Si bien es conocido por su música, Emilio apunta a crear obras con lo que tenga a mano para decir eso que no sabe «pero que tan bien hace a la belleza trascendental de este mundo oscuro»

Dice ser «un alma austera y bohemia a cuyo ser maldito y puro de colores bautizó Rous». Emilio Luca tiene 25 años, nació en Luján (Provincia de Buenos Aires) y luego de unas vacaciones en Mendoza volvió enamorado de este lugar y del vino, con intenciones de instalarse. Así lo hizo hace tres veranos y desde entonces el camino que comenzó en su ciudad natal continuó en Capital Federal y desembocó con nuevas esperanzas ligado a la Cordillera de Los Andes.

¿Qué te gusta de Mendoza?

–Cuando vine me pasó algo muy raro, no sé, está en el aire. Yo ya soy mendocino. He viajado por todo el país y me parece la provincia más bonita, lejos.

En su casa de Godoy Cruz, Emilio reflexiona sobre el «estado del arte» en general y desde su visión, el capitalismo y el consumismo vacían las propuestas actuales de contenido, algo que más que enojarlo, lo entristece: «Lo veo en las redes sociales, en las ganas de llamar la atención y si bien lo hacemos todos, las influencias tienen muy poco que ver con lo natural y en mi caso me siento ajeno a eso. De cualquier manera hay gente que está haciendo cosas copadas».

A los 15 o 16 años abrió en Luján junto a un grupo de amigos el centro cultural La Cueva del Oso, un espacio «punk y anárquico» que nada tuvo que ver con su formación secundaria en una escuela de monjas. «Rous nace un poco de la escoria de esa época», dice, y agrega que tuvo que cambiarse varias veces de colegio por el bullying que padeció por asumirse gay. «Aprendí a hacer techno con lo que tenía para escapar del pueblo donde nací. Empecé a poner música en juntadas de amigos con la computadora del padre de una amiga y un pen drive que contenía una carpeta llena de canciones bizarras».

Productor musical y DJ, Boy Rous alimentó aún más su encanto por el under durante su residencia en Buenos Aires, donde se rodeó de referentes que le allanaron el camino. Debutó tocando en la fiesta porteña Fun Fun de DJ Pareja y en la mítica Dengue Dancing; grabó su disco debut Híbridos para Dengue Dancing Records y participó en clubes junto a DJ como Carisma, Rumaninans, Gustavo Lamas, Dr. Trincado, Portable, Ana Helder y Diegors.

Pensó en estudiar diseño industrial y arquitectura, trabajó en una pizzería, limpió casas, dice, golpeó muchas puertas y una vez en Mendoza consiguió ocupación como bartender en el exclusivo restaurante de Francis Mallmann, 1884. En esta región de tierra editó, además, A bailar junto al sello alemán Comeme –del reconocido Matías Aguayo–, y viajó a Chile en varias oportunidades, donde tocó, grabó y dejó su impronta sonora. En fiestas y clubes, Emilio Boy Rous celebra su sostenido recorrido hasta ahora y lo que se viene: una gira que lo llevará a compartir su música en escenarios de Estados Unidos y México en marzo.

«Ante todo soy un buscador», considera. «No sé definir lo que hago, que lo haga el que me escucha. La música me llena de vértigo. También pinto, escribo y trabajo como cualquier otra persona, nada más que tengo un personaje y una estrategia con el objetivo de alcanzar ciertas metas», comparte el joven que sueña con viajar mucho, despojarse de la desesperación comunicativa que lo contiene y administrar un hotel psicodélico en el Valle de Uco, para lo cual necesita inversores.

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