En la legislatura de la Municipalidad de Guaymallén, en el nombre de la sala de arte de la Nave UNCuyo, en el impulso fundacional (y decanato) de la Facultad de Artes y Diseño, en distintos hogares de artistas locales e internacionales, en murales ubicados en diferentes puntos de la provincia (¡incluyendo la pared de Flavio Soppelsa!), y hoy en una muestra bajo la cúpula principal del Espacio Contemporáneo de Arte Eliana Molinelli… Son muchos los lugares donde la obra y el nombre de Luis Quesada perduran. Ese sería su legado más tangible. Pero si hablamos del intangible, aquel que hizo crecer a toda una generación de artistas mendocinos, basta decir que él fue el motor detrás de gran parte de la vida cultural de la provincia: promotor de la enseñanza artística formal, gestor de espacios comunitarios y, sobre todo, un convocador incansable de amigos, discípulos y curiosos, sin importar el conocimiento que cada uno tuviera sobre el arte.

Sin embargo, lo que más conmueve de esta figura tan importante en la historia del arte mendocino es que todo aquel que lo rodeó se vio atravesado por ese encuentro. Luis es una persona recordada con un amor que ha trascendido incluso después de su partida. Y esto es algo que confirmé al poder charlar con su hija, Acelí «Pepe» Quesada, testigo privilegiada del proceso creativo de su padre, y con Gabriela Moreno, profesora de artes visuales, curadora de la muestra y amiga de la familia. Fue una charla distendida, donde las risas, la emoción y las anécdotas de Don Luis no faltaron, todo bajo el cálido abrazo de la obra de este gran Maestro.
La génesis de la muestra
Quesada por Quesada surgió como homenaje por el 103° aniversario del nacimiento del artista. Pero este título contiene una segunda intención: la de poner en primer plano a Acelí como hija y partícipe silenciosa del arte de Luis durante décadas.

Son las obras de Quesada presentadas por ella para darle impronta a la figura de Acelí como hija, como artista y como colaboradora en la realización de estas obras.
La convocatoria, recuerda Acelí, surgió hace varios meses de la mano de Gabriela, «una queridísima amiga de mi padre y de nuestra familia». Mientras seleccionaban las piezas para la muestra, encontraron en un cajón enorme decenas de carbonillas inéditas, guardadas durante décadas, entre ellas retratos de Acelí que nunca antes habían salido a la luz. «Me pagaba 25 centavos mi padre por posar horas y horas, me acuerdo que me alcanzaba para comprarme una Rhodesia o dos Titas», recuerda entre risas. Todo ese material había quedado oculto durante años, y su aparición fue una de las grandes sorpresas del proceso curatorial.

Lo contemporáneo de una obra hecha hace medio siglo
Uno de los ejes que Moreno señala con mayor énfasis es la vigencia de la producción de Quesada:
Está absolutamente a la vista la modernidad y lo auténtico de su obra, la actualidad de la misma.
La curadora atribuye esa vigencia a la combinación entre el arte americano y latinoamericano, atravesado por un juego entre figuras geométricas y personajes figurativos, y sobre todo, el color. «Una de las cosas más personales y vívidas que hizo Quesada fue su forma de manejar el color, creando combinaciones potentes y vibrantes que hacen que el espectador tenga ganas de acercarse a la obra», señala.
Basta con observar cada pieza, tanto en las esculturas de pequeño y gran formato como en los cuadros, para entenderlas como «un estallido, una explosión de creatividad», en palabras de la curadora. Creatividad que el Maestro sostuvo hasta el final, sin pausas a pesar de la edad. «Trabajaba hasta las tres o cuatro de la mañana, ya siendo una persona muy mayor. Siempre acompañado de mi madre», relata Acelí.
La fórmula Quesada: compartir el secreto
Si algo distingue a Luis Quesada del arquetipo del artista celoso de su técnica, es su vocación comunitaria. Acelí lo dice directamente:
En lo que más se enfocó en su vida fue en la función social del arte en Mendoza. Quería que el arte fuera para todos, que no fuera de élite.
Y esa convicción se tradujo en no guardar sus secretos: «No solo los compartía, sino que llevaba a grupos enormes de personas a imitarlo, copiarlo, porque él decía que copiar era la mejor forma de aprender».

Ese impulso comunitario también lo llevó a convocar a artistas para que se instalaran en Bermejo, propuesta que muchos aceptaron. Y en esa misma zona gestó la Plaza de las Artes y las Flores, un proyecto pensado «para que los niños vivencien el arte de manera compartida», resume Gabriela.
El hombre tras el artista
Cuando les preguntamos a Gabriela y Acelí cómo era Luis en lo personal, ambas sonríen antes de responder. «Divertido. Esa es la palabra», dice Acelí sin dudar. Cualquier pregunta sobre una de sus piezas derivaba en anécdotas, risas y un relato histriónico. Así también era su proceso creativo: el verdadero motor de su trabajo fue siempre la experimentación. «Todo lo hacía con un ímpetu enorme; su curiosidad era incansable».
Aunque también existía otro Luis que pocos conocen: «Él escribía, pero firmaba como Juan Vargas». Cuando lo hacía, se ponía serio y pedía silencio. Pero esos textos, dice Acelí, tenían una belleza que la gente debería descubrir.
Gabriela, por su parte, lo sintetiza con una imagen que le eriza la piel: «Para mí fue un filósofo. Un filósofo de la vida». Describe a un hombre con una humanidad increíble, trascendental, con una presencia contenedora y abarcadora que generaba en el otro la necesidad de escuchar. Tenía fuertes convicciones, pero al charlar era flexible. «Y era alegre. Si tenía que decir cosas serias, las decía, pero siempre terminaba con algo divertido». Y creía, absolutamente, en el arte como herramienta que transforma, que hace mejores a las personas.
Vivir como Don Luis

Lo más fácil sería concluir esta nota con una simple invitación a transitar el ECA y maravillarse con la obra expuesta. Pero esta vez, ante el impulso de una charla sobre un hombre que inspiró a una gran cantidad de personas, me tomo otro atrevimiento. Tal vez la verdadera invitación de esta nota es a vivir, tanto el arte como la vida misma, tal como lo hacía Luis Quesada. ¿De qué manera? Convocando a los demás, incentivándolos a crecer, y compartiendo lo que uno sabe sin miedo a quedarse con las manos vacías, porque él demostró que quien entrega sus secretos no los pierde, sino que vuelven convertidos en comunidad. Y hacerlo todo con la alegría de quien entiende que crear no es un mérito, sino una manera de habitar el mundo hasta el último día de nuestras vidas.









