Papas fritas saladas. Una pizza con mucho queso. Un lomo goteando mayonesa por los costados. ¿Te parecen «platos maridados»? Seguramente no, pero sí lo son. El maridaje ocurre todo el tiempo, no solo en la alta gastronomía y en platos sofisticados.
Con esa premisa, le preguntamos a cinco sommelières mendocinas qué tomarían con la comida de todos los días. Las respuestas tienen de todo un poco, pero pueden llegar a resultar más interesantes de lo que creés.
Ensalada y vino naranjo: cuando la guarnición ocupa el trono
La ensalada pasó años relegada al costado del plato. Ahora, se volvió protagonista de muchas propuestas gastronómicas.
Cuando piensa en una ensalada de primavera o verano, la sommelier Camila Cerezo Pawlak piensa en frescura, crocancia, acidez, un dulzor apenas insinuado. Para acompañarla elige un vino naranjo, puntualmente el Chakana Singular Torrontés de maceración prolongada.
Su propuesta apunta a una ensalada con carne blanca —pescado o ave—, hojas turgentes y alguna fruta de por medio. La floralidad, el tanino y la acidez del vino sostienen esa mezcla de componentes sin que ninguno se pierda en el camino.
Los vinos naranjos tienen tres atributos clave que los transforman en compañeros de comidas frescas, pero complejas: acidez, tanino y textura.
La acidez limpia la untuosidad del aceite de oliva de la vinagreta. El tanino sostiene la estructura de la proteína. Y el perfil floral y frutado dialoga con las hojas, los cítricos, la granada y las peras.
Hay ingredientes que aparecen y desafían cualquier combinación: anchoas, aceitunas en salmuera, alcachofas, espárragos, algún picante extremo. Pero no por eso arruinan el maridaje, más bien empujan a buscar otra bebida y a recordar que esto no termina en el vino.
Como segunda opción propone un espumoso tipo pét-nat, el NOX de Gaby Dvoskin. Burbujas vivas, acidez marcada, notas directas de fruta y hierbas. Todas esas características funcionan bien con una ensalada para un mediodía caluroso, y de paso saca al espumoso de la celebración y lo lleva a la mesa de todos los días, servido fresco, sin tanta ceremonia.
No hay reglas fijas para acompañar una comida. Todo vale si entendemos que la mesa es un espacio de disfrute y que lo más importante es que el conjunto resulte delicioso.
Y aunque solemos imaginar el maridaje como algo propio de un restaurante sofisticado, para ella también sucede en casa. Cuando elegís qué tomar mientras cocinás o con qué acompañar una comida, ya estás pensando en cómo se encuentran los sabores. Quizás no lo llamemos así, pero también estamos maridando.
Camila Cerezo Pawlak es sommelier y trabaja de forma independiente para Susana Balbo Unique Stays y el restaurante La VidA, en Chacras de Coria. También integra RITO, un proyecto enoturístico de Jujuy que reúne cada año a cocineros, sommeliers, periodistas y productores.
Pizza y Bonarda: un maridaje que se siente como en casa
Pocas son las comidas que dan una satisfacción tan inmediata como la pizza. Esto es porque resuelve cualquier juntada, hay muchas variedades y es fácil de compartir. Para acompañarla, la sommelier Camila Torta va directo a una Bonarda jugosa del Este mendocino.
Antes que nada, me gustaría destacar que con el vino no hay verdades absolutas. Si bien existen armonizaciones que son más buscadas y apreciadas por la mayoría, siempre puede haber alguien a quien no le agraden. Lo principal es que cada uno explore sus gustos personales.
La pizza y el Bonarda tienen algo en común: son versátiles y simples. La pizza te da un placer inmediato; el bonarda va por un lugar conocido, es un vino fácil de entender y disfrutar.
Ahora, hay pizzas y pizzas. Si es una calabresa con bastante picante, Camila cambia el Bonarda por un Torrontés: su aroma potente y su frescura lo vuelven un buen compañero del picante, como pasa tradicionalmente con varias comidas del norte.
Como segunda opción no se complica tanto y propone una Criolla norteña. Si uno pide pizza es porque busca algo rico, fácil, que reconforte. El vino, dice, tendría que acompañar esa misma idea.
«Hay vino para cualquier comida», afirma. Pero para encontrarlo hay que probar, animarse, conocer los propios gustos y dejar de lado algunos prejuicios. Como dice ella: «vayan sin prejuicios y disfruten el encuentro».
Camila Torta es sommelier, head sommelier en Azafrán. Este año, fue distinguida con el MICHELIN Guide Sommelier Award 2026, reconocimiento otorgado a la mejor sommelier del año.
Lomo y Garnacha: un tinto fresco para un clásico mendocino
Carne, jamón, queso, tomate, huevo y mayonesa entre dos panes. El lomo mendocino no le esquiva a nada. Grasa, condimentos, texturas y una intensidad de sabor incomparable. Para acompañar la versión tradicional, Constanza Chiarelli, va por un tinto ligero, de esos que se sirven bien fresquitos.
