La tejedora mendocina, al frente de la marca que lleva su nombre, es una apasionada de la investigación con textiles.

Cuando María Cicchitti siente que un proyecto está agotado, que los recursos ya fueron afilados y profundizados los procesos, entonces da un giro de timón y persigue la búsqueda de nuevos resultados. De cualquier manera, hay un amor que sostiene y atraviesa toda su producción tejida, y que es al mismo tiempo un soporte y una matriz para lo que hace: el telar. Es a partir de esta configuración física y mental que delinea los proyectos textiles que desde hace quince años lleva adelante.

En su familia, la vocación artística no tuvo como en otros casos, una influencia directa, aunque reconoce en su hermana pintora Silvia, una vocación compartida. Más bien fue una inquietud posterior a la maternidad la que prendió en su devenir. Estudió Turismo, trabajó en una empresa de servicios financieros y cuando se encontró insatisfecha, conoció a quien considera su maestra: Beatriz Báez.

«Beatriz fue una artista plástica grosa e innovadora para su época. Estuve con ella muchos años, primero como alumna, después como asistente y más tarde como socia. Ella me enseñó todo: el telar de peine, los tapices y el telar de pedales, la técnica más compleja en el telar, y donde explotó mi cabeza. Ahí sí me decidí a tejer ya no como un hobby sino como una actividad seria. Desde entonces no paré más», comparte en su taller de Chacras de Coria, donde técnicas y materiales conforman un cruce de conceptos y proyectos.

Desde hace un año y medio, luego de compartir con su amiga Verónica Alcalde la marca de tejido en totora, Huso Urbano, comenzó a transitar sola, su historia ligada a lo textil. Así surgió la línea Trapos, una serie de bolsos y carteras creados a partir de retazos y con la que viajó recientemente a la Feria Puro Diseño, en Buenos Aires.

«Trapos sucedió buscando nuevas alternativas de expresión porque sentía que la totora de algodón, con la que empecé investigando, se había agotado para mí. Ahí empecé a caminar sederías y casas de telas y a probar con los descartes para ver qué pasaba. También tengo una red de colegas, con la que fuimos a la feria, que me dan sus recortes», dice sobre Rocío Azpilcueta, Victoria Estelrich, Gabriela Giribet, Graciela y Marcela Sottile, y Agustina Blanco.

El reciclado vinculado al diseño es para María una fuente creativa inagotable en este momento, y en paralelo a la línea súper colorida de bolsos, realiza otros de colores neutros, además de mantas veraniegas, donde suma hilos, algodón y un poco de lana. También unos tapices donde la estopa es el material sobresaliente. «Trato de investigar desde la carencia, persigo el volumen y no me siento diseñadora, sino tejedora. Para mí tejer y tramar es parte de muchos aspectos de mi vida y engloba un montón de otras cosas».

En noviembre participará de un desfile en el Estudio de Danza Contemporánea de las hermanas Fusari, del que fue parte durante años, y a la producción permanente en su taller se suman las clases que ofrece en distintos espacios. «Yo me ocupo de todo el proceso hasta terminar el producto. Trabajo principalmente sola con una idea y parto de la nada; yo respeto mucho las técnicas tradicionales pero busco mi propia expresión. Parto de mí y aprendo lo necesario. En su momento, hice grabado, joyería, cerámica, pero siempre el telar es la expresión que mejor me resulta y creo que me quedan años de investigación porque sus posibilidades son inagotables».