Uno de los creativos más reconocidos de Mendoza un día decidió dejar la publicidad y dedicarse a la pintura. Aquí, un repaso por toda esa historia

Cristóbal Peña y Lillo, el Choper, artista, creativo publicitario, diseñador y creador de los famosos «cototos», está de vuelta después de una temporada en el sur argentino. Acaba de presentar una muestra junto a Porsche, un punta pie inicial para «volver al ruedo», después de dejarlo todo.

«Me estoy reseteando», dice, y repasamos la historia que lo llevó de ser socio fundador de PYLV, una de las agencias de publicidad que marcaron un estilo creativo en Mendoza, a dejar todo y dedicarse por completo al arte.

–¿No te gustó el sur?

–Estuve viviendo en el Lago Puelo. El tema es que allá es todo artesanía y no hay salida para el arte. Fue espectacular para producir, me traje 600 obras realizadas durante tres meses de lluvias. Pero era algo que tenía que hacer. En un libro que escribía cuando era chico está dicho: «Esperando Bariloche».

–¿Qué escribías?

–Cosas muy existencialistas, cuestiones que todavía me estoy preguntando, qué busco, cómo ser útil con lo que sé hacer…

–Desde el diario de la adolescencia hasta hoy, ¿qué te llevó y te trajo de un lado a otro?

–Tuve la grandísima suerte de toparme en la facultad, en Córdoba, con un profesor que fue un visionario, Carlos Rabat quien después fundó la Universidad Siglo XXI.  Rabat nos puso 25 Macintosh para estudiar publicidad, cuando en Argentina ni siquiera sabían de la existencia de Mac. Compraba todos los años los últimos modelos. Daniel Vinderman y  Mauricio Gabutti eran mis compañeros. Cuando terminamos la facultad yo me fui a Estados Unidos a hacer un curso de verano en Harvard, y como manejaba muy bien la Mac fui como un ayudante de  Toshihiro Katayama (genio del diseño contemporáneo).

–Rabat les dio las herramientas fundamentales…

–Por eso te digo que fue un visionario. En Estados Unidos todos usaban Mac, así que sabía muy bien de qué estaban hablando. Además en la facultad de Córdoba el eje de todo era la creatividad. Cuando regresé a Argentina tuve salida laboral muy rápido.  Entré como director creativo de la agencia Clever.

–¿Cómo surgió PYLV?

–El Pelado (Vinderman) trabajaba en Buenos Aires y tenía una carrera muy promisoria por delante. Pero lo necesitaba de coequiper en Clever. Yo soy reactor, un generador de ideas voladoras, pero necesito de alguien que me baje a tierra, que haga posible esas ideas para que no terminen siendo un delirio. Entonces le pedí a Daniel que se viniera y en Clever aceptaron mi condición. El tema fue que Vinderman renunció a su futuro promisorio en Buenos Aires y el día que se llevaban de su departamento el último mueble, Clever se fundió. Básicamente le cerraron todas las cuentas por no pagarles a los medios…

–Y Vinderman te quería matar…

–Daniel lloraba. Pero me dijo: «Choper, me voy igual, algo vamos a hacer juntos». Y empezamos. La primera cuenta fue la empresa de Arturo Nicastro, un amigo que confió en nosotros. Para fin de año diseñamos una tarjeta con un papel espejo en el medio. Abrías la tarjeta y en la cara izquierda se veían unas letras incomprensibles, luego el papel espejo en el medio reflejaba el texto del otro lado y podías leer: «Este año veamos las cosas de otra manera». Fue en 2001, cuando todo estaba mal. La tarjeta causó revuelo y se pasaron dos semanas hablando del laburo en todos los medios.

–Arrancaron bien…

–La creatividad me abrió las puertas de Mendoza y te diría que empezamos a ganar plata, pero no teníamos idea cómo manejarla así que lo llamamos a Mauricio Gabutti para que pusiera orden contable. Trabajamos para varias cuentas hasta que un día nos llamó Mario Groisman. Entonces entramos en shock.

–¿Cuál era el problema?

–No teníamos estructura, así que alquilamos una oficina y la ambientamos de una manera muy bizarra. El timbre era una corneta, la lámpara la hice con un rallador de queso. A la tele vieja la transformamos en una pecera, yo tenía mi «sucu-choper»  y cuando todo estuvo más menos presentable recibimos a Groisman. Arrancamos con Palmares pero nos duró poco, no nos pusimos de acuerdo comercialmente. Sin embargo nos dio chapa para postularnos en el llamado a concurso del Shopping, donde competimos con grandes como el Chacho Puebla [un mendocino, dueño de Lola, agencia de Barcelona y uno de los 7 mejores publicistas del mundo], y ganamos.

–¿Le ganaron a Chacho Puebla?  

–Sí, también a Brokers. En ese momento se había armado como un club de creativos publicitarios, estaba apareciendo algo nuevo en Mendoza que se llamaba creatividad. Nuestra agencia creció y decidimos mudarnos. Entonces a fin de año enviamos a los potenciales clientes una cajita diminuta que adentro contenía un papel de seda enorme que se desplegaba y podías leer «Estábamos apretados y nos mudamos». Otra vez el regalo de fin de año causó revuelo. En un momento teníamos la cuenta de los shoppings de Córdoba, Mendoza, Salta y Catamarca, yo andaba en un descapotable y usaba como 24 tarjetas…

–Y tiraste todo por la borda…

–Fue una decisión difícil, estuve dos años dando vueltas en la cama meditándolo. Pero estaba hecho pelota,  me sentía muy mal, llevaba 16 años ejerciendo la publicidad y no me sentía bien con eso.

–¿Qué viene ahora?

–Estoy pintando y desarrollando un proyecto de ropa con tintas explotadas de plantas tintóreas. Para el verano se viene una muestra Familia Peña y Lillo y la Vendimia, voy a exponer junto a mis tías y primos en la Bodega Trivento, cada uno en su especialidad artística. Además tengo un libro sobre el mate listo para imprimir. Son 200 páginas con ilustraciones sobre usos y costumbres del mate, con «aros», en un léxico gauchesco. Va traducido al inglés y portugués.

Choper Peña y Lillo

Foto: Valeria Mendez.

–¿Y los «cototos», que son los personajes que protagonizan tus pinturas?

–Se viene Bodega Cototo, un cortito de animación para Gabriela Vinocur de la distribuidora de vinos Coyanco. Ya lo verán….

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