El dúo de street art GauchoLadri intervino los elevadores de un hotel y desde entonces subir y bajar por el edificio se convirtió en un atractivo en sí mismo.

Pintaron «al palo”, dicen. Una vez resuelto el proceso previo, los artistas y diseñadores Federico Calandria y Marcos Zerene pasaron dos noches de trabajo en el subsuelo del Hotel Huentala. Un ascensor de un metro por un metro y su contiguo, de dos por uno, fueron las paredes interiores en las que desplegaron su arte con la impronta de GauchoLadri, el colectivo de street art que integran desde 2010 movilizados por la tarea de intervenir retazos del espacio público con su «iconografía tercermundista».

En esta oportunidad el pedido surgió por parte del hotel  y tras presentar algunas propuestas con tema libre, el amarillo, el blanco y el negro fueron los colores elegidos para dotar de geometría simbólica a los elevadores. Una vez ploteadas las superficies para no dañar las estructuras, «imprimieron» los pisos y pintaron las paredes y los techos con plantillas de sténcils.

«Lo que hicimos fue buscar referencias de texturas indígenas motivados por el nombre del hotel, de procedencia huarpe», comenta Marcos. «Queríamos componer algo moderno y que tuviera la estética de lo que hacemos nosotros, street art, y que al mismo tiempo fuera tradicional», agrega Federico.

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Así es como luego de una selección de tramas de distintas culturas originarias procedieron a su simplificación para finalmente volverlas patrones y realizar la composición in situ con aerosoles negros, previo render 3D. La experiencia alcanza su «Psicodelia ancestral», como se llama la obra, cuando las puertas se cierran y las figuras se multiplican por el efecto del espejo. «Tratamos de reflejar nuestra impronta de arte urbano y de acompañar con nuestra intervención la colección de arte que tiene el hotel».

¿Cómo nace una idea? De un café, de una birra, de una charla, en el medio de un partido de fútbol. Tras largas «previas» y una tormenta de ocurrencias, Federico y Marcos van tras un ícono y una frase y se dejan llevar por lo que imaginan, ven o escuchan. «Nos inspiramos mucho en la vida cotidiana y en palabras en desuso, del lunfardo y bien nuestras. En este caso fue trabajar con nuestros antecesores artísticos y rendirle un homenaje a las culturas nativas».

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Dos mundos y un nuevo concepto abarcan el espacio y describen a la obra: «Utilizamos la refracción del espejo para generar la sensación de estar inmerso en la trama, en otra dimensión, transformando el viaje en una experiencia sensorial que nos conecta con lo ancestral y lo moderno a la vez», apuntan sus creadores, con obras entregadas a las calles de Mendoza, Buenos Aires, Amsterdam, Berlín, Roma, Barcelona o Madrid.

Nota: Andrea Calderón

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