Su cepa de cabecera es la Garnacha. Cuenta con un buen grado de acidez para cortar la grasa del plato y taninos moderados que acompañan sin taparlo. Como ejemplo concreto, recomienda Alma Gemela, un vino de Lavalle hecho con uvas de parrales orgánicos y viñas viejas.
«Cuando lo tomamos con un lomito, nos refresca. Es una uva que, por lo general, tiene un buen nivel de acidez, que ayuda a limpiar la grasa y los condimentos», explica. Sus taninos medios, además, hacen que el vino no se quede corto frente a la intensidad del sándwich.
Ahora, no todos los lomos van con la misma botella. La Garnacha funciona para la preparación tradicional, pero si de repente aparece un queso azul, por ejemplo, ahí hay que buscar otro perfil vínico.
Para los que quieran arriesgar un poco más, Coti tiene un as bajo la manga: un blanco de Fiano. ¿Cuál específicamente? El de Bodega Caelum, una etiqueta con paso por barrica que gana la estructura suficiente para bancarse un plato contundente y que despliega una nariz compleja.
Solemos pensar el maridaje como una práctica cara, pero para ella (coincidimos) es más cotidiano de lo que parece.
Es lo que hacemos sin darnos cuenta en casa cuando elegimos tomarnos un tinto con el asado del domingo, solo que no lo llamamos maridaje.
Constanza Chiarelli es Maître en Espacio Trapiche.
Papas fritas y espumante: un encuentro entre burbujas y crocancia
Doradas, crujientes, saladas… las papas fritas tienen esa cualidad irresistible: arrancás a comer y no podés parar. Para acompañarlas, la sommelier Carla Di Módica va directo a un espumante fresco y liviano. «La acidez ayuda a limpiar el paladar de esa sensación untuosa y sedosa que dejan las papas fritas», dice.
Y no es solo cuestión de contrastar grasa con frescura. También entra en juego la textura: el crunch de la papa y las burbujas se potencian entre sí y refuerzan esa sensación crujiente. La sal y la acidez, además, funcionan especialmente bien juntas: realzan sabores y aromas y dejan una frescura que invita a otro bocado y otro trago.
Para Carla, esto también es una forma de devolverle al vino su lugar de todos los días.
No necesitamos convertir cada comida en una ceremonia para poder tomar una copa y pasar un buen momento.
Y tiene razón. Al final, maridar también es una cuestión de disfrute. No siempre son necesarios grandes platos ni combinaciones sofisticadas: a veces, una copa de vino y unas buenas papas fritas son suficientes para encontrar el equilibrio perfecto.
Carla Di Módica es sommelier especializada en la creación de eventos gastronómicos, donde busca acercar el vino a las personas a través de experiencias que combinan gastronomía, cultura y disfrute.
Hamburguesa y vino: no hay una receta, hay que mirar qué tiene adentro
Para Candela Pascuarella Leiza, no existe eso de «el vino de la hamburguesa», todo depende de cómo venga armada y qué ingrediente se roba la escena. Si es la clásica, carne, cheddar, con salsa común, ella va por un tinto joven, con buena fruta, fresco.
Pero cambiás un ingrediente y cambia todo. Si aparece un queso azul, prefiere un blanco con acidez, cuerpo y algo de intensidad aromática. Y si la carne viene bien marcada, con lo ahumado a full, recién ahí entra un tinto con más estructura.
«Una hamburguesa puede tener un montón de elementos al mismo tiempo: grasa, sal, proteína, dulzor del pan, acidez de los pickles, salsas, especias, picante. Por eso me parece mucho más interesante pensar qué está pasando en ese plato que simplemente repetir «carne con vino tinto»», dice.
La acidez del vino refresca contra la grasa. Los taninos acompañan la carne, aunque no siempre necesitan ser los protagonistas. Con queso azul de por medio —grasa, sal, sabor intenso— un blanco con cuerpo arma un contraste bastante más interesante que un tinto pesado.
Ahí está lo que a Cande más le importa, en realidad no tanto el ingrediente estrella, sino cómo se combina todo. Una cebolla caramelizada o un pan brioche piden algo más frutado; un toque picante saca de la mesa los vinos muy alcohólicos o de tanino marcado, porque el picor se dispara. Hasta el pan cambia el rumbo un brioche trae dulzor y una miga mantecosa, nada que ver con un pan más neutro.
Como segunda opción, algo que no se te ocurriría de entrada: un espumoso. «Puede parecer una opción poco obvia, pero funciona increíblemente bien con una hamburguesa. La acidez y las burbujas ayudan a limpiar el paladar frente a la grasa de la carne, el queso y las salsas, y hacen que cada bocado vuelva a sentirse fresco», explica.
Un espumoso rosado, dice, suma un perfil de fruta que le cae bien a la carne y los condimentos. Y de paso lo saca de ese cajón donde lo tenemos metido, el de brindis y ocasión especial. Nada impide un sábado al mediodía, hamburguesa en mano, copa de espumante.
Creo que durante mucho tiempo el vino se comunicó desde un lugar bastante solemne, lleno de reglas, con la idea de que ciertas botellas necesitaban determinados platos para estar «a la altura».
Candela Pascuarella Leiza es sommelier en Napa Wines y Lucky Wines.















