La cantautora mendocina ultima detalles de su primer disco y comparte retazos de su encuentro con la música.

Vive en un universo combinado de lenguajes que ensambla, inquietudes que atiende, preguntas que comparte y canciones que conmueven. Camila Millán nació en Tunuyán y se inscribió en la UNCuyo con intenciones de estudiar Comunicación Social. Ahora está a una tesis de la licenciatura y a pocas materias de concluir la carrera de Música Popular.

Aprendió a tocar la guitarra de niña en una escuela artística y en la adolescencia fue parte de algunas formaciones «medio punk». Ya en la Ciudad y con la música freezada en algún rincón de su mundo, no fue hasta 2012 que dejó salir los temas lúdicos, frescos y divertidos de la banda que integró junto a un amigo y que bautizaron «Felicia y el frío». Ahí se enchufó, dice, empezó la facultad de música y exploró en lo sonoro y lo poético, en las influencias del abanico abierto de su propia voz.

«Cuando empecé mi recorrido como solista, hace dos años, tuve que encontrar cierta constancia. Me gusta volcar experiencias, vivencias, situaciones y perspectivas de lo que conozco, y traducir eso, con todas las imperfecciones que implica, a un código poético-musical. Siempre hay un mensaje que se cuela, una manera de decir. Sí creo que laburo conscientemente el enfoque, y que leo con atención lo que veo para encauzarlo y crear desde la intención y lo emergente. Trato de tamizar mis canciones a la luz de lo que pienso, siento y creo», aporta.

 

Tras un paciente proceso de búsqueda y descubrimiento, Camila Millán se prepara para el lanzamiento de su primer disco, un material valioso de diez canciones que grabó en el estudio ambulante del músico Marcos Babar. «Es muy probable que se llame «La mansedumbre de la tarde», que es parte de una canción que se llama «La pena vals» y que empieza diciendo… «Grave error el confundir la mansedumbre de la tarde con la paz de adentro». Tiene que ver con lo que a veces creemos que es la tranquilidad o el caos y cómo en realidad habitan de manera aleatoria y desordenada. Es un cuestionamiento a lo que creemos que creemos», afirma entre una cálida sonrisa.

Un hilito, describe, una melodía, una letra, un impulso, marcan el despertar de una canción que Camila persigue hacia donde la llevan. A ese trabajo que califica de arqueológico y que consiste en rastrear lo que esconde cada elemento, se sumerge con las herramientas necesarias para construir y reconstruir sus piezas abstractas. Hay temas que salen de un tirón, comparte, y otros que necesitan más tiempo para completarse. La percepción tímbrica y la intuición propia la llevan a clasificar sus ideas y a buscar la música que con guitarra criolla o eléctrica pide cada composición.

«Me parece que en mis canciones hay un entramado entre lo cotidiano y lo político, pero también lo existencial y las maneras de expresar ese sustrato. Hay algunas ideas recurrentes como el mar, el cauce y las personas con sus naturalezas. En cuanto a influencias directas, hay muchas más de las que puedo reconocer. Me gusta la canción, el tango, ciertos temas graciosos, la música latinoamericana y algunas cantautoras que no conozco personalmente, pero a las que sigo», dice la joven que además de trabajar en su proyecto solista, es parte de una banda incipiente de salsa, y desde 2015 dirige la murga de estilo uruguayo Pan Casero.