagrada artista plástica Cecilia Carreras. Con su característica sonrisa y una taza de té, nos invita a entrar en su taller, ubicado dentro de Aristóbula, su espacio de arte. Un poco más allá está su casa. Cecilia nos guía por el interior de una antigua vivienda que encontró en mal estado y refaccionó por completo.
«Aristóbula y el taller significan muchísimo porque es ahí donde sucede la creación. Pero las cosas también suceden en otros ámbitos que uno después vuelca en el taller», sostiene mientras avanzamos por el lugar.
Al entrar al taller, algo llama enseguida la atención: la ausencia de una puerta. Y no es un detalle menor. Es una apertura, literal y simbólica, pues lejos de celar su intimidad, Cecilia prefiere esta transparencia y apertura.
Mi taller es muy íntimo porque son objetos, elementos y materiales muy propios. Pero acá no hay muchas máscaras. La gente entra porque no hay puerta y yo no la cierro. Me muestro, me expongo.
El ritual del té y la energía de la alondra
Para definirse, Cecilia recurre a una metáfora curiosa: «Soy una alondra». Esta autopercepción nace a partir de la idea de que su lucidez y fuerza creativa despiertan junto al sol, al igual que el ave.
Pero antes de comenzar el día, hay un compañero indispensable: el té. «Yo tomo nada más que té. No puedo ir al taller sin él; me acompaña siempre. Cuando como un asado, tomo té; cuando como una pizza, tomo té. Siempre es el té», confiesa. Testigo de esto es un mueble en su cocina que exhibe una colección de tazas con diferentes motivos y tamaños, teteras encontradas en diferentes puntos del mundo, cucharitas y pequeños platos para saquitos. Cada elemento es un fragmento de sus viajes, un hallazgo o un regalo de alguien cercano que encuentra en el acto de beber esta infusión un reflejo de Cecilia.
El arte también está presente en cada rincón de la casa. Incluso en el baño, donde encontramos un mural y obras de otros artistas. En el comedor, distintas piezas acompañan su vida cotidiana y forman parte de ese universo visual del que Cecilia se nutre. Es así como, de manera silenciosa y bajo la observación diaria de estas obras, brota la inspiración y la impulsa a crear.
Un «altar» en la pared: los rastros que nutren la obra
Nos dirigimos, ahora sí, al taller, que recibe a Cecilia desde temprano. Pero no es el único lugar donde encuentra inspiración: la danza también ocupa un lugar fundamental en su proceso creativo.

Es para mí algo muy vital y muy creativo. Y después traigo todo eso, por supuesto, al taller.
Ese vínculo con el movimiento también aparece en su manera de pintar. Cecilia trabaja siempre de pie, desplazándose constantemente por el espacio. Suele acompañarse de música instrumental, aunque hay momentos en los que prefiere el silencio para escuchar lo que la obra le pide.
Mientras me muestra el taller, mi atención se detiene primero en una mesa llena de pinceles, materiales y cuadernos con bocetos sueltos. Después, en la biblioteca, que revela su interés por la lectura, especialmente ensayística. Pero hay algo en lo que reparo con más atención: una pared contigua a la entrada, donde conviven dibujos de sus hijos, máscaras africanas traídas de Marruecos, juguetes de su infancia, postales y frases sueltas.
Me tomo el atrevimiento de llamarla «altar». Cecilia se sorprende: nunca lo había pensado así, pero acepta la definición y dice:
Fui poniendo cositas que me significan algo, que son importantes para mí. Son elementos que están permanentemente en mi cabeza y en mi obra, figuren o no. Me nutren aunque no parezca.
Otro objeto que suele descansar sobre su mesa de trabajo y aparece recurrentemente en su obra es una granada partida por la mitad. En el fondo del jardín crece un granado que, según cuenta, fue la segunda «señal» que la convenció de comprar la casa donde hoy funciona Aristóbula. ¿La primera? El mandarino que todavía recibe a quienes llegan a la entrada.
«Esta casa era un páramo, nada más existía el mandarino, y esa fue mi primera señal para comprarla, porque en pandemia la mandarina me acompañó mucho», relata. «Después, al ir al jardín del fondo, vi un granado. En cada casa donde he vivido hay granadas y están muy presentes en mi obra, las pinto mucho. Entonces dije: “Ya está”».
La danza final
Antes de despedirnos, Cecilia accede a un último pedido, uno que parece reunir buena parte de lo que conversamos durante la visita. Se coloca frente a uno de sus lienzos de gran formato, que formó parte de Desbordes, su última muestra en el Museo Carlos Alonso, y comienza a bailar.
Observarla es presenciar algo íntimo, aunque sin la incomodidad de sentirse un intruso. En este recorrido por Registro, estuvimos ante una artista que busca sin escrúpulos el autoconocimiento y ser motor de su propia creación. Cecilia habita el mundo con los sentidos abiertos, permitiendo que la vida la atraviese en todas sus formas.

Está en el cine, un arte que confiesa que le «vuela la cabeza»; en el movimiento de su cuerpo mientras pinta; en los objetos y recuerdos que reúne a su alrededor. Y también en ese ritual cotidiano que la acompaña a todas partes: una taza de té.
Ella sabe, quizás mejor que nadie, que el acto de crear no es un proceso solitario, sino una relación constante y vibrante con los otros, con los objetos que colecciona, con los espacios que habita y con los rituales que la sostienen. Cecilia Carreras no se esconde detrás de su obra, sino que decide mostrarse a través de ella. Y eso es, en definitiva, lo que Aristóbula, desde hace 5 años, le revela a cada persona que cruza su umbral.













