El director y productor presentó en la provincia «Muere, Monstruo, Muere», el largometraje que lo llevó a Cannes y que filmó en Mendoza, con un equipo técnico y artístico mayoritariamente local.

A pesar de que hablar sobre su vida no le resulte cómodo ni frecuente, cuando se trata de hacerlo públicamente, Alejandro se toma la incomodidad del caso y veinte minutos antes de presentar su premiada segunda película en Mendoza, «Muere, Monstruo, Muere», arma un cigarrillo y echa luz sobre algunos recuerdos de su Tunuyán natal. Hay uno imborrable si el relato es sobre la niñez: Andar en skate en medio de la noche. Las calles vacías, el frío del invierno, algo de niebla y el murmullo entre risas de la banda de cuatro o cinco amigos que eran, tomando las primeras cervezas.

De la infancia en el alma tranquila del pueblo donde creció, saltó a la vorágine de la Ciudad de Buenos Aires, donde vive y donde su carrera como director va de la mano de una productora de la que es socio fundador desde hace ocho años, y que cuenta con reconocimientos y resonancia de carácter internacional. En un banquito al aire libre de la Nave Universitaria, donde se realiza la avant premiere de su segundo film, el realizador comparte fragmentos de sus orígenes y su quehacer.

¿Por qué te cuesta hablar de vos?

Porque estoy acostumbrado a hablar de mi trabajo y desde hace un año a la presentación de «Muere, Monstruo, Muere».

Naciste en Tunuyán. ¿Qué recuerdos tenés de tu infancia en el Valle de Uco?

Así es. De hecho muchas de las cosas que hay en la película están relacionadas con esa edad donde uno junta la energía espiritual o donde se forma como persona. Hay una escena que relata el proceso de prender el fuego para las heladas, y eso forma parte de un corto que filmé a mis 16 años y que ahora hice de una manera más elegante. Tengo recuerdos muy bonitos de mi niñez en las calles, cerca del río, con amigos, en peleas y reconciliaciones, en riesgo con el cuerpo, a veces. Creo que eso está presente en lo que hago. Está bueno hacer lo que a uno le gusta y recuperar lo experimentado. Más allá de que sea de manera profesional, lo importante es no perder la capacidad de juego y asombro.

¿Creciste haciendo vida de barrio o rodeado de naturaleza?

Por un lado súper de barrio, porque vivíamos en el centro de Tunuyán y la escuela quedaba cerca de casa; pero por el otro, mis viejos son agricultores y había períodos, sobre todo en verano, de cosecha y aire libre. A los 14, 15 años, hice el cruce a Chile en bicicleta por el paso Piuquenes con el Club Andino de Tunuyán. Creo que eso marcó un poco el inicio de esta película: volver a filmar las montañas que habían generado en mí una emoción tan fuerte que necesitaba documentar.

¿Cuándo y cómo surgió tu interés por la cinematografía?

Creo que tuvo que ver con la llegada de las cámaras pequeñitas, las cámaras hogareñas. Para filmar unas vacaciones se compró en casa una VHS compacta, en un momento donde estaban de moda los bloopers y las cámaras ocultas. Yo era adolescente y simulaba algunos sketch’s. Pero antes de eso, a los 10 u 11 años, con el grupo de primos, los domingos y después de comer en la casa de los abuelos, montábamos obritas de teatro que intentaban copiar las películas que alquilábamos en el videoclub de la esquina: «El corcel negro», «Los bicivoladores», las de karate, «¡Viven!» en su versión mexicana. Esas representaciones y esa especie de juego teatral llamaron mi atención. Fue con la cámara de la que hablaba recién con la que empecé a filmar mis primeros cortos y a partir de ahí el interés se desarrolló con el tiempo. A los 16, hacía dedo los miércoles para venir a la Alianza Francesa a tomar un curso de historia del cine con el Laureano Manson; salía 10 minutos antes para agarrar el colectivo de vuelta.

¿Después estudiaste la carrera?

Sí. Desde que terminé la secundaria vivo en Buenos Aires. Estudié Cine en la Universidad del Cine. La mezcla era un poco querer salir de Tunuyán y estar cerca de los eventos culturales. Por suerte empecé pronto a trabajar y las cosas fueron saliendo bien. Ya no me pasa tanto lo mismo: la ciudad me agotó un poco y a veces añoro el contacto con la naturaleza.

Y la productora, ¿cómo se dio su armado?

Se llama La Unión de los Ríos y la integramos junto con Agustina Llambí Campbell, Fernando Brom, Santiago Mitre y Martín Mauregui. Nosotros éramos compañeros de la universidad y arrancamos en el año 2011 filmando una película: así fue como empezamos encarando proyectos fílmicos, hasta que fue necesario reunirnos como grupo de amigos y transformarnos en una productora. Hicimos varias películas: «El Estudiante», «Los Salvajes» (su ópera prima), «Los Posibles», «La Patota/Paulina», «El cielo del centauro», «La Cordillera», «Los vagos». La escuela de cine me sirvió para hacer lazos con personas que comparten intereses afines. Para mí hacer películas tiene que ver con generar vínculos humanos.

¿Actualmente en qué etapa te encontrás?

Este es el final de un ciclo luego de seis años de trabajo, uno desde que la presentamos en Cannes y ahora finalmente el estreno comercial, así que lo primero que quiero es ver cómo se relaciona la película con el público, descansar un poquito y arrancar con otro proyecto. Esta profesión tiene algo maravilloso pero también agotador, por momentos, porque todo depende en parte de uno. Estoy trabajando en algunos guiones y creo que este año me voy a dedicar a escribir, para el año que viene pensar en financiar otras películas.

¿Dónde encontrás tus influencias?

Trato siempre de estar al tanto de las cosas que pasan. Sin embargo, en los últimos años me he refugiado en ver películas del pasado que me gustan mucho. Con una hija chica se me dificulta más ir al cine, aunque tengo la suerte de poder viajar a festivales. Soy un gran consumidor de literatura, poesía, lo que se me cruza, música… La construcción de una película, el cine, implica el cruce de muchas artes e intento que estén presentes. Un gran cineasta para mí es Bruno Dumont; en poesía mi hermano, Tomas Fadel. En música, hay un cantor que me gusta mucho, Nacho Vegas; también lo que hace un chico mendocino que vive en Buenos Aires: Jorge Crowe, una mezcla de performance y artes visuales, un set que combina electrónica extraña con una puesta en escena audiovisual.

Estás al tanto de lo que sucede en Mendoza en materia cultural?

Estoy poco conectado, porque los últimos años estuve filmando, pero sí descubrí el talento de los actores mendocinos haciendo el casting para la película. Me sorprendieron demasiado. Estoy al tanto de la movida de bandas jóvenes de rock, como Usted Señálemelo o Perras On The Beach. Empecé a sentir, como no me pasaba desde hacía mucho tiempo, que sí hay bandas de rock jóvenes, hay movida cultural. Cuando vengo me doy cuenta de que hay mucho más de lo que había cuando me fui. En ese momento, si en Mendoza había poco, en Tunuyán no había nada.

 

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