El actor mendocino y director de su propia compañía en Buenos Aires, es además el hijo de las mil madres que fue su madre Liliana Bodoc, una huella infinita que lleva a donde va. Ida y vuelta con Galileo en esta entrevista.

Qué lugar ocupa Mendoza en la memoria de la infancia?

Nací en Mendoza en mayo del 79’, poco después del amor que me concibió. Liliana, de 20 años y Jorge, de 21, se arrojaron jóvenes, inconformes, soñadores, valientes, a un amor que duraría toda la vida. Sin trabajo, ni casa, ni títulos, ni dinero, ni democracia, pero con la certeza firme de que juntos tenían la clave para vencer a la soledad y construir una vida de paz y libertad. Se casaron seis meses después de haberse conocido. Seguramente el embrión que era habrá percibido algo de esa ceremonia desde el vientre, mi primer hogar: Liliana.

¿Cómo recordás tu niñez en la provincia?

Me nombraron Galileo como un primer acto poético conjunto. Nos mudamos de casa cada dos años. Viví en Guaymallén, en la Ciudad de Mendoza y en Vistalba. Mi vida en Mendoza fue extraña; tengo la sensación de que nunca terminé de habitarla. Mi único refugio real era mi casa, junto a mis viejos y Romina, mi hermana. Por fuera de eso, mi infancia fue solitaria en general, pero no triste por eso. Transité la escuela siendo un bicho raro y tuve que aprender a defenderme de lo que aún no se llamaba bullying, pero que ya lo era. Cuando me fui a Buenos Aires, a los 18 años, el cambio de ciudad olía a exilio. Hoy, 20 años después, pude sanar aquellos dolores, que se convirtieron en aprendizajes. Y pude recuperar el vínculo maternal y el amor profundo por mi tierra natal, llena de seres queridos y lugares memorables.

¿Qué hechos o aspectos marcaron tu vocación actoral?

Me enamoraron los dos mundos de mis padres. La ciencia con la que mi viejo nos maravillaba día a día. Y el teatro y la poesía que Liliana traía en su alma. Mi abuelo Pepe, su padre, era director y maestro de teatro. En un taller suyo se conocieron mis viejos. Liliana fue actriz durante muchos años, no como profesión, pero sí con compromiso y dedicación amorosa. De niño recorrí el submundo escénico; me fascinaban sus claroscuros, sus silencios, sus transformaciones.

¿En qué consiste tu propuesta artística?

 Aún no logro nombrar lo que hago y hacemos de un modo que me satisfaga. Lo llaman de diversas maneras: acciones urbanas, intervenciones, teatro-acción, arte-política, atentados artísticos, arte urbano. Son acciones poéticas colectivas, en definitiva, pero que cuentan con un propósito extra al de exhibir la obra. Son actos simbólicos que buscan incidir en la realidad. Estallan las fronteras entre el arte y la política. Desde hace más de seis años, esta búsqueda, que ha cobrado vida propia e identidad y que no ha parado de crecer, se llama FindeUNmundO.

Sos además director y llevás adelante tu propia compañía. ¿Cómo surgió esta posibilidad?

Cuando cursábamos la carrera de actuación en la extinta Escuela Nacional de Arte Dramático y desbocados por la maravilla de estudiar teatro en un mundo alienado por el éxito material que defenestra lo que no es lucro, decidimos lanzarnos a una aventura. Así, tres amigos nos reunimos y fundamos el grupo Tres Gatos Locos. Nuestro primer escenario y durante cinco años fue el subte. Allí comenzamos a hacer “atentados artísticos” y aprendimos y nos desarrollamos intensamente. Luego hicimos giras por todo el continente latinoamericano con nuestras obras teatrales, dando talleres y generando intervenciones urbanas masivas, que dieron origen al Colectivo FindeUNmundO. Hoy Tres Gatos Locos cuenta con trece miembros activos en diferentes roles y ocho obras en circulación, cinco de las cuales son de autoría de Liliana, que nos acompañó siempre y nos sostuvo con su amor y su palabra. Es nuestra madre, mía, de Tres Gatos Locos y de FindeUNmundO también. Liliana es nuestra guía siempre.

Has dictado seminarios en Buenis Aires, México, Ecuador y Colombia, ¿qué transmitís en esas instancias de formación?

Intento transmitir y demostrar la inmensa capacidad que tienen los lenguajes artísticos de transformar la realidad inmediata y la histórica, la realidad íntima y la pública. Y por supuesto intento también transmitir las herramientas y estrategias con las que cuento para este fin.

¿Cómo vivís la pérdida física de tu madre y los reconocimientos que florecen en distintos rincones del país?

Transitamos este tiempo estremecidos. Miramos el mundo nuevo, como recién nacidos. Pendulamos entre el dolor eterno que se nos alojó por su ausencia repentina y la maravilla de contemplar el florecimiento de su gran siembra. Caemos en la cuenta de la fortuna inmensa de haber sido testigos permanentes, cómplices, familia y equipo de la vida de esta mujer enorme –mucho más allá de mi amor de hijo- que es Liliana Bodoc. De alguna manera nos eligió para cuidar su palabra expansiva y potente. Y hoy nos toca retribuir tanto amor que nos dio, asumiendo esta responsabilidad con compromiso y consecuencia, buscando ser fieles a su legado y su propósito.

¿Cómo era Liliana como madre?

Liliana fue madre, amiga, maestra, hermana, sanadora, hogar, abrazo, religión. Fue mil madres.

¿Qué enseñanzas guardás especialmente?

Creo que la mayor enseñanza que nos dejó, la que quizás engloba a todas las demás, es la de siempre y sin excepción acudir a la fuerza que otorga el amor, que es ardua y trabajosa, y nunca acudir a la energía del odio, siempre al alcance, siempre fácil e inmediata. Nos enseñó que todo camino que emprendamos debe estar alimentado por ese motor, porque la fuerza que ofrece el odio se paga con alma y ese es un pésimo negocio. Nos enseñó que la clave está en el servicio a los demás. Y nos entrenó en el uso de estas brutales armas: la poesía, los símbolos, la palabra, la acción.

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