Tras una década en Buenos Aires, la creadora cumple un año de vuelta en Mendoza al frente de su propio estudio. Afianzarse en su tierra de montañas es parte del objetivo, para luego seguir viaje por donde sus diseños y ganas la lleven.

«El tatuaje es quizá un acto político como cualquier otro: como vestirnos de determinada manera o como lo que comemos. Siento que es la manifestación de algo que nos hace vibrar, que consciente o inconscientemente las imágenes expresan eso, ya sean de protección, celebración, por gusto propio o para recordar a alguien. Todo tiene una carga», dice Julia Pascual. En su estudio del Barrio Bombal lleva un año al frente y aún está fresca la experiencia de haber vivido, cursado diseño y dejado la carrera en Buenos Aires, para dedicarse a tatuar.

«Yo tengo una conexión más por el dar y el recibir desde mí hacia el tatuaje y hacia las personas con las que trabajo. Estoy muy presente. No veo al tatuaje como un arte en sí mismo sino como un oficio ligado al arte desde las pinturas, las ilustraciones y la creación», expresa la joven rodeada por artistas en la familia: su mamá como una creadora innata, sus tías joyeras (Marcela y Marina Pascual) o sus primos músicos (Juan y Simón Saieg). Para Julia, desde pequeña, los materiales estuvieron siempre a disposición y de ahí que dibujar se volviera una necesidad permanente.

Ese hacer atendiendo a las ganas fue parte del mensaje materno, como también perseguir su propia curiosidad o asistir al taller de sus tías para mirar y armar piezas junto a ellas. Julia tomó clases de alfarería y pintura y cuando terminó el secundario pensó en la gran ciudad porteña como una posibilidad de cambio y estudio. En la carrera de Diseño Gráfico de la UBA conoció nuevas amistades, algunas de las cuales eran aprendices en una tienda de tattoo: ése fue el primer acercamiento al mundo laboral de marcar las pieles.

«Mi primer tatuaje me lo hice con mi mamá como a los 15 años pero siempre estuvo todo muy hablado. Luego seguí ya más de grande y cada vez que lo hacía observaba mucho el proceso. Trabajé un par de años en una agencia de publicidad hasta que un día, hablando con un amigo tatuador, Alejandro López, me animé a contarle que quería tatuar. Él fue la primera persona que me dio un pantallazo de lo que necesitaba y me invitó a ser aprendiz de su local; ahí me di cuenta que si quería profesionalizarme le tenía que dedicar el 100%», comparte.

La práctica, el tiempo y la observación han acompañado su desarrollo técnico y creativo y aún siente que el campo de expresión es interminable: «Porque podés seguir puliendo tu técnica o aprendiendo otras. Hay muchos estilos en el mundo del tatuaje y si bien me gusta realizar casi todos, me siento más cómoda con el tradicional y el fine line. Para mí tatuar es una especie de ritual y lo vivo así». En ese sentido, la música acompaña siempre y lo hace con apertura y diversidad: los ritmos latinos, la salsa, el rock clásico o el pulso que marca el ánimo son también parte de ese canal, ese intercambio y ese trance en el que siente estar.

Unos 60 tatuajes lleva Julia Pascual en la piel. A su estudio llegan personas con ideas o referencias de lo que quieren, pero también motivadas por los diseños que ella genera. En las paredes del espacio hay unas pocas creaciones a la vista impregnadas de su huella visual, como las figuras femeninas en sus infinitas variantes o el arte chicano, que dialoga entre la cultura mexicana y estadounidense: «Me gusta dedicarle tiempo al tatuaje por más que en algún punto pueda ser efímero. Yo siento que esta actividad me cambió la vida y me ha hecho conocerme a mí en un montón de aspectos, así como a otras personas que quieren expresarse».